El maná

El maná

“¿Qué le pongo?” Me llega el turno. Un cacharro como ese, pienso. “Voy a ver”. Recorro con la vista el mostrador repleto de pescado, el sonido del hielo saliendo de la máquina me ensimisma de nuevo. La dependienta espera paciente, ni una mueca. Elijo unas doradas, no sé, será por el nombre, les ha tocado la china; que las limpie, las desespine y así podré seguir absorta viendo cómo caen los cubitos. Es como un maná, inagotable, la multiplicación mágica.

Se supone que en el pueblo debía oler a heno, a pesebre y oirse a los gallos al amanecer. En cambio, la inauguración del pequeño supermercado ha sido un éxito. Las reponedoras y las cajeras no dan a basto.

Al anochecer me siento debajo del almendro, los frutos que maduran producen un sonido estrepitoso contra el suelo… y caen sobre mi cabeza, los hombros, el regazo. En una cesta recojo las almendras y con una piedra descascarillo algunas, las lanzo hacia el cielo y sobrevuelan las fauces abiertas de mi perro. El maná. Relajante.

A. Ferri

*Fotografía del artista alemán Justin Peter. Vista en la red.

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Corazón que siente

Entrada al Camí de l'Alqueria del Grande./ JUANJO HERNÁNDEZ

 

Cuando el calor aprieta, saliendo de la universitaria avenida que llega hasta el mar, enfilando la Ronda Norte, enésima circunvalación de la ciudad, que discurre paralela al reducto de huerta entre la periferia y el ya casi engullido pueblo, un gran frescor alivia el interior del sofocante habitáculo, es el aire de la huerta. Saliendo de la cicloruta, antigua vía ferroviaria, el viento eleva el lacio cabello de una ciclista que espera el cambio en el paso de peatones. En la rotonda emerge de un solar vallado la cabeza de cartón piedra de la estatua de la Libertad, el ángulo de visión hace confluir el cartel de “se vende” colocado, seguramente, de forma intencionada en la cerca metálica. Enfrente un moderno edificio de la Policía Local, un poco más abajo, en sentido contrario al de la marcha actual, un simulacro de barraca en la terraza veraniega de una conocida horchatería. En el huerto urbano, entre los islotes de edificios y emergentes alcantarillados, las gallinas picoteaban tranquilas. Por la estrecha acera, a primera hora, caminaban presurosas parejas de ancianos, parloteantes grupos y madrugadores deportistas profesionales, a ésta hora del mediodía, en el otro lado, los trabajadores del transporte metropolitano conversan mochila al hombro con el fondo del cableado y vagones estacionados.  Y otra mirada a la huerta ¿primitiva?, un horrendo almacén de chapa metálica y un solitario burro paciendo a la sombra. Una alquería reconvertida en centro Bonsai y una precaria vivienda, tienda de campaña, junto al imprescindible acceso al agua de la acequia, donde, más allá, un huertano se refresca cara y nuca. Su velocidad: 50, 51, 60 … me parece que la señal luminosa va a ocasionar más accidentes que los que intenta evitar a la entrada del túnel, una corona de flores artificiales en una farola nos lo recuerda mejor que el dichoso artilugio… la oscuridad…, y en el siguiente tramo, siempre congestionado, se acaba el mirar de lado a lado, midiendo la distancia entre frenada y frenada, … ojos que no ven…

A. Ferri

 

* Imagen:  http://elhype.com/es/paseos-al-l%C3%ADmite-7-entre-la-huerta-y-el-caos

Contracorriente

antonio-lopez-gran-via

 

En esos días, por intervalos, el asfalto descansa. Las vías principales aparecen desiertas en la hora punta reservada a las hileras de coloridas hojalatas, los neumáticos cesan de bruñir la rugosa argamasa, y las famélicas líneas de arbolado mecen envés y reverso de sus melenas verdes, exhalando oxígeno aliviadas.

El baile cromático que hipnotiza los ritmos de la cotidiana corriente continúa programado, regulando el paso del abducido flujo de fantasmagóricos vehículos. Y del corazón palpitante, la céntrica plaza atiborrada de gente, surge una silenciosa masa, precedida por la detonada humareda y el olor a pólvora embriagante, con los oídos obturados, que se desborda por las calles colindantes y, llegando a la calle San Vicente, avanza  en sentido contrario al pintado en las flechas blancas del pavimento, en tropel, engullendo a la aturdida pareja de japoneses que camina arrastrando sus trolleys, en equilibrio, con el plano de Valencia en la otra mano.

A. Ferri

* Imagen: Gran Vía, Antonio López.

Cante hondo en Granada

Ballet Flamenco Sara Baras - photo credit Peter Muller

 

Era el vuelo de su falda

poesía en movimiento

y las ondas de su espalda

antesala del maestro.

 

¡Qué espectáculo flamenco!

seguiriyas, alegrías …

gracia pura declamada

del humilde cantaor.

 

En aquella tierra soñada

por el poeta Agustín

derrochaban cortesía

los vecinos del Zaidín.

 

Y en balcones encalaban

granadinos araneros

melodías que embrujaban

a blondos turistas de añil.

 

Terminada la audición

entre tanto monumento

y belleza sin igual,

acechaba al sentimiento

lo acuñado por Stendhal:

¡vamos, que tal tronío

te arrebata los sentíos!

 

A. Ferri

 

* Tuve la suerte de asistir en un viaje a Granada, al popular espectáculo en el que actuó el cantaor Chano Lobato. Toda mi admiración.
En la imagen, actuación de Sara Baras.