Corazón que siente

Entrada al Camí de l'Alqueria del Grande./ JUANJO HERNÁNDEZ

 

Cuando el calor aprieta, saliendo de la universitaria avenida que llega hasta el mar, enfilando la Ronda Norte, enésima circunvalación de la ciudad, que discurre paralela al reducto de huerta entre la periferia y el ya casi engullido pueblo, un gran frescor alivia el interior del sofocante habitáculo, es el aire de la huerta. Saliendo de la cicloruta, antigua vía ferroviaria, el viento eleva el lacio cabello de una ciclista que espera el cambio en el paso de peatones. En la rotonda emerge de un solar vallado la cabeza de cartón piedra de la estatua de la Libertad, el ángulo de visión hace confluir el cartel de “se vende” colocado, seguramente, de forma intencionada en la cerca metálica. Enfrente un moderno edificio de la Policía Local, un poco más abajo, en sentido contrario al de la marcha actual, un simulacro de barraca en la terraza veraniega de una conocida horchatería. En el huerto urbano, entre los islotes de edificios y emergentes alcantarillados, las gallinas picoteaban tranquilas. Por la estrecha acera, a primera hora, caminaban presurosas parejas de ancianos, parloteantes grupos y madrugadores deportistas profesionales, a ésta hora del mediodía, en el otro lado, los trabajadores del transporte metropolitano conversan mochila al hombro con el fondo del cableado y vagones estacionados.  Y otra mirada a la huerta ¿primitiva?, un horrendo almacén de chapa metálica y un solitario burro paciendo a la sombra. Una alquería reconvertida en centro Bonsai y una precaria vivienda, tienda de campaña, junto al imprescindible acceso al agua de la acequia, donde, más allá, un huertano se refresca cara y nuca. Su velocidad: 50, 51, 60 … me parece que la señal luminosa va a ocasionar más accidentes que los que intenta evitar a la entrada del túnel, una corona de flores artificiales en una farola nos lo recuerda mejor que el dichoso artilugio… la oscuridad…, y en el siguiente tramo, siempre congestionado, se acaba el mirar de lado a lado, midiendo la distancia entre frenada y frenada, … ojos que no ven…

A. Ferri

 

* Imagen:  http://elhype.com/es/paseos-al-l%C3%ADmite-7-entre-la-huerta-y-el-caos

Contracorriente

antonio-lopez-gran-via

 

En esos días, por intervalos, el asfalto descansa. Las vías principales aparecen desiertas en la hora punta reservada a las hileras de coloridas hojalatas, los neumáticos cesan de bruñir la rugosa argamasa, y las famélicas líneas de arbolado mecen envés y reverso de sus melenas verdes, exhalando oxígeno aliviadas.

El baile cromático que hipnotiza los ritmos de la cotidiana corriente continúa programado, regulando el paso del abducido flujo de fantasmagóricos vehículos. Y del corazón palpitante, la céntrica plaza atiborrada de gente, surge una silenciosa masa, precedida por la detonada humareda y el olor a pólvora embriagante, con los oídos obturados, que se desborda por las calles colindantes y, llegando a la calle San Vicente, avanza  en sentido contrario al pintado en las flechas blancas del pavimento, en tropel, engullendo a la aturdida pareja de japoneses que camina arrastrando sus trolleys, en equilibrio, con el plano de Valencia en la otra mano.

A. Ferri

* Imagen: Gran Vía, Antonio López.

Cante hondo en Granada

Ballet Flamenco Sara Baras - photo credit Peter Muller

 

Era el vuelo de su falda

poesía en movimiento

y las ondas de su espalda

antesala del maestro.

 

¡Qué espectáculo flamenco!

seguiriyas, alegrías …

gracia pura declamada

del humilde cantaor.

 

En aquella tierra soñada

por el poeta Agustín

derrochaban cortesía

los vecinos del Zaidín.

 

Y en balcones encalaban

granadinos araneros

melodías que embrujaban

a blondos turistas de añil.

 

Terminada la audición

entre tanto monumento

y belleza sin igual,

acechaba al sentimiento

lo acuñado por Stendhal:

¡vamos, que tal tronío

te arrebata los sentíos!

 

A. Ferri

 

* Tuve la suerte de asistir en un viaje a Granada, al popular espectáculo en el que actuó el cantaor Chano Lobato. Toda mi admiración.
En la imagen, actuación de Sara Baras.

Desorden

incendio andilla 1

Unas ramas inquietas se cruzan de lado a lado, una de un arbolado, otra de un pino bajo. Por allí, crecen espinos, camuflados entre el romero. Varias flores amarillas han brotado de las chumberas. En las orillas del río, los juncos y los cañares se mecen, desvencijados, y otros, ya derrumbados, se funden con la corriente. Los álamos y el sauce blanco son harto productivos. El calor anticipado va indicando con sus grados el inicio, y a la vez, el final del desatino: comienza el sepulcral orden, el desastre consentido, donde todo es negro, gris, y de un marrón, digamos ambarino, consecuencia indestructible de la venganza del hombre, impotencia desatada contra aquello que está vivo, pues no alcanza a comprender: ‘si puedo generar vida, si puedo otorgarle un final, ¿por qué no puedo aprehender la energía oculta que lo origina?’ y en calculada revancha, prende la mecha que arrasa el caos que él no abarca, pues según su religión, encontrará el perdón y gracias a algún decreto, se aprovechará del desecho, con los pingües beneficios de la madera quemada.

A.Ferri

Lo inaprensible

piedra

Los beneficios

madera quemada

Los brotes verdes

los brotes verdes

Todas las ciudades son iguales

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– Todas las ciudades son iguales, vista una, vistas todas –afirmó José, comercial de profesión-.

– No, perdona, todas no son iguales, son como las personas, como las plantas…Valencia es como una cebolla: está el centro, la Ciutat Vella, el corazón, el bulbo de la planta y luego, capas y más capas de avenidas, alamedas, paseos, gran vías, bulevares, autovías y viejos y nuevos cauces. Tiene, incluso, su pelambrera de estopa que nace donde años antes estaban las afueras, casi en el barrio de Ruzafa: el tallo es la Estación del Norte, y sus raicillas las vías del ferrocarril, que descienden buscando el agua del río, pero, paradójicamente, vuelven sobre sí… se retuercen de nostalgia al abandonar su ciudad, atravesándola de nuevo paralelas al mar.

El futuro Parque Central cubrirá el enmarañado cabello cual peineta gigante; un moderno parque sustituirá a una playa de vías, vagones, vagonetas, trenes en vía muerta, semáforos, palancas, raíles, gravilla y olor a morera y alquitrán. Desaparecerá el “scalextric”, mirador privilegiado donde hundir la mirada a derecha e izquierda; por un lado, vías y más vías confluyendo en el hangar diminuto que brota de la ciudad, adivinándose el calor atronador con el que envuelven a los visitantes los anfitriones de esa composición de edificios, por otro, seis o siete vías rectilíneas que se pierden en el horizonte azul entre colmenas de viviendas, la vía de escape prometedora de lejanía infinita.

Quiero viajar en el ave a Madrid cuanto antes, antes de que se entierren las vías; quiero ver todo el trayecto desde el principio hasta el final, no quiero que la pantalla de cine de mi ventanilla se quede negra y ver mi cara reflejada en el cristal; quiero ver la ciudad cuando parta y fundirme en ella cuando llegue, no quiero salir de un agujero bajo tierra como un gusano de una gran manzana.

¿Cuándo levantarán sus ojos, los viajeros del tren, de la pantalla de su ordenador? Ahora, pronto la primera vez; al llegar sienten curiosidad, viejas naves, fincas y solares se proyectan en su ventana, e inevitablemente piensan “otra ciudad más”. Pero no, no es la misma ciudad; “la luz es distinta que la de Madrid”, aprecian en otro viaje, “ese balcón con la ropa tendida secándose al sol, ¡qué colores más vivos!”, “mira ese otro, tapizado de pajareras en pleno invierno…”. Sin embargo, dentro de un tiempo, una voz de ordenador sonará en el vagón, las luces frías de su interior se encenderán, y el viajero recogerá su portátil, su tablet, su móvil, su mp5, su maletín y su abrigo, para salir de bajo tierra al asfalto de una ciudad como otra cualquiera.

***

Dedicado a mis hermanos José, a buen seguro, sería un asiduo usuario del ‘ave’ y, Cristóbal, que conducía el ‘trenet’ del Ferrocarril de Vía Estrecha de Valencia por delante del portal de nuestra casa.

A.Ferri

5.06.2011

* Imagen: ‘El molinillo’  C. Ferri

El rio Bohilgues

rio bohilgues

 

Por un rincón afamado

discurre un leve riachuelo

con un camino a su lado

separado en paralelo.

 

Como premio, de caramelo

al llegar al nacimiento

una pequeña cascada

energiza tu presencia.

 

En ella se reciclan y lavan

las heridas no curadas

y en un tronco liviano

navegan algunos pesares.

 

Si te acercas a la fuente

el rocío te salpica,

colmándote de entusiasmo,

explosionando euforia.

 

No es necesario que seas

entendido en la materia,

al final de la excursión

guardarás como un tesoro

el imborrable recuerdo

del encuentro con la magia.

A. Ferri

 

http://www.casiaventurilla.com/ruta-del-rio-bohilgues-rincon-de-ademuz-29-10-2011/

El rastro

El rastro es ese lugar donde pasear domingos y festivos en busca de un tesoro perdido, de un cofre rescatado de las profundidades, de un objeto aparentemente sin ningún valor pero que vale cientos de euros bajo ojos expertos o soñadores, de una ganga, de un chollo o de un artilugio que parece inservible, tomado y dejado en el suelo varias veces, condenado a yacer inexpresivo e inerte, hasta que retoma vida nueva cuando lo adoptan las decididas manos del coleccionista avezado.

El rastro es ese espacio vallado para controlar la rebosante marea de compradores y vendedores, evitando el desbordamiento por los aledaños, para impedir la circulación de bicicletas que andan solas ofreciéndose al mejor postor y la entrada de carritos de compra cargados de cachivaches a horas intempestivas.

El rastro es ese mercado donde no se permite vender objetos nuevos, obscenamente artificiosos, sin vida pasada, sin historia, sin magia, ni secretos, salvo aquellos con tara o fallo, pues esos sí han sufrido y han llorado: un golpe, una caída, un desgarrón… y pueden contar sus peripecias. El rastro ha de preservar su esencia de mercado de lo viejo, antiguo, ajado o pasado por arena y convenientemente embetunado.

En el rastro ninguna regla escrita te impide preguntar si el cacharro funciona, pero si el gusanillo de la impaciencia te hormiguea por el estómago, el corazón se te desboca y el sentido común no evita que lo adquieras, por un euro puedes acudir al bar de la esquina para comprobar en un enchufe situado allí a tal efecto, si con sentido práctico, verdaderamente has tenido suerte o has comprado sólo un instante de ilusión.

Los veteranos del rastro también saben que no se pregunta “¿esto qué cuesta?”, sino “¿qué pide por eso?”, porque allí la mercancía no vale tal o cual precio, sino que se pide tanto o cuanto y al final te lo llevas por pascuanto.

El rastro es el mercado en donde los objetos tienen historia, tienen lustre y tienen roña, donde esperan con paciencia que se entable la batalla de determinar su precio, pues no existe un precio anclado, más que el brillo de unos ojos y la agudeza verbal. Al final de la jornada terminada la contienda, yacen los ignorados, los rechazados, los heridos en combate, es hora de andarse con cuidado, parapetarse, que no te alcance una astilla, un pedazo de espejo o un cristal afilado, pues los vendedores más postreros con su dignidad intacta, despedazan a los malheridos, los que no se valen por sí mismos, ya pasó su oportunidad, al terminar la mañana el tiempo se les agotó, no servirán a nadie, ningún ave rapaz pondrá sus garras en ellos.

Al final de una mañana de viento airado, vuelan muchas veces los recuerdos, vuelan las cartas, las postales y las fotografías dedicadas, los retazos de vidas desconocidas. De un montón en el suelo, vuela también un vaporoso pañuelo, rezagados rastreadores finiquitan las ropas desgastadas, se forma una piña alrededor que con una danza hipnotizante eleva los trapos cual bandera, las camisas estirando de las pecheras, los pantalones por las perneras, e intentando apropiarse de una bufanda la anudan cada vez con más fuerza alrededor de un muñón de ropa como si fuera una soga.

En el rastro puedes encontrar cualquier cosa, incluso el retrato de tu bisabuelo que desapareció del vehículo de la mudanza en un instante de descuido. También ocurren milagros, un día se apareció El principito pidiendo agua, sí, el del dibujo de la boa que se tragó un elefante, y se quedó conmigo a jugar a las cartas.

A. Ferri
2-01-2012

NIÑA CON CUADRO

* Fotografía: Llorens Carlos
http://nomadas.abc.es/foto-galeria/manyana-en-el-rastro-9/

y la niña con el cuadro, fotografía de Cartier Bresson

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