Facundo Lirondo era un hombre afortunado, él creía, sin embargo, que el hado le había abandonado.
Buen aspecto, simpatía y cinco dedos en cada mano eran las armas con que nació dotado.
Mal que bien, había ido tirando, pero un día consultó con una adivina:
– Facundo, no te obstines, nada te faltará pero la lotería jamás te tocará.
Un día tras otro, tentaba a la suerte, compraba boletos, cupones y euromillones:
– Ay, -se lamentaba-, mal de ojo me han echado, siempre seré un desgraciado.
Al “trece” le tenía una especial inquina, le perseguía en su vida:
Cambió de casa una vez, la numeración de la puerta fue la razón de ser. El trece fue también su número de soldado. En trece terminaba su carnet de identidad.
La hora miraba una y otra vez, ayer mismo y por última vez, las trece y trece, del trece del dos del dos mil trece, cuando… un compañero emitió un chillido desgarrador:
– Me ha tocado, he ganado, soy muy afortunado… el boleto ayer comprado ha resultado premiado.
Como no era mala persona, de la fortuna del amigo se sintió complacido. Mas una burla del destino, un sarcasmo malhiriente era que el boleto premiado acabara terminado en el número mencionado:
– Mala suerte la mía, estoy seguro que los mayas no acertaron en la profecía, un buen año fue el anteriormente pasado, ahora, ya veremos si acabamos el que hemos empezado, palabra de Facundo, es en el dos mil trece cuando se acaba el mundo.
A. Ferri