El maná

El maná

“¿Qué le pongo?” Me llega el turno. Un cacharro como ese, pienso. “Voy a ver”. Recorro con la vista el mostrador repleto de pescado, el sonido del hielo saliendo de la máquina me ensimisma de nuevo. La dependienta espera paciente, ni una mueca. Elijo unas doradas, no sé, será por el nombre, les ha tocado la china; que las limpie, las desespine y así podré seguir absorta viendo cómo caen los cubitos. Es como un maná, inagotable, la multiplicación mágica.

Se supone que en el pueblo debía oler a heno, a pesebre y oirse a los gallos al amanecer. En cambio, la inauguración del pequeño supermercado ha sido un éxito. Las reponedoras y las cajeras no dan a basto.

Al anochecer me siento debajo del almendro, los frutos que maduran producen un sonido estrepitoso contra el suelo… y caen sobre mi cabeza, los hombros, el regazo. En una cesta recojo las almendras y con una piedra descascarillo algunas, las lanzo hacia el cielo y sobrevuelan las fauces abiertas de mi perro. El maná. Relajante.

A. Ferri

*Fotografía del artista alemán Justin Peter. Vista en la red.

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E-pi-fanía

Ai-Weiwei-Tate-millones-porcelana

 

Comer pipas o papas es una epifanía. Un ritual. Abrir el paquete de plástico y comenzar con la primera, en una tarde de playa, paseando por la orilla, casi a punto de oscurecer, o en el sopor del mediodía, cuando acucia el hambre. Elevar el fruto en su cáscara hasta los incisivos, saboreando con la comisura de la boca la adherencia salada, masticar un nimio fruto y tragar. Continuar con el siguiente, y el otro, y otro más, hasta que la lengua se seque. De forma compulsiva, repetir los mismos movimientos de muñeca, antebrazo y codo sin quedar saciado, no poder decir basta a ese instante en que sólo tienes un objetivo: conseguir descascarillar la semilla sin que se astille la corteza en el paladar y sujetar entre las yemas de los dedos dos perfectas coberturas para tapizar el suelo de la primigenia concentración.

Asun Ferri

Imagen: el artista Ai Weiwei tapiza el suelo de la Tate con cien millones de pipas de porcelana.

La chica de ayer

Te veo subiendo a la acera en un respingo, señalando el monigote del semáforo, y mascullando palabrotas al apresurado motorista que te ha puesto perdida de barro. Estás preciosa hasta con el uniforme deslucido de esa barata cadena de supermercados.

En la luna de un gran escaparate se refleja tu figura apretando el paso, mientras miras el segundero anclado a las venas de tu muñeca como las vías de un suero. Y la mía, enfundado en éste mono de obrero, se evapora entre el humo de los coches, elevándose hacia las hojas entreabiertas de una ventana al pasado.

Mi cabeza da vueltas persiguiéndote… recuerdo tu pelo mojado, cuando cruzábamos de imprevisto cogidos de la mano, riéndonos de la mansedumbre que se guarecía de la lluvia en el portal de la academia.

Me escrutarán tus ojos de ayer…, demasiado tarde ya… Obedezco cierta voz de sensatez que dirige mis pasos hacia el próximo cruce cuando la luz indica paso. Entre las respuestas a aquellos test, absorbimos docilidad junto a las normas de seguridad vial.

Asun Ferri

Campaña navideña

arbol de navidad

Me habían raptado los domingos, tenía síndrome de estocolmo
y apego a aquel megáfono que me destrozaba la oreja acribillada a villancicos.
Los lunes para mí no eran lo mismo, el sol amanecía neblinoso,
y era un descanso nervioso repleto de gestiones onerosas.
Los viernes convertidos en preludio de un fin de semana inexistente
para los trabajadores que hacían de recaudadores de las multinacionales 

disfrazados de Reyes de Oriente.
Si han de pagarme con carbón dejémonos de chuscas farsas,

si luego baja el ipc por el período de rebajas, conmigo que no cuenten
para un nuevo contrato de becario conteniendo a las enferverecidas masas.
Que rueden monedas de cacao envueltas en metálico dorado
y que ejerzan los magos su función sacando caramelos entre el pelo,
que se descorra el telón y caigan las estrellas del cielo.

Asun Ferri