Musa en promoción

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Quería escribir poesía,

huir de la vulgaridad,

pero las tareas ingratas

me hicieron abrir una lata

de atún para la merienda,

y fue al oír ese plaf

del bote de mayonesa

cuando más me carcomía

la hoja en blanco en la mesa.

 

En busca de distracción

esas canas que me asoman

dispuesta estuve a tapar

con tinte de L’oreal y,

una cosa lleva a la otra,

el lavabo con lejía

al rato resplandecía.

 

Como la inspiración no venía

unos cuantos pases más

y el suelo como un espejo,

ahora mismo lo dejo

y me pongo a teclear…

 

El tiempo pasa volando:

¿que hay hoy para cenar?

¡que hartazgo de mediocridad!

de nuevo el estómago a llenar

y los hados por sus fueros,

no hay quien escriba decente

con tanta faena pendiente.

 

Y eso que ayer en el hiper,

danzando entre estanterías

una ahogada psicofonía

me sonó cual el jackpot

cuando oí por el altavoz:

“promoción 3 x 2

salsas Musa

para el escritor”

 

A. Ferri

 

Imagen: Vista en L’Arte delle immagini

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Sayonara, baby

gafas de sol

Tan sólo un gran parque separaba la zona alta de la ciudad, del barrio de clase media-media; y éste a su vez, discurría paralelo a una gran avenida frente al condensado barrio de clase media-baja. El instituto era uno de los mejores de la ciudad y allí confluíamos casi todos. Los fines de semana intercambiábamos ropa, maquillajes y litronas. Mis amigas del otro lado de la avenida, con las manos escaldadas de tanto frotarlas para eliminar el aroma del pescado de la factoría donde trabajaban, sin embargo, no podían soportar el olor de la mochila de piel vuelta de Ana, y yo no entendía como la mejor amiga de ésta, había terminado con aquel muchacho, de almizclado aroma, al negarse a que la besara sin las gafas de sol puestas.

A. Ferri

El patrocinio

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‘Los tiempos están cambiando padre, ahora todo está hiperconectado. Existe el micromecenazgo y nuevas formas de financiación, no fue necesario hipotecar la granja…’ Eulogio contemplaba resignado a su hijo mientras repartía los restos de lechuga entre las gallinas. Debía reconocer que para algo había servido pagarle los estudios de ingeniero informático, aunque no consiguió un puesto estable se las ingenió para reconvertir la anticuada explotación en una moderna avícola. Lo único que no llevaba nada bien era a los curiosos que frenaban en seco frente a su casa para fotografiar la fachada, convertida en un gigantesco cartel de caldo de pollo Avecrem.

A. Ferri

Imagen superior: La granja, del pintor Antonio de Felipe

casa publicitaria

La empresa Adzookie.com ofrece el pago de la hipoteca a los propietarios de vivienda que pinten su fachada con publicidad.

¡Malditas eléctricas!

Tormenta Solar

Bajo tres capas de mantas, dos pares de calcetines, tres jerséis, una camiseta térmica y un calzoncillo largo debajo del chándal, Luis tenía helada la punta de la nariz. De tanto en tanto, juntaba las manos y, formando con sus dedos amoratados un corazón -siempre había sido un romántico-, las acercaba a su boca, intentando calentarlas con el vaho que exhalaba. Podría, mejor, mantenerlas debajo de las mantas, pero si quería seguir leyendo era imprescindible sostener el libro delante de su mentón. Una pila de ellos formaba una torre de babel, en equilibrio, encima de la mesita junto al sofá donde permanecía echado: las profecías mayas, Nostradamus, el último de Estulín, relatos de Asimov, artículos de Günter Grass… constituía el batiburrillo en que estaba sumergido; cogía uno, lo dejaba, cogía otro…, debía ser un comportamiento adquirido durante las largas de horas de navegación por la red… antes de que dejara de tener conexión.

Tras indagar superficialmente en el fenómeno 2012, pasó los primeros meses del 2013 esperando, sinceramente, una señal, un signo, un atisbo de la profecía; finalmente, había preferido dejar correr el año. Ahora, justo a finales ya del mismo, un año aburrido, sin entretenidas supercherías, rondaba por su mente la teoría de las tormentas solares: sí que tenía el sol estos últimos días un brillo especial, deslumbrante, relucientemente insólito para estar en pleno invierno.

Divagaba con la posibilidad de que una gran tormenta solar, imperceptible a nuestra visión desde la tierra, pudiera acabar con la civilización en éste venidero 2014, atacando a su parte más débil, de la que era peligrosamente dependiente: la tecnología; las comunicaciones se verían alteradas, los radares inutilizados, las redes inalámbricas desbaratadas, la electricidad quedaría suspendida, siendo imposible realizar las transacciones más elementales y necesarias para el día a día, esas a las que estamos tan acostumbrados y que, al faltar, producirían el inicio del caos y la destrucción de nuestra forma de vida… cuando… se apagó la luz… quedándose en el comedor completamente a oscuras…

Pues sí, si que habían cumplido la amenaza de corte de suministro por falta de pago, precisamente hoy 31 de diciembre. Estoicamente, anduvo a tientas hasta el mueble aparador, abrió el primer cajón, donde guardaba unas velas, cogió un platillo de café, un mechero que siempre llevaba en el bolsillo, prendió la mecha, inclinando la vela para dejar un poso de cera en la cerámica blanca, donde la plantó, como una bandera en la superficie lunar y se acomodó de nuevo en el sofá… para seguir leyendo al fulgor de la tenue llama.

Menos mal que no se dejó convencer por el albañil que le reformó la cocina para instalar una placa de inducción, al menos conservaba su vieja cocina de gas y podría calentarse la cena. ¡Putas eléctricas!

A. Ferri
30.12.2013

Con afecto para S.C., un tema candente también, con un punto de ironía.