Enjundio y el envase

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Enjundio Tornachuelo era un hombre cabal, trabajador y de pocas palabras. Muy conocido en el pueblo por sus sonadas gamberradas, en contraste con su apariencia apocada, había sido de joven el más bruto entre los mozos, liderando en las fiestas de la patrona el aupamiento de una res en la pala de su tractor hasta el balcón de la muchacha que pretendía. Tal vez la joven, que tenía unos cuantos dedos más de sesera que la media resultante del conjunto de muchachos, lo había rechazado precisamente por ello, pero éste, despechado, al año siguiente encabezó la ocurrencia de encajonar otro toro en la acequia real del pueblo, con tan mala leche que tuvieron que acudir los bomberos al rescate del humillado animal.

Enjundio, según cuentan, nunca superó el rechazo de la chica, atribuyendo su soltería a aquel adolescente desplante, aunque a los más observadores no se les escapó la coincidencia de la viudez de su acaparadora madre, a la que siempre había estado muy unido. Tras la muerte del padre, Enjundio heredó, plenamente, todas las obligaciones agrícolas, y su vida transcurría entre el campo, la huerta, y los viajes a los pueblos colindantes para vender las frutas y hortalizas frescas en los mercados ambulantes.

En la madurez de su vida fue siempre un firme defensor del trabajo duro, del cumplimiento escrupuloso de las obligaciones y del poder redentor que ejerce el madrugar, afeando la conducta de muchos jóvenes de la localidad dedicados a holgazanear en vez de agachar el lomo en los huertos, desbrozar los bosques, o amasar cemento, que según proclamaba: “faena quien la busca, la encuentra”. A muchos sorprendió su anticipada jubilación, pronto corrió en los mentideros la noticia: Enjundio había convencido a su anciana madre para vender unos terrenos baldíos cerca del monte a un potente grupo inmobiliario que a cambio había proporcionado al agricultor más de una centena de miles de euros. Desoyendo los consejos de sus familiares más allegados, se desprendió de las tierras, esgrimiendo como argumento para la operación mercantil su avanzada dolencia artrítica, y una inminente intervención quirúrgica en la rodilla.

Pasados unos cuantos años volvió Enjundio a dar que hablar en el pueblo, y de qué forma. Forzado por las circunstancias se convirtió para las autoridades en un molesto vecino reivindicativo, encabezando las manifestaciones, nunca antes vistas, frente a la Caja del Campo, filial de la empresa a la que había vendido los terrenos y que, al poco de explotar la burbuja inmobiliaria, le estafó todos sus ahorros en preferentes. Así, casi en su ancianidad, lideraba también el grupo de apoyo a los nuevos vecinos de la inconclusa urbanización donde habían depositado sus esfuerzos en forma de entrada para los flamantes unifamiliares y adosados, eternos esqueletos de cemento y hierro forjado que, como las estatuas de la isla de Pascua, coronaban la loma con vistas al mar que había pertenecido a sus ancestros.

Con el paso del tiempo, los infortunios sobrevenidos y el debilitamiento físico, Enjundio había ido adquiriendo la mala costumbre de pensar. Sentía que había sido colaborador necesario en la estafa a tantas decenas de familias, habiendo dejado de trabajar por obra y gracia del dinero conseguido, aunque volatilizado, propiciando una especie de traspaso de condena para aquellos que habían depositado sus sueños y sus ahorros, en un pedazo de papel donde yacían delineadas a escuadra las casas rellenas de aire.

Movido por las inquietudes existenciales y la necesaria conceptualización de tanto despropósito, al tiempo, cayeron en sus manos algunos libros viejos que rescató de la Casa del obrero, antes que el Ayuntamiento la reconvirtiera en pabellón multiusos. Entre los variados temas, habían quedado grabados en su ánimo, especialmente uno: ‘El capital’ de Carl Marx, y otros que trataban conceptos más exóticos para él como Karma, aunque en el fondo creyera que iba a instruirse en las artes amatorias del kamasutra, indagando así en conceptos hasta ahora para él desconocidos.

Mucho reflexionó Enjundio, sobre el absurdo de la vida, la incoherencia del sistema económico, las leyes de la atracción y las de causa-efecto, por otra parte, nada novedosas, fácilmente asimilables a los conocidos refranes “tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe” y “quien siembra vientos, recoge tempestades” que inmerecidamente las malas lenguas del pueblo sentenciaban como aplicables a su caso, dando como resultado que a su edad se viera sin dinero y sin tierras, desapareciendo de un plumazo el patrimonio que había constituido el orgullo de su humilde familia. Volviendo la vista atrás, ahora reconocía las señales que el destino le había enviado, y se lamentaba de su precipitación; recordaba especialmente aquel suceso premonitorio un día antes de la firma, cuando un parsimonioso gato negro se le cruzó en el patio de casa y con tal tino le lanzó una piedra para espantarlo, que rompió el espejo retrovisor del tractor allí aparcado. Un símbolo de su ceguera, de su ausencia de perspicacia. El mal fairo se regodeó con su falta de intuición y un sinfín de mala suerte merodeaba ya entre las copas oscuras de los árboles de la parcela ultrajada, desternillándose con risa ahogada.

Enjundio dio una tarde con sus huesos en el calabozo, ganas le tenía el alcalde por revolucionarle el pueblo; aunque nunca podría probarlo, intuía que andaba detrás de él, como un sabueso, el teniente de la local, a la espera de la mínima infracción de tráfico o de cualquier otra índole. Se enfrentaba a las graves acusaciones de desacato a la autoridad y destrucción de bienes públicos, sucesos fruto de una calamitosa casualidad sobre la que reflexionó aquella larga noche en la oscuridad de la celda: una mañana sosegada en que contemplaba el horizonte desde los fantasmagóricos cimientos hundidos en sus tierras como yacimientos romanos, el yerno de Abundio al mando de su tractor lanzó a la cuneta que bordeaba sus antiguos terrenos, una botella de cerveza vacía. Abundio, eterno rival y feroz contrincante, avispado tratante, presidente de la cooperativa del pueblo, estaba casado con Filomena, la muchacha causante de sus juveniles locuras. Un sordo enfrentamiento resurgió entre ambos, como las aguas del Guadiana, cuando las escarpadas tierras del presidente fueron candidatas en la lotería de la especulación junto a las de Enjundio; finalmente, el grupo empresarial se decantó por las suyas. Las lindes de su parcela rebosaban, desde entonces, de botes, botellas vacías y envoltorios, incluso frutas resecas y escombros: ahora disponía para sí de la prueba delatora que confirmaba sus sospechas. Muy contrariado, y al tiempo satisfecho por haber presenciado el acto con el que daba por terminado las insidiosas elucubraciones, depositó el envase en medio del camino, con la intención de afearle la conducta, y que a su vuelta se la encontrara entorpeciéndole el paso. Después, se marchó a la ciudad, para acudir a una cita con el abogado de la asociación, como tenía previsto.

Una vez de vuelta, faltando unos dos kilómetros para llegar a casa, en mitad de la carretera comarcal, justo en la línea de separación de los dos carriles distinguió a lo lejos un extraño objeto amarillento que destacaba en contraste con la pintura blanca… una botella de cerveza permanecía allí plantada. Un vahído neuronal dio paso a una tormenta de conjeturas: ¿sería la misma botella?, ¿la habría recogido el incívico tractorista a la vuelta del camino y dejado en éste otro punto?, ¿o acaso sería otra botella distinta depositada por otra persona?, ¿y, si la había dejado el mismo conductor, el muy imprudente se habría pimplado de buena mañana y en tan corto espacio de tiempo dos botellas de litro de cerveza e iría haciendo eses con el tractor?

Intrigado, se desvió hacia sus viejos terrenos para inspeccionar la cuneta; la botella primigenia yacía entre las hierbas secas del margen del camino. La agarró y la lanzó hacia un campo contiguo, con rabia, y con tal puntería que terminó estampada en el parabrisas del coche patrulla de la Guardia Rural, que justo aparecía en ese momento tras un recodo del camino.

Los agentes le miraron con cara de pocos amigos, pero con un brillo suspicaz, casi satisfactorio, en los ojos mientras avanzaban hacia él, semejaban en virtud de su indumentaria verde aceituna dos seres de otro planeta andando parsimoniosamente mientras relucían dos brillantes leds en sus rostros inescrutables… En apenas unos segundos, que a Enjundio le parecieron dos horas, le dio tiempo a improvisar un discurso exculpatorio sobre coincidencias fortuitas, salpicado de su interpretación sobre las teorías de causa y efecto, y demás leyes universales que todavía Enjundio no ha aprehendido en toda su compleja bastedad, ni, probablemente, dilucide jamás.

A. Ferri

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