El vacío

vacio

Atravesando un extenso páramo parduzco formado por campos de cultivo abandonados a los matorrales, discurría la carretera nacional que conectaba la capital del país con el ansiado mar mediterráneo; era una buena pista de cómodo trazado, en la que, mediante sucesivas remodelaciones, se habían suavizado los accidentados pasos por las montañas, que elevaban progresivamente la autovía tras los escasos treinta kilómetros que formaba el altiplano de la provincia costera. Salvo en los meses veraniegos y los puentes festivos, durante la temida operación salida, la conducción se ejercitaba con holgura y sin embotellamientos, por lo que con el nacimiento del sol deslumbrándole y, sobre todo, por el sosiego y la calma que, últimamente, lo caracterizaba, Ismael mantenía una velocidad constante rozando, casi, el límite permitido por excesivamente baja. El goteo de vehículos que lo adelantaban apresuradamente, sin embargo, no cesaba, pues era hora punta para los pocos conductores que se dirigían a la ciudad; precisamente por eso, cuando distinguió aquel bulto que realizaba movimientos erráticos esquivando las infernales máquinas de matar que, estruendosamente, lanzaban sus prolongados pitidos a exiguos centímetros de su famélico cuerpo, no dudó en dar un volantazo, frenando simultáneamente, para quedarse cruzado en medio de los dos carriles de circulación, ocasionando un generoso atasco de proporciones descomunales. El perro, entonces, se quedó paralizado, tendido en el asfalto panza arriba en actitud sumisa ante la fiera que se había detenido frente a él para, definitivamente, retarlo a una desigual pelea. Afortunadamente, la afluencia de vehículos era intermitente y las condiciones de visibilidad óptimas, por lo que no se produjo ninguna colisión entre los mismos, salvo algún frenazo chirriante con el consiguiente desgaste de neumáticos. Ismael salió del habitáculo para recoger al indefenso animal y se dirigió lo más apresuradamente que pudo, de nuevo, hacia su coche.

Las caras de fastidio de algunos de los conductores más próximos eran, junto con las de desconcierto, incredulidad y, condescendiente hastío ante la inesperada detención, las más habituales. Aquellos que gozaban de una privilegiada visión de la cabecera del atasco y contemplaron la imprudentemente heroica maniobra y la ansiosa carrera del hombre para salvar al animal, ya que viajaban en camiones o grandes furgonetas, reflejaron en sus rostros paulatinamente, una expresión de serena complacencia y satisfacción, rompiendo a aplaudir y, sacando el torso por las ventillas, lanzaron vítores entusiasmados, junto con efusivas felicitaciones hacia el hombre, que sonreía satisfecho. Una vez en su cubículo, depositó al asustado peludo en el asiento trasero y enderezando su camino, continúo la marcha.

Lentamente se fue deshaciendo el parón, muy lentamente, pues como corresponde en éstos casos, tras una obligada parada en la monótona conducción, se produce el conocido ‘efecto mirón’, sólo que, en ésta ocasión, no había marcas en el suelo, ni cargas desparramadas, ni motocicletas aplastadas o vehículos en acordeón, sino un inmenso vacío que fue engullendo como un agujero de gusano en el espacio, las prisas, la incertidumbre, la desazón y el aburrimiento de todos los que lo traspasaban, transportándolas a un universo paralelo donde no existen las horas de llegada, ni se sabe nada de balances, resultados contables, marketing, o ventas telefónicas, creando así en éste una dimensión desconocida por el gran público, llena de compasión, empatía y resolución, iniciada, tal vez, por el humano gesto de Ismael.

A través de las cámaras de la Dirección General de Tráfico, expertos funcionarios habían seguido el desarrollo del incidente, poniéndolo rápidamente en conocimiento del director general. Éste, no dio mayor importancia a lo ocurrido, salvo cuando comenzaron a llegar intrigantes noticias desde la delegación valenciana… ese día, los agentes de la Guardia Civil de Tráfico que habían inspeccionado el tramo correspondiente al inicio de la sospechosa retención en la autovía de Levante, ¡no habían extendido ni una sola multa!, los policías nacionales que también se habían acercado para revisar el vallado y los arcenes, inexplicablemente, habían dejado marchar a dos de los miembros de la Plataforma de afectados por la hipoteca que llevaban detenidos en el vehículo policial hacia comisaría tras una manifestación acaecida en un pueblo cercano, y los miembros de la comitiva que escoltaba el coche del presidente del gobierno autonómico, en uno de los rutinarios viajes oficiales hacia Madrid, junto con el conseller de bienestar social, abandonaron la misma, para ponerse manos a la obra en varios supermercados realizando coercitivos acopios de alimentos no perecederos y sin caducar, por supuesto, para los bancos de alimentos, a la vez que, mientras vigilaba por el buen cumplimiento de la operación, el alto mandatario de la comunidad, daba la orden por teléfono a su secretario para la próxima presentación de un decreto ley que terminara, de una vez por todas, con las abusivas comisiones comerciales que se generaban en el camino de ida, sobre los productos agrícolas, desde el campo hasta el consumidor final.

En el gobierno central, diligentemente fueron alertados de la surrealista situación, poniéndose en marcha el protocolo de actuación en caso de emergencia nacional, enviando simultáneamente, a los técnicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas para realizar los trabajos de campo a pie del terreno donde estaba sucediendo tan misterioso fenómeno, craso error, pues éstos también fueron abducidos como todos los demás, por tal sensación de paz y serena comprensión que, una vez de vuelta en sus puestos en la oficina, desclasificaron información altamente secreta sobre los manejos entre las grandes compañías eléctricas, las petroleras y las gasísticas para ocultar explosivos descubrimientos sobre energías limpias y peligrosamente baratas, creando un conflicto diplomático sin precedentes del gobierno de España con el gobierno de la Unión Europea y, por supuesto, de los Estados Unidos de América. Desde las más altas instancias de éste último, se dio la orden de acabar, como fuera, con tamaño desastre de imprevisibles y nefastas consecuencias, que podía extenderse como una peligrosa pandemia a nivel planetario, las pérdidas económicas y geoestratégicas para la estabilidad del recientemente creado, aunque antiguo, Nuevo Orden Mundial se preveían irreparables. Una flota de drones fue enviada desde una cercana base militar al punto exacto de la carretera donde había surgido ese vacío transformador de consciencias, para atajar con certeros lanzamientos de bombas inteligentes tamaña amenaza terrorista, siendo los aviones no tripulados absorbidos por el agujero que como una catarata invisible se los tragó enviándolos, junto con el miedo y la pasividad de la población, a la otra dimensión. Ese día comenzó la revolución.

A. Ferri

 

Los tres cerditos y el banco feroz

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El otro día tuve un sueño…, soñé que el dinero ya no servía, la gente amontonaba el papel moneda en grandes pilas que se deshacían formando una pasta informe, viscosa, que en las ciudades serpenteaba hasta colarse por las alcantarillas y las cloacas  saltando al mar para posarse en el fondo como masas coralinas, en los pueblos ascendía hacia las montañas cual salmón remontando frenéticamente un río, llegaba a la cima y se hundía en la maleza brotando de ella como pequeños árboles que crecían y crecían, pinos, abetos, nogales, encinas, chopos…

el oro se escapaba de las prisiones, de las cajas fuertes de los avaros y volvía a las profundidades fundiéndose con el núcleo terráqueo…

el petróleo se colaba por los cráteres de los volcanes y las fallas de los terremotos en su descenso hacia las bolsas subterráneas que antes lo cobijaban…

los diamantes se dirigían hacia las pistas de lanzamiento de la Nasa y volaban disparados a la velocidad de la luz hacia las estrellas…

y los hombres, estupefactos, comenzábamos a crear depósitos bancarios de semillas, pepitas de fruta, granos de arroz…, constituíamos Acciones de bosques frondosos, Fondos de inversión de aire limpio, burbujas de agua impoluta y Congresos de contemplación del infinito …

los mayores jugaban al tute con lentejas, los jóvenes se engalanaban las orejas con cerezas y los niños construían casitas de barro, emulando las torres de hormigueros… el cuento de los tres cerditos, era de obligada lectura en las escuelas, del cual se había reescrito la moraleja: el cerdito que construía su casa de ladrillo era un esbirro esclavo de por vida que pagaba una hipoteca desorbitada al extinto banco feroz y los otros dos cerditos colaboraban entre sí para construir sus casas de paja y barro, que conservan el calor en invierno y el fresco en verano de forma milagrosa, de manera que todos los niños soñaban con hacerse mayores para ayudarse unos a otros a construir la suya…

… y de pronto desperté, pensando que en cierta forma algunas partes de mi sueño eran realidad en otras culturas, otros países o lo habían sido en otros tiempos… y entonces verdaderamente comprendí que ‘… la vida es sueño y los sueños, sueños son’

A. Ferri

* Fotografía: Niños alemanes juegan con bloques de billetes que han perdido su valor, posguerra en Alemania.

Fuente: http://musicatranquila.blogspot.com.es/2011/11/y-otro-dia-historico-el-marco-aleman.html

Facundo Lirondo y el fin del mundo

 loteria

Facundo Lirondo era un hombre afortunado, él creía, sin embargo,  que el hado le había abandonado.

Buen aspecto, simpatía y cinco dedos en cada mano eran las armas con que nació dotado.

Mal que bien, había ido tirando, pero un día consultó con una adivina:

– Facundo, no te obstines, nada te faltará pero la lotería jamás te tocará.

Un día tras otro, tentaba a la suerte, compraba boletos, cupones y euromillones:

– Ay, -se lamentaba-, mal de ojo me han echado, siempre seré un desgraciado.

Al “trece” le tenía una especial inquina, le perseguía en su vida:

Cambió de casa una vez, la numeración de la puerta fue la razón de ser. El trece fue también su número de soldado. En trece terminaba su carnet de identidad.

La hora miraba una y otra vez, ayer mismo y por última vez, las trece y trece, del trece del dos del dos mil trece, cuando… un compañero emitió un chillido desgarrador:

– Me ha tocado, he ganado,  soy muy afortunado…  el boleto ayer comprado ha resultado premiado.

Como no era mala persona, de la fortuna del amigo se sintió complacido. Mas una burla del destino, un sarcasmo malhiriente  era que el boleto premiado acabara terminado en el número mencionado:

– Mala suerte la mía, estoy seguro que los mayas no acertaron en la profecía, un buen año fue el anteriormente pasado, ahora, ya veremos si acabamos el que hemos empezado, palabra de Facundo, es en el dos mil trece cuando se acaba el mundo.

A. Ferri

Alejandro, un niño espacial (II)

II

Trijón, el colérico

Alejandro se echó a andar, no tenía ni idea de cuán lejos o cerca estaría el mar, así que pegó un salto de la acera a la calzada y paró a un coche. La muchacha que conducía frenó en seco asustada.

– ¿Estás loco?- gritó la muchacha-. ¡Casi te atropello!

– ¡Oh! Lo siento, sólo quería subir al coche- le dijo Alejandro.

– ¡¿Quéee?, subir a MI coche!

– Sí, quiero ser tu amigo y que vayamos al mar.

– ¡Ja! Debo de estar soñando mocoso, ¿pero tú de donde sales? ¡Coje el autobús como todo el mundo!

– No tengo dinero para comprar un billete.

Katrina no salía de su asombro, ¡no tenía dinero!, no podía ser, era imposible, todos los pobladores tenían dinero; entonces, pensó, podría ser él, es decir uno de ellos, de los superbuenos.

Katrina lo miró a los ojos para cercionarse. Tenía unos preciosos ojos azules llenos de puntitos grises, se quedó hipnotizada, con la boca abierta, era como si sus ojos contuvieran todas las estrellas del firmamento. De repente, despertó, “¡vamos, sube, rápido!” le dijo, “parece como si lo hubieras adivinado, ¡debemos ir al mar!”.

Mientras conducía trepidantemente, Katrina le iba explicando a Alejandro la razón de sus prisas: “Trijón es el dueño del petróleo que necesitan los pobladores para alumbrarse, calentarse y desplazarse en los medios de transporte. Hace poco conocí a Zesla, un superbueno como tú, no necesita dinero, es un sabio, posee el conocimiento del universo e investiga para el bien de los pobladores; Zesla descubrió una energía limpia y gratuita para sustituir al petróleo, cuando Trijón se enteró, enfureció y montó en cólera: si los pobladores no necesitaban su petróleo ya no podría acumular más dinero, era su ruina, una catástrofe, el fin del mundo mundial…”

– En éste momento -continúo Katrina-, Trijón está urdiendo un plan terrible: inundar toda la costa con el negro crudo, ahogar a las aves y los peces, llenar la arena de chapapote; sabe que Zesla ama mucho a los pájaros, a los peces, a las plantas de las dunas. Si cumple sus amenazas Zesla morirá de pena, sus investigaciones quedarán inconclusas y los pobladores deberán seguir pagando cantidades ingentes de dinero por el petróleo.

Alejandro no salía de su asombro, “pero…, cuánta maldad”, dijo, y más egoístamente al recordar que aún no había cumplido sus sueños en éste viaje recién emprendido, exclamó:

– ¡Jolín!, si yo acabo de llegar, ¡sólo quería bañarme en el mar!

– ¡Pues espabila! -le dijo Katrina-. ¡Ponte las pilas!

Llegaron al mar, salieron rápidamente del vehículo. En la playa, a pocos metros de la arena, había encallado un superpetrolero; Trijón estaba en cubierta vociferando, su cara pasaba del rojo al amarillo, del verde al naranja en cuestión de segundos, daba vueltas y vueltas de babor a estribor, de proa a popa, se subía al mástil de un salto, bajaba y pateaba cualquier cosa a su alcance.

Katrina y Alejandro se fueron acercando. Trijón estaba a punto de estallar. La algarabía había provocado que muchos pobladores se congregaran alrededor, Zesla también salió de su cueva.

Katrina previno a Zesla:

– Vete, si te ve entonces romperá los tanques y ya no habrá remedio.

– Es que me da mucha pena -afirmó Zesla-.

Katrina se enfureció con él:

– ¿Cómo puede darte pena un supermalo? ¿Acaso olvidas lo que está planeando?

– Tranquila -le interpeló Alejandro- hay que ser paciente. Zesla vuelve a la cueva, debes continuar con tu trabajo, nosotros esperaremos a que Trijón se calme y subiremos para hablar con él.

Alejandro se sentó en la arena. Los pobladores se le acercaban formando un círculo a su alrededor. Sobre cada uno de ellos gravitaba una estrella que los seguía a todas partes. Se sentaron a su lado y esperaron en silencio.

Trijón se fue serenando, sus gestos eran más sosegados y su rostro recuperó su color natural. Se asomó a la barandilla del barco atraído por aquel niño al que todos acompañaban.

– ¿Quién eres?, le dijo.

– Soy Alejandro.

– ¿Y qué haces aquí?

– Esperar.

– ¿Esperar a qué?

– A comprender.

– ¿Qué quieres comprender?

– A ti.

– ¿A mí por qué?

– Porque quiero ayudarte.

– ¿Ah sí? Pues deshazte de Zesla, quiere arruinarme.

– Él sólo quiere ayudarte.

– ¿También? Vaya, hoy todo el mundo quiere ayudarme, ¡qué buenos! -dijo con sarcasmo-.

– ¿Qué quieres Trijón?

– Más dinero, todo el dinero del mundo.

– ¿Para qué?

– Para comprar barcos, coches, aviones, casas, joyas…, -y cuando pronunció esa palabra se echó a llorar-.

– ¿Qué joyas quieres comprar?

– Ninguna, déjame en paz –le respondió balbuceando-.

– Vamos Trijón, dímelo.

– No, déjame -Y lloraba bajito, se tapaba la cara con las manos mirando de soslayo por entre sus dedos las estrellitas de los pobladores-.

– Trijón, tu estrella no la puedes comprar con dinero, no tiene precio.

– Sí, todo tiene precio y aunque valga muchos millones yo los conseguiré y tendré mi estrella –declaró a la vez que balanceaba el puño de su mano derecha de un lado a otro en señal de: “¡chínchate!”

– Trijón, sabes que la luz del sol no cuesta dinero, las estrellas tampoco.

– La luz del sol no cuesta dinero, pero la luz que funciona con mi petróleo sí- y le hizo un ‘petorrillo’ con los dedos a modo de trompeta.

– Las estrellas no brillan con tu petróleo –le respondió contundentemente Alejandro-.

Trijón se quedó desconcertado, dubitativo. Alejandro aprovechó el momento y subió al barco aproximándosele, éste lo miró con ojos de súplica.

– Ayúdame -le imploró-.

– Mira, tienes que buscar tu estrella. Devuelve todo el petróleo a la tierra, deja éste barco en el puerto y con uno más pequeño hazte a la mar. Las estrellas brillan en el cielo, les gustan mucho las aventuras, tú eres un hombre viajero, cualquier noche de éstas tu estrella caerá y se quedará contigo para siempre.

Trijón estalló de alegría, daba saltos y volteretas, “¡gracias, gracias!” exclamó, se abrazaba a Alejandro y le daba besos.

– Gracias a todos -dijo Trijón dirigiéndose a los pobladores-, parto a buscar mi estrella. Adiós, adiós…

* Cuento completo en la entrada Alejandro, un niño espacial.

** Fotografía:  http://www.canariasinvestiga.org/el-vapor-zuleika-encalla

Los Reyes Magos

Erase una vez un niño muy triste, era un niño meditabundo,
muy correcto y educado, pero… no creía en los Reyes Magos.
Lo peor de la cuestión no era que fuera ya mayor,
es que nunca había sentido esa ilusión.

Para comprender su situación,
hay que retroceder un montón.
Eran muchos de familia, siete hermanos:
cinco niños, dos niñas;
tres adultos: el padre, la madre y el abuelo.
Mucha gente, muchos gastos y muchas bocas en el plato.

El niño era el mayor de sus hermanos,
por lo menos se libraba de heredar ropa y calzados.
Los pequeños de vez en cuando, exigían una mascota,
un perro o un gato para tratarlo con cariño:
“¡Imposible!”, ese hogar era ejemplo de austeridad,
en las comidas no quedaban ni sobras.

La época de Navidad, era un infierno para el chaval.
En el camino al colegio, lucecitas y guirnaldas
le recordaban que ya se aproximaba:
“¡Ay! ¡Qué horror! Y lo peor,
casi un mes queda para Reyes, ¡el colofón!”

Siempre recibían los mismos presentes,
camisetas, calcetines … y algún que otro cachete.
Estaba claro que pasaban estrecheces, pero… al menos…
un beso, una caricia o cantar un villancico tal vez los hiciera más ricos.
Sin embargo, los mayores confundían el no poder comer pavo,
con ser más bien huraños.

El abuelo, ese año, no soportaba más la pena de su nieto,
así que haciendo un esfuerzo, le regaló unas monedas:
“Toma hijo, cómprate lo que quieras y no pases más pena”
El niño pensó, “tal vez en otro sitio esté mejor”,
compró un billete de autobús y se marchó sin decir ni adiós.

“¡Qué tragedia, qué desgracia,
el niño nos ha dejado desolados!”
“Todo por tu culpa, ¡no tienes disculpa!”
El abuelo cabizbajo, callaba por no soltar sapos.

Esas navidades, todos reflexionaron:
los padres echaban mucho de menos al pequeño;
el abuelo no se arrepentía, sin embargo, de su regalo;
los hermanos ni jugaban, ni reían;
el niño, pasaba mucho miedo y frío:
“aunque mi hogar sea triste y nunca me hayan visitado los Reyes Magos,
por lo menos tengo el consuelo de estar con los míos apretujado”.

El cinco de enero regresó,
esa noche hubo en la casa regocijo y agitación,
cantaron, bailaron y se besaron.
Por la noche la madre depositó una poesía de Melchor
en la mesita de cada uno de los hermanos.
¡Siempre recordaron
el más precioso regalo
que recibieron de los Reyes Magos!

A. Ferri

* Fotografía:

“Escaparate de juguetes-años 50” Martín Santos Yubero-Madrid http://www.rafaelcastillejo.com/navidad.htm

El pequeño topo y el ratón

Érase una vez un pequeño topo que vivía escondido en un fabuloso lago. El topo Otto era tímido y reservado, un poco apocado. Vivía cómodamente en su túnel excavado en la tierra, bajo el lago.

El lago, era un pequeño mar, peculiar y muy poblado: situado a pocos metros del Mediterráneo, rodeado de amigables pueblos, a lo lejos se veía la ciudad.

Los domingos el topo se veía molestado, acudían visitantes, domingueros, algo ruidosos y vocingleros. También paseantes, más calmados, fotógrafos, deportistas y ciclistas, algo más sosegados. En cualquier caso, esos días, prefería refugiarse en la seguridad de su guarida.

El ratón de campo Tico, era un ratón extrovertido, vividor y aventurero. De vez en cuando le hacía una visita a su amigo el topo:

– ¡Otto!, vamos a dar una vuelta.- Lo avisaba a voz en grito.

– ¡Oh, Tico! Estoy bien aquí, gracias- Contestaba el topo desde su refugio.

– ¡Vamos, sal un poco! He encontrado un secadero, está lleno de arroz, ¡nos podemos dar un fiestón!

– ¡Vaya! Sólo tienes buenas ideas, ¿no recuerdas la última vez? Aún luzco una cicatriz.

– ¡Qué exagerado, sólo fue un disparo! La escopeta era de sal…

– Sí de sal, un balín me rozó, ¡hasta pasado un mes no me incorporé!

– ¡Bueno, pues ahí te quedas! ¡Cada día das más pena!

El ratón Tico se marchó y Otto se acomodó en su cueva. Pasaron unos días y el topo extrañaba a su amigo el ratón, siempre le hacía alguna visita de vez en cuando. El topo empezó a estar alarmado, “¡algo le habrá pasado!”, así que haciendo un esfuerzo, reunió coraje y valentía para salir de su madriguera en busca de su amigo el ratón.

Por el lago fue preguntando, a la garza, la cigüeña y al pato colorado, pero nadie lo había visto por ningún lado. Aunque el ratón no era un experto nadador, de vez en cuando se daba algún chapuzón, así que el topo se sumergió. Por las aguas preguntó a la anguila, al mújol y a la lubina, no le dieron ninguna pista, así que volvió a la orilla.

El topo se sentó a reflexionar, pensando en trazar un plan, cuando… oyó unos gemiditos cercanos… ¡Cuál fue su sorpresa y alegría, no pensaba que tan pronto al ratón se encontraría!

– ¡Topo Otto! ¿Qué haces tú por aquí?- le dijo al verlo el ratón.

– He salido a buscarte, ¡hacía tiempo que no venías a visitarme!

– ¡Ay, cuánta razón tenías, soy un ratón locuelo, vaya disparo me dieron!

– ¿Te han herido? ¿Es muy grave?

– ¡No te alarmes compañero! Ya casi estoy curado.

– ¡Ay, Tico! Debes llevar más cuidado.

– Sí Otto, pero mira…, ¡mi aventura ha servido, has salido de tu agujero…!

– ¡Es cierto! ¡Que bello está el lago!

– ¡Es una maravilla!

El topo Otto y el ratón Tico se sentaron juntos ese atardecer a contemplar el paisaje y los preciosos colores del agua, el cielo, la tierra y la vegetación de su único y excepcional lago: ¡el lago de la Albufera!

A. Ferri

* Fotografía: Marijose Salvador

La rana saltarina y el cuento “El cambio climático”

Érase una vez una rana saltarina, coqueta y pizpireta. La mejor en saltos de altura de su promoción ranil. De charca en charca saltaba y parecía que volaba.

Grandes distancias recorría buscando la charca más fresca. En su viaje, tropezó un día con una horda de sapos salvajes. Escondida detrás de un arbusto, contemplaba con gran susto, una humeante olla. Ya de noche, se acercó, y lo que allí vio casi la desmayó: un gran número de ranas apretadas a todo trapo, el agua caliente humeaba, más ninguna escapaba porque no les daba la gana.

“¿Qué hacéis ahí?” les dijo, cuando se atrevió a mover el pico, “sobrevivir”, le dijeron. “Pero…, ¿no veis que os están cociendo?”, les contestó la rana saltarina. “¡Oh, no, que va!, el agua está tibia, es el calentamiento global” contestaron resignadas. “Pero… ¿qué decís?, ¿qué calentamiento?, ¿no veis que os están cocinando en una olla?,” Entonces, las ranas de la olla, que tenían obnubilado el juicio hacía mucho tiempo y no querían reconocer su situación, empezaron a tirarle trozos de verdura, patatas y todo lo que encontraban flotando en el agua para que se marchara, gritándole: “¡ranaflauta!, busca tu olla en vez de vagabundear por ahí”.

La rana saltarina, se alejó de la olla y continuó su camino. Volvió a tropezarse con otro grupo de sapos salvajes, calentaban el agua de la olla hasta hervir, a continuación echaban la verdura, las patatas y las ranas, éstas ante el contacto con el agua hirviendo saltaban como posesas, ¡salían de la olla a cientos escampándose por la selva!

La rana saltarina consiguió parar a una, “ranita, ranita, ¿qué ocurre?”, “corre, corre” le dijo, “el fin del mundo ha llegado”. La rana saltarina, no se alarmó, era muy tranquila, “aquí, ocurre algo extraño”, pensó.

Continuó su camino, de en medio de la selva surgió un claro. Una gran pancarta proclamaba: III Congreso anual de calentamiento de ollas. “Puede que aquí esté la respuesta”, pensó. Muchos sapos enormes y feos conversaban, reían, mientras esperaban la llegada del S-7, los siete sapos más poderosos de la selva. Empezó el congreso. Las conclusiones fueron: los sapos querían cocer a todas las ranas, habían experimentado varias técnicas, la más efectiva era calentar la olla para cocerlas a fuego lento, de esa manera no se daban cuenta, además para no alertarlas uno de los sapos salvajes, disfrazado convenientemente de rana, les contaba el cuento “El cambio climático”, así las entretenían. La otra técnica, la de fuego vivo, no daba resultado, las ranas reaccionaban y saltaban rápidamente de la olla.

A. Ferri

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