La maestra galáctica

 

El primer día de clase era la prueba de fuego, del mismo dependía la buena marcha del resto del curso y más cuando se era la maestra sustituta. Estrella estaba muy curtida en ello, era su especialidad, llevaba más de ocho años de colegio en colegio, realizando sustituciones de los maestros titulares.

Estrella era bajita, casi como un niño, de complexión fuerte, anchas espaldas y piernas delgadas como palitos. Su voz era muy suave, como un susurro; tenía algo que hipnotizaba, su rostro redondo y sus pequeños ojos detrás de las enormes gafas, invitaban a quedarte mirándola largo rato, esperando a que de pronto diera un enérgico “do de pecho” como si cantando una ópera, en vez de soprano fuera un tenor.

El timbre de entrada sonó a la hora en punto, los alumnos fueron entrando a las clases. Los chicos y chicas de 1º D de la ESO se quedaron sorprendidos, Estrella estaba ya dentro, con su maletín dispuesto en la mesa, esperándolos de pie junto al encerado. Nadie la había visto entrar, y eso que habían estado de guardia vigilando la puerta de la clase desde el pasillo, pero claro, no era difícil que se les hubiera despistado su presencia, teniendo en cuenta que se habían pasado el descanso propinándose collejas unos a otros, haciendo corrillos, carreras y simulaciones de resbalones en las baldosas para producir ese sonido chirrioso con las suelas de las deportivas que tanto fastidiaba a algunas de las chicas de la clase.

Estrella se enfrentaba a un doble reto, ejercer de maestra sustituta de la profesora de Historia, de baja por enfermedad, y además, de tutora de la clase. Cuando todos los niños se hubieron sentado, se presentó, su voz aguda provocó la risita sorda de algunos de los niños, que no pudieron contenerse, o más bien, no quisieron, pues debían mantener su estatus de gamberretes entre los compañeros. La profesora se limitó a permanecer en silencio, de pie, como si nada hubiera ocurrido. Tras ir sofocándose todas las risitas, que los niños iban reprimiendo como podían, llevándose la mano a la boca o encogiéndose para esconder la cara en el pupitre, continuó.

El aplomo y serenidad de la maestra desconcertó a algunos de los niños, estaban acostumbrados a otro tipo de reacciones por parte de los profesores, una frase de reprimenda en tono bronco o la anotación de los nombres de los indisciplinados en una lista de propuesta de falta grave para su posterior entrega a la jefa de estudios.

A pesar del primer tanto a su favor, la maestra no se libró ese día de la  prueba más cruel e implacable, a la que no se podían resistir los alumnos. Se dispuso a realizar un esquema en la pizarra cuando una lluvia de bolas de papel, bolas de papel de aluminio de los almuerzos, trozos de goma de borrar, incluso clips y tapas de bolígrafo bic comenzaron a caer sobre ella, rebotando en el encerado y las paredes. Estrella sabía que no podía continuar dibujando de espaldas a la clase, como si no viera nada, más teniendo en cuenta que muchos de los proyectiles impactaban claramente sobre su cuerpo, pues probablemente la lluvia se convertiría en una especie de tormenta; pero tampoco podía girarse y actuar de forma iracunda, pues los jovenzuelos habrían conseguido su objetivo. Así que optó por sentarse en su mesa y comenzar una improvisada charla sobre la autoridad, el poder y los diferentes estamentos a lo largo de la historia, todo ello aderezado con el significado de la libertad para los pueblos y para el individuo, así como de las diferentes revoluciones y de cómo aquellas masas o clases sociales que encabezaban una revolución contra el poder dominante, se convertían invariablemente en el nuevo poder contra el que supuestamente se habían rebelado… “Algo quedará en esas cabecitas” pensó al terminar la clase.

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Al día siguiente, la profesora continuó sus clases. Su indumentaria era muy particular, una mezcla de vestimenta entre clásica e infantil, muy colorida, que se salía de la norma habitual a que estaban acostumbrados a ver vestir entre los profesores. Ese día, Estrella llevaba unas botas altas de plataforma de color plateado, que le cubrían hasta por encima de las rodillas -parecían las botas de una estrella de rock-,  en contraste con una falda recta de tubo de color gris azulado, muy formal, y una chaqueta multicolor con grandes flores en relieve cuyos pétalos estaban tejidos en lana. Nada más entrar, las risas y cuchufletas empezaron a resonar entre los alumnos y se iban extendiendo como un murmullo creciente. La profesora hacía caso omiso y no se daba por aludida, no sólo actuaba como si no le importara, sino que era imposible dilucidar por la expresión de su rostro o por sus gestos si verdaderamente estaba al tanto de la mofa o andaba totalmente sumergida en sus pensamientos.

Abrió el libro de historia por la lección correspondiente y empezó la clase. Iba leyendo con su característica voz, casi inaudible, y de vez en cuando, realizaba una parada, para explicar los conceptos leídos o realizar alguna pregunta a cualquiera de los niños escogidos al azar. Dos de las niñas de la última fila de pupitres, no cesaban de comentar en voz baja y reír disimuladamente: “vaya botas, ja, ja, ja”; cobijadas por las cabezas de sus compañeros de las filas delanteras, se pensaban a salvo. La profesora no levantaba la vista del libro y dadas las enormes gafas que llevaba, era fácil tener la falsa sensación de sentirse resguardadas de su vista y control, contando con las dioptrías de la maestra. Con lo que no contaban era con el fino oído de la profesora, que sin levantar la vista del libro, sin alzar la voz, como si de una letanía se tratara, entre párrafo y párrafo de la lección de historia, las amonestó: “Isabel y Ana, cuando terminéis de  repasar las peculiaridades mi indumentaria, continuaré la clase”; tras lo cual, realizó una pequeña parada segura de que cesarían las impertinencias, como así fue; las niñas se quedaron tan pálidas como las paredes, repentinamente sonrojadas y mudas de repente.

Aquél incidente fue otro tanto para la maestra que no sólo estaba a punto de ganar el partido, sino que comenzaba a ganarse la admiración de la clase, pues con su estilo calmado era lo suficientemente firme y segura como para controlar todo lo que ocurría en el aula y además, no practicaba las reprimendas airadas ni las veladas venganzas en forma de castigos a que estaban acostumbrados por parte de algunos de los otros profesores.

La admiración y cariño que iba creciendo por parte de los alumnos hacia la profesora, llegó a su punto culminante el día en que ésta vino cargada con un proyector, mandó cerrar todas las persianas y el aula se convirtió en un improvisado planetario. Ese día los niños aprendieron cómo recientemente se habían descubierto en unas cavernas de los hombres prehistóricos, pinturas rupestres en que los animales ocupaban exactamente la misma disposición que las estrellas y los planetas en el firmamento; aquello asombró a los niños sobremanera, agudizó su curiosidad y su avidez por comprender la evolución del hombre y el curso de la historia, pensando cómo aquellos hombres sin ninguna cultura, ni escuela, ni maestro, ni libros, ni ordenador, ni nada de nada, más que sus manos… y su cabeza, podían haber pintado con semejante precisión el cielo que contemplaban las noches estrelladas desde sus cuevas.

Los métodos de enseñanza de la profesora y sus técnicas de aprendizaje, así como su peculiar visión de la historia no tardaron en llegar a oídos del director de la escuela, que empezó a mostrar abiertamente su disconformidad ante la jefa de estudios. En cambio los alumnos estaban encantados y cariñosamente a partir de aquella clase mágica la apodaron “la maestra galáctica”, ayudado claro está por su nombre de pila.

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Tras el primer trimestre, todos los alumnos aprobaron su asignatura, menos uno. No había habido crueldad en ello, de eso no se le podía acusar, estaban advertidos: si había algo que la profesora no soportaba era que escribieran Recadero, al referirse al gran Recaredo, rey de los visigodos. Todos habían tomado buena nota de ello, menos Tomás, el niño estaba siempre en las nubes, lo suyo eran las matemáticas, las ciencias naturales y las clases de informática, incluso las de tecnología, pero con lengua, literatura e historia no se llevaba nada bien. Estrella había tenido que lidiar con la estirada profesora de lengua y literatura pues Tomás y algunos niños más de la clase se habían quejado de que no la entendían. Estrella había hablado con los niños para intentar comprender cuál era el problema, y había llegado a la conclusión de que la profesora utilizaba un lenguaje elaborado y muy metafórico para explicar sus lecciones, con lo que aquellos niños menos fantasiosos y más prácticos se perdían en aquel mar de palabras y aforismos.

Después de que Estrella hablara con la profesora sobre la queja de los alumnos, ésta arremetió como un toro en la siguiente clase de literatura: ¿Cómo podían haber dicho eso de ella?, ¿quiénes eran ellos para decirle cómo debía dar sus clases? “Ignorantes, mocosos incultos…”, fueron algunas de las lindeces que salieron por su boca, cabreada como nunca; “¿acaso entendéis a la profesora de inglés?, ¿no, verdad?, os han de hablar en inglés para que aprendáis inglés. ¿Acaso queréis que os explique poesía a ritmo de rap?, ¿así me entenderíais mejor? ¡Que sea la última vez que osáis poner en tela de juicio mi forma de dar las clases!”

La indignación de la profesora de lengua era más que con los alumnos, con Estrella, una profesora sustituta de dudosos métodos didácticos dándole consejos a ella, que contaba con más de veinte años de docencia a sus espaldas, una afrenta que no le perdonaría.

Cuando desde la Consejería de Educación y Cultura, se anunciaron los recortes, el director llamó a todos los profesores a reunirse. Como primera medida, las sustituciones deberían cubrirse entre todos los profesores con plaza fija, repartiéndose el horario de la asignatura a cubrir junto con las horas lectivas de la asignatura que impartieran. A Pilar, la profesora de lengua, se le iluminaron los ojos, Estrella intuyó su despido inminente, ocho años de profesión terminaban así…, de un plumazo.

La noticia llegó rápidamente a la Asociación de padres de alumnos, y de ahí a través de las familias a los niños. El aprecio por la maestra galáctica hizo que se movilizaran, algo inaudito en todos los años del colegio. Los niños se negaron a dar la clase de historia con ningún otro profesor que no fuera su “maestra galáctica”… El día en que la impartía la profesora de lengua, la protesta fue especialmente virulenta, todos lucían en la cabeza diademas plateadas con forma de estrella; cuando Pilar comenzó su clase, sacaron las pancartas con los slogans:”háblenos en Arameo”, “cuénteme otra historia”, “no sin Estrella”. La profesora de lengua no se rendía y continuaba su clase, así que los niños comenzaron su boicot sonoro, todos hablando a la vez en marciano: “bip, bip…bip”. Pilar dió, finalmente, su brazo a torcer y se rindió, abandonó la clase yendo directa al despacho del director.

El director, la jefa de estudios y el consejero delegado de Educación y Cultura mantuvieron una reunión de urgencia, tras la que se decidió readmitir a la profesora de Historia, y recortar presupuesto en otras partidas menos necesarias a determinar junto con la Asociación de padres de alumnos.

Como era de esperar el consejero delegado de Educación y Cultura se apuntó el tanto ante los medios, realizando una visita por el centro escolar, que cubrirían los periódicos más importantes. En la breve charla con los alumnos, le preguntó a uno de ellos: “dime chaval…, ¿qué carrera quieres estudiar en la universidad?” y todos contestaron al unísono: “¡MAESTRA GALÁCTICA!”.

A. Ferri

 

Dedicado a todos los maestros y profesores, en especial a Caridad, profesora de latín, Eduardo Alonso de literatura y la “Sahuquillo” de lengua.

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