Ai-Weiwei-Tate-millones-porcelana

 

Comer pipas o papas es una epifanía. Un ritual. Abrir el paquete de plástico y comenzar con la primera, en una tarde de playa, paseando por la orilla, casi a punto de oscurecer, o en el sopor del mediodía, cuando acucia el hambre. Elevar el fruto en su cáscara hasta los incisivos, saboreando con la comisura de la boca la adherencia salada, masticar un nimio fruto y tragar. Continuar con el siguiente, y el otro, y otro más, hasta que la lengua se seque. De forma compulsiva, repetir los mismos movimientos de muñeca, antebrazo y codo sin quedar saciado, no poder decir basta a ese instante en que sólo tienes un objetivo: conseguir descascarillar la semilla sin que se astille la corteza en el paladar y sujetar entre las yemas de los dedos dos perfectas coberturas para tapizar el suelo de la primigenia concentración.

Asun Ferri

Imagen: el artista Ai Weiwei tapiza el suelo de la Tate con cien millones de pipas de porcelana.

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