Ese misterioso espacio

centro comercial

Aquel verano había terminado agotada, necesitaba unas buenas vacaciones. Estaba segura que el cubículo en que permanecía enjaulada durante once largos meses al año, debía padecer el síndrome de la oficina enferma, o más bien, era ella la que lo sufría; un cansancio crónico que esperaba aliviar, o más bien, atenuar, en el transcurso de los siguientes treinta días que la esperaban, sin contar con el inevitable viaje que su novio, obstinadamente, pretendía que ella organizara.

Su reloj interno la despertó sólo un poco más tarde de la hora habitual y, aún realizando un esfuerzo mental considerable por continuar dormitando, no tuvo más remedio que incorporarse. Mientras se desperezaba, un extraño juego de sombras proveniente del exterior se dibujaba en el blanco techo, nítidamente un par de nebulosos entes ambarinos se dirigían hacia ella, taimada y silenciosamente, un efecto debido a la incipiente luz de la mañana en contraste con el reflejo de los transeúntes en algún escaparate relumbrante, supuso, tras descartar que Gabriel hubiese hecho tarde al acudir al trabajo y estuviera agazapado detrás de la puerta de la habitación, divirtiéndose con la contemplación de su reacción a la primera broma diaria que le dedicaba.

El brusco cese de actividad y la extrañeza ante los desacostumbrados sonidos en aquella hora de un día laborable, le hizo sentirse ajena en su propia casa. La nota que su novio había dejado en la cocina, ejerció un reconfortante bálsamo protector que la conectó con una esperanzada cotidianidad: ‘Que tengas un buen día, amor. Recuerda elegir un precioso destino paradisíaco para nuestra próxima semana de vacaciones…’ Tras desayunar, decidió pasar la mañana fuera de casa para sumergirse cuanto antes en la marea humana del centro de la ciudad, esta vez como exploradora de las últimas rebajas de la temporada, en vez de la apresurada empleada que llega tarde al despacho.

Disfrutó aquel paseo andando por las calles, éstas, se veían distintas, diferentes. El mismo itinerario que recorría día tras día, presentaba detalles en los que nunca había reparado desde la obligada perspectiva de velocidad y altura al mando de su vehículo. Enfiló por las aceras más sombreadas, internándose, en alguna ocasión, por los jardines centrales en las grandes avenidas. El espacio que ocupaba un pequeño centro comercial de un barrio en expansión había sido el patio de un antiguo convento, éste recientemente restaurado, lucía en contraste con la transformación en moderno edificio circular, de lo que fue un desastroso hipermercado, y, tiempo después, un ruinoso mega centro de deporte y ocio… La ubicación estratégica no era la más apropiada, pensó con su instinto profesional todavía activado, demasiado cerca del centro de la ciudad y demasiado lejos de los barrios populares, una especie de limbo…, terminó sentenciando.

Tal vez, no era la mejor idea internarse en aquel laberinto de escaleras mecánicas y ascensores transparentes, pero un resorte incontrolable la condujo hacia allí, desviándola de su primer impulso. Cruzó por mitad de la calle, cambiando bruscamente de dirección, abruptamente; la vía, de un solo sentido, era una pista rápida desprovista de pasos de peatones y el tráfico circulaba a gran velocidad. Varios coches pasaron muy cerca de ella advirtiéndole, por su imprudencia, con largos bocinazos… Una vez en la acera, se asombró del peligro al que se había expuesto, no era habitual que empleara ese comportamiento errático; al pie del conjunto arquitectónico, se detuvo un instante de espaldas al rugiente y ensordecedor estruendo de la calle, el tiempo parecía también congelado, y un agudo vacío se instaló, a la vez, en sus tímpanos.

El vestíbulo de aquel lugar estaba completamente desierto, una melodía melancólica le dio la bienvenida, susurrándole al oído. El contraste entre el calor sofocante del exterior, aún a mediados de septiembre, con la temperatura gélida del interior le provocó, repentinamente, un fuerte dolor de cabeza.

Unas mesas y sillas, junto con algunos sillones de mimbre con almohadones blancos y una tumbona, recreaban el ambiente de una relajada terraza a orillas del mar, que muy bien podría ser la caricaturesca reproducción del idílico destino de su incipiente y merecido viaje. Con la intención de tomar alguna bebida junto con un calmante, oteó el interior de la habitación acristalada que era el bar, encontrándolo desolado, ni clientes, ni camarero alguno asomaba por detrás de la barra.

Al volver la vista de nuevo hacia las mesas, observó con asombro, a la única persona por el momento en aquel lugar: una niña, vestida de primera comunión -inusualmente para aquella época del año-, con un vaporoso vestido blanco, tirabuzones y zapatos de charol, que giraba y giraba alegremente dando vuelo a su falda. La simpática, aunque insólita escena, la impulsó a acercarse, pero antes de llegar a tocarla, con la intención de intercambiar unas amables palabras con la pequeña, ésta se detuvo en seco, mirándola fijamente para inmediatamente salir corriendo hacia unos parabanes que cerraban un espacio que antes había ocupado algún establecimiento. La niña se internó en la falsa pared de contrachapado negro a través de una pequeña puerta que, medio abierta, simulaba un trampantojo, no sin antes girarse nuevamente, para contemplarla enmudecida.

La sensación que estampó en su mente aquella aparición, fue contradictoria; la niña le resultaba vagamente familiar, no comprendía qué hacía allí a esas horas cuando debía estar en el colegio, y más vestida de esa guisa. Cuando se acercaba a la puerta por la que había desaparecido la pequeña, ésta se abrió repentinamente, irrumpiendo ante su desconcertada mirada una estrambótica anciana, muy vieja, de largos cabellos rubios y coquetamente pintada, empujando un carro andador repleto de bolsas de compra en el que se apoyaba fatigosamente. Al preguntarle por la muchacha, la cansada anciana se limitó a mirarla profundamente a los ojos, con una compasiva mirada, a la vez que sujetándose con una sola mano, acercaba despacio la otra acariciándole la mejilla; bajando la cabeza concentrada en sus achaques, se alejó de ella renqueando.

Nuevamente, se quedó completamente a solas en aquel fantasmagórico espacio comercial. Desde la abertura central que ocupaban las escaleras mecánicas relumbraba un cartel luminoso de una agencia de viajes en el siguiente piso, el acerado artefacto la fue elevando sinuosamente hasta allí, donde una mujer madura de semblante sereno descansaba apoyada en el quicio de la puerta. Su profunda mirada se elevaba contemplándola mientras ascendía, a la vez que le sonreía con familiaridad.

– … Ana María…querida…- le dijo quedamente, mientras se aproximaba.

– ¿Disculpe…? No nos conocemos, ¿cómo puede saber mi nombre…?- exclamó ella sorprendida.

La mujer sonrío enigmáticamente y, divertida, sin moverse de su posición, le hizo un gesto con el mentón dirigido hacia el lado izquierdo de su pecho. Debajo de la liviana chaqueta asomaba, colgando del bolsillo de la camisa, la etiqueta plástica identificativa que portaba en el trabajo, de la que por descuido, no se había desprendido al salir tan temprano de casa.

– ¿Dónde quieres ir, cariño…?- le preguntó. – ¿Acaso quieres revivir tu infancia…?

– ¿Qué…? No comprendo… Estoy de vacaciones, hoy es mi primer día libre…- contestó ella desconcertada.

– Tranquila, pasa y siéntate. Enseguida estoy contigo…- le recomendó, y una vez estuvo segura de que entraba al establecimiento, se alejó.

Las paredes de la agencia, estaban cubiertas de carteles de atrayentes destinos. Al fondo, de un gran corcho pendían numerosas imágenes fotográficas, personales, o de viajes de algunos de los clientes más cercanos, intuyó. Entre todas ellas, destacaban algunas de ambiente rural, grupos de gente en familia alrededor de mesas en celebración; al acercarse estudiando los detalles, un pálpito dio la vuelta a su acelerado corazón,… la niña vestida de comunión que había visto hace nada, era ella misma rodeada de sus padres y sus tíos en su pueblo natal. Siguió observando las fotografías, las de su veinte cumpleaños en Formentera, las de Gabriel recién terminado los estudios en la universidad junto con su pandilla, las de Fin de Año en que presentaron a sus respectivas familias… ¿Qué hacían allí todas aquellas fotos? ¿Qué broma era ésta?

Un inconmensurable desasosiego se apoderó de su ser, sólo quería salir de ese sitio cuanto antes. Echó a correr, bajando rápidamente las escaleras sin detenerse en los peldaños mecánicos que se hundían agónicamente en el piso inferior. La mujer de la agencia estaba esperándola junto a la puerta de salida del centro comercial, a su espalda, la claridad del día se interrumpía por los destellos intermitentes de unas luces rojas y anaranjadas que se reflejaban en el contorno del tropel de personas, concentradas en un punto próximo del asfalto hacia donde dirigían sus nerviosos movimientos intentando alzar el cuello para observar.

– Espera Ana María, debes detenerte, hazme caso, ¿dónde quieres ir…?- la conminó nuevamente aquella mujer.

– Lejos de usted, déjeme en paz…

– Tienes que prepararte, es tu decisión, estaré aquí esperándote… para ayudarte.

Salió de allí desembarazándose de la mano de la mujer asiendo su hombro. A pesar de su angustioso estado, la curiosidad le hizo acercarse al gentío, pues su intuición le decía que el suceso estaba relacionado con los enigmáticos encuentros ocurridos.

Abriéndose paso entre la muchedumbre, uno de los policías que cercaban el lugar se interpuso en su camino, pero avanzó decidida hasta la puerta abierta de la ambulancia donde yacía una mujer, semiinconsciente, a la que el personal sanitario practicaba una urgente y desesperada maniobra de recuperación cardiorrespiratoria. Esa joven… era ella.

Por fin, comprendió lo sucedido y, sin perder un segundo, desandó sus pasos hacia la entrada de ese misterioso lugar, dirigiéndose hacia la mujer de la agencia, que la esperaba pacientemente, para comunicarle la decisión que había tomado, no existía mejor destino para su próximo viaje: ‘Sí, quiero volver… regresar aquí…’

 ***

 … Contemplando aquellos edificios, el tiempo parecía detenido en una conjunción espectral entre pasado y futuro. Dudaba sobre proseguir su camino, o entrar a curiosear en el pequeño centro comercial que parecía esperarla al otro lado de la calle. Estaba construido en el patio de un antiguo convento, que ahora lucía restaurado al lado del moderno edificio circular, un atractivo contraste, pensó, mientras bajaba de la acera posando un pie sobre la calzada para disponerse a cruzar hacia allí… Un fuerte bocinazo la sacó de aquel estado hipnótico en que se había sumergido, e hizo que retrocediera rápidamente a la posición segura del bordillo. El coche que la había advertido se detuvo unos pasos más allá y una voz familiar la llamó, realizando gestos con el brazo, era Gabriel. Se sentó en el asiento contiguo y se abrazaron.

– ¿Dónde ibas cruzando así…?- le preguntó Gabriel.

– Al centro comercial, creo recordar que hay una agencia de viajes.

– ¿Ah, sí? ¿Y dónde vamos a ir…?- le preguntó ilusionado.

Ana María tardó un tanto en contestar, por un momento permaneció absorta, algún semáforo en rojo habría retenido el tráfico más abajo,  la calle permanecía desierta y repentinamente silenciosa, las cristaleras que formaban la entrada del centro comercial refulgían luminosas por efecto de la luz solar, deslumbrándola, del caliente suelo se elevaba un evanescente efluvio que ascendía por los peldaños de la entrada donde le pareció ver a tres figuras femeninas que la saludaban desde la distancia…

– Aquí, aquí y ahora, no hay mejor tiempo ni lugar.- respondió, girándose lentamente, con la mirada ida, sumida en una antigua ensoñación…

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. David Rubio
    Mar 09, 2014 @ 23:45:53

    Muy buen relato Asun. Creo que es de los textos más extensos que te leí. La fuerza de tu estilo no se pierde y el trasfondo es muy tuyo. Corrígeme si me equivoco pero creo que tu comentario a un micro mío se refería a este relato. El hoy, el momento, el viaje que nunca podrá servir como escape.
    Esa abertura temporal me pareció interesantísima. Quizás, como sugerencia, el relato podría comenzar con la protagonista ya en danza. No se donde leí que no es aconsejable que los relatos se inicien en la cama (es decir, despertándose el protagonista, que no se malinterprete je,je)
    Como siempre un placer leerte
    Un abrazo

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  2. elcristalquelorefleja
    Mar 10, 2014 @ 13:24:56

    Muchas gracias David por tan extenso comentario. Creo que te refieres al comentario de tu micro ‘La maleta’, me recordó una anécdota, la tengo archivada en alguna callosidad (de la mente), pero aún no sé cómo abordarla, a ver si consigo darle un aire cómico y te aviso, pues fue un hecho un tanto curioso.

    Entre tanto escribí éste, me guardo tu recomendación, pues efectivamente el inicio se queda un poco descolgado del resto, empecé por ahí y luego la mente se fue por otros rumbos. Pensaba inscribirme en Borradores, pero la veo también un poco parada, así que comentarios como el tuyo son muy valiosos para aprender.

    Tu broma me recuerda el sentido del humor de mi familia paterna, típicamente almeriense, je je, yo lo bauticé como ‘chunguería’ en la acepción de divertido, claro: ‘… todos de Almería, de ahí el pelo negro y la chunguería…’

    Un abrazo.

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