Forastero

pintura de Michael Cheval

 

Los días de descanso divagaba entre un montón de caóticos pensamientos, me era imposible concentrarme, y saltaba, de forma errática, de una tarea a otra. Por eso no me extrañó en absoluto cuando, en medio de aquel páramo desierto, el mecánico me anticipó que la avería de mi coche había sido debida al llenar, erróneamente, el depósito de combustible con el carburante equivocado.

Allí, en medio de la nada, a unos cuantos kilómetros sierra adentro, se encontraba mi pueblo natalicio; pero preferí alojarme en una fonda de la pequeña aldea y esperar a que, al día siguiente, terminaran la reparación en el taller. Por la noche llamé a mi mujer, que me esperaba, preocupada ya por la tardanza, en el balneario donde estaba de vacaciones con los niños. Insistió, como me había imaginado, que pasara la noche en casa de alguno de mis tíos, me fue fácil contradecirla alegando lo intempestivo de las horas. Hacía muchos años que mis padres emigraron a Francia, para después, instalarnos de nuevo aquí, en la ciudad, pero todavía recordaba los interminables veranos en que retornábamos cuando era adolescente, durante los que no podía evitar sentirme un extraño en mi propia tierra.

Poco antes del mediodía, me encontraba ya pagando la reparación, con gran alivio, cuando en el móvil sonó la llamada del teniente Peláez. Estuve tentado de no responderle, un impreciso mal augurio rondó raudo por mi cabeza, seguro que era una urgencia del trabajo, mas acompañada de una negra sospecha. El mecánico me miraba con cara interrogante mientras no cesaba de sonar el teléfono, yo lo miraba a él como sin verlo, suspendido en un agobiante instante, con un gesto de súplica paralizada, como si estúpidamente le inquiriera a él a tomar la decisión de atender o no la llamada, al tiempo que se cruzaban las órdenes latentes, lanzadas desde el fondo de mi subconsciente, de mandarlo todo al carajo, y dimitir, definitivamente, de mi puesto en el cuerpo de la policía.

Me fue imposible convencerlo, éste Peláez era duro de mollera. Así que ya me veía pasando mis cuatro exiguos días de vacaciones lejos de mi familia, y nada menos que en el pueblo. Dejando por un momento de lado, la incompetencia del teniente, que me mandaba allí a investigar, de incógnito, el reciente asesinato de una mujer, alegando que seguro no me reconocerían debido a los años transcurridos, no pude por menos que cavilar con la posibilidad de que, en algún lugar, los hilos del azar se habían entrelazado para que mi despiste en la gasolinera hubiera ocurrido precisamente en ese punto geográfico, pues le había venido al pelo a mi superior, escaso de personal en éstas fechas, y más de recursos, para enviar a otro agente desde la ciudad al recóndito lugar de los hechos.

Me imaginaba la pequeña localidad revuelta, un acontecimiento así no se daba en años, casi en siglos, si descontamos la guerra civil y anteriores contiendas. Cuando llegué, estaban todos en la iglesia, se celebraba el funeral de Paco, cronista de la localidad. Dos muertes al tiempo, el pueblo sumido en el silencio y la consternación. Paco era muy apreciado, tenía un carácter alegre y burlón, muy distinto al del resto de sus correligionarios y además, con empeño y gran donaire, había compaginado su humilde profesión de agricultor y albañil, según se terciaran los tiempos, con la de escritor, de reconocido prestigio entre los entendidos, siendo impulsor de grupos de teatro en la comarca. No me había perdido su último libro de memorias, muy ameno y descriptivo, en el que con sencillez y picardía repasaba su vida y contaba numerosas anécdotas de sus vecinos, plagado de numerosas casualidades y coincidencias, sobre las que, al final de su vida laboral, ya jubilado, reflexionaba. Un abuelo de las últimas filas en las que me instalé en la iglesia, me relató que había muerto al caer de espaldas desde lo alto de la escalera, desprovista de baranda, en el patio interior de su casa, mientras lanzaba al vuelo a un gorrioncillo que había guarecido en la chaqueta para enseñárselo a su nieto a la salida del colegio. No pude evitar pensar, en el probable trauma que quedaría grabado en la memoria del chaval, presente durante la escena, e inmediatamente recordé, cómo el hombre relataba en sus memorias, jocosamente, el momento de su nacimiento: en volandas salió despedido del canal de parto, pasando a manos de la comadrona, salvado en el último momento de descalabrarse, cuando se le escurrió a ésta de entre las manos, al caer en brazos de su padre; así cerró el destino su final, casualmente, casi de la misma forma en que había venido al mundo.

Más tarde, en el pleno del Ayuntamiento, también medio vecindario permanecía apiñado en la pequeña sala. La guardia civil había instado al alcalde a reunir a los habitantes varones para anunciarles la próxima toma de muestras de adn, de forma voluntaria, a todos los hombres adultos hasta los setenta años de edad; un disparate. Como siempre, Peláez había omitido los detalles de las investigaciones, más tarde me presentaría al oficial al mando para conocer los pormenores. De momento, me limitaba a escuchar los mentideros, intentando no toparme con los pocos familiares más allegados que aún me quedaban en la localidad. El crimen se había cometido dos días antes, la mujer vivía sola y había sido brutalmente agredida y, después, asesinada. La conmoción era enorme, allí todos se conocían, estaban emparentados unos con otros, siendo, fácilmente, familia lejana por uno u otro costado, de hecho, en los grupos de amigos, éstos se llamaban entre sí, primo.

Hablando de primos, la hija de mi tía Fina, me miraba con los ojos desorbitados, como si hubiera visto un fantasma. Tuve que darle unas breves explicaciones, sin embargo, parecía no comprender que hacía allí después de tanto tiempo; hasta que finalmente, una ligera lucecita la iluminó, para exclamar a voz en grito: ‘ah, claro, si tu eres de la secreta…’. Miré inmediatamente alrededor, el tono de su voz tal vez no había sido tan escandaloso como yo había creído, pero en cualquier caso, le apreté discretamente el brazo haciéndole, al tiempo, indicaciones con los ojos que, afortunadamente, captó rápidamente, pidiéndome disculpas casi avergonzada. Se despidió con una resignada mirada, murmurando: ‘¡Por Dios, que no haya sido nadie de aquí…!’, como una súplica elevada a unos supuestos poderes sobrenaturales, emanados de mi persona, por ser policía.

Decidí aprovechar mi condición de oriundo, y al anochecer, me acerqué a casa de mis tíos, para escuchar su cercana versión de los acontecimientos. La mujer podría haber sobrevivido si la empleada que cuidaba a la anciana vecina de la casa contigua hubiera alertado a la guardia civil. La joven no cesaba de llorar cuando los agentes se la llevaron para interrogarla. Como muchos inmigrantes en el pueblo, carecía de permiso, no sólo de trabajo, sino también de residencia y, aunque según su declaración, no fue esa la razón de su omisión, al descubrirse el horrible suceso, entendió que los gemidos que había estado oyendo al anochecer, sobre los que alertó a la señora que cuidaba, provenían de la casa de al lado. Fue principalmente, según la muchacha, la inoportunidad de molestar a los hijos de la señora, lo que la indujo, al cesar los leves sonidos, a seguir durmiendo, atribuyendo el episodio al maullido de algún gato.

Las investigaciones se centraron en los hombres de la franja de edad aproximada que se había acotado, atendiendo también a la corpulencia física necesaria para escalar, desde la calle, al primer piso de la casa donde se cometió el crimen. Llamé a Peláez, con la convicción de que centrarse en ese grupo, exclusivamente, era una pérdida de tiempo y de dinero público, el agresor bien podía haber sido un forastero, alguien de paso que estuviera ya a cientos de kilómetros del lugar. Como siempre, el jefe quería cubrir el expediente y poco más, conminándome a que realizara mi informe y lo dejara todo en manos de la benemérita. Incluso me insinuó, en su tono irónico habitualmente despectivo, que si me creía el ‘mentalista’ de la serie esa de televisión que tanto me gustaba.

Definitivamente, me marchaba del cuerpo, no aguantaba más la incompetencia de la que estaba rodeado y la subordinación por un mísero sueldo. Esa misma noche, me encaminé al destino de vacaciones que tenía previsto en un principio, para reunirme con mi familia. Mi mujer se disgustaría, pero ya lo tenía todo planeado, un buen compañero retirado y yo, pensábamos establecernos por nuestra cuenta formando una agencia de detectives.

Habían transcurrido ya, más de dos años desde que dejé mi puesto. Fue durante un receso en mi oficina ojeando el periódico, cuando leí la noticia que declaraba triunfante cómo gracias a las pruebas de adn, la policía había conseguido detener al presunto violador, un temporero de nacionalidad extranjera, que perpetró el espantoso crimen en la pequeña localidad. Claro que, leyendo entre líneas, se deducía, sin lugar a dudas, que la brillante actuación policial había tenido lugar por pura chiripa, pues el detenido se había dedicado a dejar un rastro de desgracias, desde aquí hasta la ciudad más septentrional del país y, sólo, cuando una de sus víctimas logró zafarse del brutal ataque, alertando a los cuerpos de seguridad del estado, habían conseguido capturarlo.

El perfil del detenido, era, por los nimios detalles de la noticia, un claro ejemplo de cierto grave trastorno psiquiátrico, fácilmente rastreable; una minuciosa acción investigadora hubiera aclarado algunas pistas, imprescindibles para iniciar una búsqueda activa cuando el suceso estuvo reciente; se habrían evitado todas esas muertes posteriores. Tras miles de euros desperdiciados inútilmente, y dos años de barbaries más tarde, los habitantes del pequeño municipio podían, por fin, descansar. Los análisis para cotejar los restos biológicos de la víctima con los de los habitantes del pueblo, habían servido únicamente, para acallar los rumores, y apagar la suspicacia entre vecinos, casi hermanos, que habría sembrado de desconfianza  la futura convivencia. Ahora, definitivamente, podían dar por sentado que tal atrocidad, la había cometido otro, uno de fuera, cómo no, un extranjero.

A. Ferri

 

* Pintura del artista Michael Cheval, tomada  del blog

http://buzondepinturaporjuanjosebarajas.blogspot.com.es/2011_05_14_archive.html

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. davidrubios
    May 16, 2014 @ 22:20:35

    Muy buen relato. El personaje que vuelve a sus raices. Un crimen rural. El elemento extranjero, los prejuicios. Todos buenos ingredientes para una buena historia. Lo único que podría sugerirte es que no haya ese salto temporal al final. Ese final a modo de resumen explicativo, desde la distancia de los dos años y la lectura del periódico es menos impactante que si el relato se hubiera desarrollado en el mismo tiempo y que eso se mostrara, no explicara. Otro abrazo!

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  2. elcristalquelorefleja
    May 18, 2014 @ 17:20:46

    Gracias, me interesa mucho tu opinión, el salto temporal es un reflejo de mi conocimiento de la historia, los hechos son reales, la muerte del cronista y el asesinato de la mujer sucedieron al tiempo; el personaje del policía es el que imaginé para contar las historias. Ese salto temporal es la solución que le dí en el relato a cuando investigué en los periódicos para saber cómo habían detenido al autor y otros detalles.
    También la escribí en primera persona, contada por los fallecidos, pero en la resolución me quedaba atascada, así que opté porque lo contara todo el investigador.
    Un abrazo y gracias de nuevo por tus comentarios¡

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