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Alejandro, un niño espacial (I)

I
Alejandro, el sanguíneo

Alejandro vivía en un agujero negro del espacio. A pesar de su nombre el agujero tenía mucha luz y era muy grande, nunca era de noche o de día y su amplitud era infinita.

Era un niño muy vivaz e inquieto, no paraba de aquí para allá, cantaba, saltaba, hacía carreras, pero solito se aburría soberanamente.

Sus padres Astro y Láctea decidieron enviarlo a la tierra con sus tíos, los hados. “Que vaya y conozca a sus hermanos” se dijeron, “sólo que en ésta ocasión no lo anunciaremos” dijo Astro, “entonces, ¿no envío a los magos?”, dijo Láctea, “no, tampoco lances otra piedra negra”, “bueno, pues tocamos el gong por lo menos”, “hazme caso”, concluyó Astro, “tan sólo avisa a sus tíos para que lo reciban”.

Apareció en el parking de un estadio, entre dos coches. Estaba muy oscuro, ese día no se había jugado ningún partido y todas las luces estaban apagadas.

Echó un vistazo a su alrededor y, la verdad no tuvo miedo, confiaba en que pronto llegara el hado Fidel para encender una hoguera. Y así fue, llegó Fidel y encendió el fuego, se calentaron y alumbraron.

Fidel le dijo:

– Alejandro, has de ser cariñoso y afectuoso con los pobladores.

– Pero… ¿por qué? Si acabo de llegar, yo quiero jugar y hablar con amigos.

– Tranquilo, no seas impaciente, harás todo eso y mucho más, pero recuerda mis consejos, te servirán para todas las ocasiones.

Y se marchó.

Alejandro se acercó un poco más al fuego, lo avivó con una rama que encontró en el suelo junto al único árbol del parking. La noche se marchaba y ya se apuntaba el alba entre los edificios.

Le empezaba a rugir el estómago, estaba hambriento. Escrutó otra vez las cercanías: todo eran coches y cemento, sólo un árbol sin hojas, ni un trocito de hierba, ni unas flores, lo que fuera, se comería cualquier cosa.

Entonces, apareció el hada Berta, llevaba una cesta de mimbre plena de alimentos: fruta, verdura, azúcar, cacao, copos de maíz, leche de cabra, aceite de oliva, cazuelas de barro y cucharones de madera.

Berta le dijo:

– Alejandro, has de ser generoso y educado con los pobladores.

– Pero… ¿por qué? Si acabo de llegar, yo quiero comprar chucherías y comerme una hamburguesa con mucho ketchup sólo para mí.

– Calma, no seas goloso, debes compartir todo lo que te traigo en ésta cesta. Para cocinar caramelos pon al fuego azúcar y agua. Recuerda mis consejos, te servirán para todas las ocasiones.

Y se marchó.

Alejandro asomó su carita a la cesta, la verdura no le gustaba mucho, “bueno, cereales” se dijo, “tienen buena pinta”. Con la leche y el cacao preparó chocolate caliente, se sirvió cereales y vertió el chocolate por encima, ¡hum!, estaba buenísimo.

Después de comer se encontraba muy satisfecho, una ligera somnolencia entrecerraba sus grandes ojos, pensó en recostarse y dormir un poco, sin embargo, la sed no le dejaba. Buscó una fuente por los alrededores, nada, todo cemento y coches, ni un charquito donde mojarse las manos.

Un descomunal estruendo rugió en el cielo, miró asustado y vio una nube negra que se aproximaba hacia él. Comenzó a llover, abrió la boca, las gotas de agua le salpicaban por la cara, las manos, algunas apuntaban con gran tino en su garganta.

La nube tomó la forma del hada Lisa.

Lisa le dijo:

– Alejandro, has de ser paciente y compasivo con los pobladores.

– Pero… ¿por qué? Si acabo de llegar, yo quiero ver el mar y bañarme, nadar y dar volteretas en el agua.

– Descansa, te has calentado, has comido, has bebido, debes dormir un poco y soñar. Recuerda mis consejos, te servirán para todas las ocasiones.

Y se marchó.

Alejandro andó un poco buscando donde dormir, fue probando todas las puertas de los coches hasta que encontró una abierta, entró y se recostó en el asiento trasero.
Dormir le sentó muy bien, ya había amanecido y se oía el ruido de la ciudad, se desperezó y salió del vehículo.

Una brisa caliente le rozó la cara, olía a salitre y alquitrán, la siguió con los ojitos cerrados, la nariz arriba y media sonrisa en su rostro. Abrió los ojos para no tropezar y vio al hado Eolo. Una alegría indescriptible iluminó su cara, sus ojos azules brillaron como dos soles. “Ahora sí que llega la diversión” pensó, “Eolo tiene pinta de ser muy activo, jugaré con él y me llevará volando al mar”.

Eolo le dijo:

– Alejandro, has de ser independiente y decidido, debes de enseñar a los pobladores.

– Pero… ¿por qué? Si acabo de llegar, yo quiero ir volando al mar como haces tú.

– Vamos, camina, ve tú al mar y nada, bucea, sumérgete y flota, pero recuerda mis consejos, te servirán para todas las ocasiones.

Y se marchó.

[…]

* Cuento completo en la entrada anterior.

Alejandro, un niño espacial

Alejandro, un niño espacial (enlace con el cuento completo)

*

Alejandro vivía en un agujero negro del espacio. A pesar de su nombre el agujero tenía mucha luz y era muy grande, nunca era de noche o de día y su amplitud era infinita.

Alejandro era un niño muy vivaz e inquieto, no paraba de aquí para allá, cantaba, saltaba, hacía carreras, pero solito se aburría soberanamente.

Sus padres Astro y Láctea decidieron enviarlo a la tierra con sus tíos, los hados. “Que vaya y conozca a sus hermanos” se dijeron, “sólo que en ésta ocasión no lo anunciaremos” dijo Astro, “entonces, ¿no envío a los magos?”, dijo Láctea, “no, tampoco lances otra piedra negra”, “bueno, pues tocamos el gong por lo menos”, “hazme caso”, concluyó Astro, “tan sólo avisa a sus tíos para que lo reciban”.

Apareció en el parking de un estadio, entre dos coches. Estaba muy oscuro, ese día no se había jugado ningún partido y todas las luces estaban apagadas.

[…]

– ¿Qué quieres Trijón?

– Más dinero, todo el dinero del mundo.

– ¿Para qué?

– Para comprar barcos, coches, aviones, casas, joyas…, -y cuando pronunció esa palabra se echó a llorar-.

– ¿Qué joyas quieres comprar?

– Ninguna, déjame en paz –le respondió balbuceando-.

– Vamos Trijón, dímelo.

– No, déjame -Y lloraba bajito, se tapaba la cara con las manos mirando de soslayo por entre sus dedos las estrellitas de los pobladores-.

[…]

Al llegar al portón de la entrada al castillo, éste se abrió con su sola presencia, tras de ellos se cerró automáticamente.

El vestíbulo era enorme y frío, reinaba una oscuridad absoluta, tan sólo se encendieron dos lucecitas trémulas al lado que ocupaban ellos.

Un lamento se oía, muy débil pero que retumbaba por todo el castillo, “¡ay, ay!”, cada vez más cerca.

En el vestíbulo confluían varios pasillos, el final de uno de los corredores se iluminó, los candiles de la pared se encendían progresivamente, como si alguien caminara hacia ellos. Al cabo de unos segundos, también progresivamente, los candiles se apagaban hasta que sólo quedaron encendidos los dos más próximos al vestíbulo.

Los quejidos y lamentos se oían ya muy próximos a ellos. Un casi imperceptible aliento rozó la mejilla de Gisela, ésta asustada pegó un brinco y se agarró fuertemente del brazo de Alejandro.

– No tengas miedo -le dijo-, es Bucerna.

– ¿Pero…? Si no hay nadie… -dijo Gisela-.

– ¡Ay, ay! Nadie me ve –gimoteó más alto Bucerna-. ¡Qué desgraciada soy!

– Yo sí te veo -le contestó Alejandro-.

– ¿Sí? ¡Oh! Nadie me había visto hasta ahora, eres el primero que me puede ver.

Se acercó a él y le dio un abrazo, Alejandro la correspondió con un beso en la mejilla y acariciándole el pelo.

– ¡Quita, quita! Dejémonos de noñerías. ¿Qué queréis? Tengo mucho trabajo.

Bucerna apartó bruscamente a Alejandro y le propinó un pequeño empujón.

[…]

Mazago estaba sentado en un trono de hielo sobre una enorme piel de oso, frente a él decenas de monitores de tv emitían las imágenes de vigilancia.

– Adelante, adelante -dijo Mazago de espaldas a ellos-.

Alejandro y Roberto avanzaron, entonces Mazago giró su sillón muy lentamente hasta quedarse frente a ellos.

– Decidme, ¿a qué debo el honor de tan agradable visita? -dijo con una falsa hospitalidad-.

– Mazago detén tus planes -le dijo Alejandro sin rodeos-.

– ¿Qué sabes tú de mis planes?

– No importa lo que yo sepa, tú sabes que son absurdos, ¿por qué has de enfermar a los pobladores?, ¿no existen ya bastantes padecimientos como para enviarles más sufrimiento?

– Por eso mismo, ¿que más da uno más? Yo seré luego su salvador y todos me adorarán, ocuparé las páginas de los libros de historia para siempre, quedaré inmortalizado.

[…]

Dedicado a Dimi, el niño más “espacial” del mundo mundial.

*

Leer el cuento completo aquí:

Alejandro, un niño espacial

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No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

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