El grito

 

el grito

 

Estaba claro que continuaba asomada a un hondo pozo realizando malabarismos en el borde. Había peinado de la mejor forma posible su cabello electrizado ajustándolo detrás de su nuca en un improvisado recogido, porque llegaba tarde, peligrosamente tarde. Por suerte el encargado de sección estaba en una reunión en las oficinas centrales. La tienda de decoración, a rebosar.

Aún no nos conocíamos muy a fondo, pero me caía bien. Era una buena compañera y siempre estaba dispuesta a ayudar a los novatos como yo. Antes de ayer enmarcó con mucho mimo su cuadro preferido, ese de una muchacha sentada en el porche en un barrio de Loussiana con su bonito perro blanco a los pies. Era un regalo, me dijo, para la clínica veterinaria donde habían tratado con tanto cariño a su perro hasta el final, para que no lo olvidaran. Le pregunté si no prefería quedarse con el cuadro como recuerdo, “no, a mí no me hace falta, -me contestó-, yo siempre me acordaré de él”.

Estuve pendiente de ella durante toda la mañana, la salvé por escasos segundos del despido inminente si hubiera llegado a decirle a aquella señora tan peripuesta, lo que imaginé que estaba pensando cuando al mostrarle la reproducción de Klimt, Las amigas, le preguntó en voz muy baja si no serían lesbianas: “te llaman en la sección de moldura, anda ya atiendo yo a la señora”, le dije, remarcando especialmente la palabra señora, con un giro de las pupilas en los párpados hasta mostrar el blanco de los ojos.

Pero no llegué a tiempo, no llegué a tiempo cuando les mostraba el cuadro de El grito a aquella pareja de modernos, y ellos tan sabelotodo, le discutían que estaba manchado… Desde que lo que está manchado son vuestros cerebros, pasando por snobs, y otras lindeces, eso sí algo excéntricas, resonaron por el centro comercial, hasta que la reproducción acabó encajada en la cabeza del encargado, junto con un agudo grito de satisfacción de mi compañera, mientras éste seguía pidiendo disculpas a los clientes como si fuera el protagonista del cuadro que hubiera resurgido de su estupefacción ante el mundo y sucumbiera de forma patética a la insufrible mediocridad de la existencia.

A. Ferri

 

El último vuelo

Alex Alemany

María no comprendía mi firme rechazo a fotografiarnos juntos. Lo atribuía a cierta reticencia en formalizar nuestra relación. Nada más lejos de la realidad. Acabábamos, prácticamente, de conocernos, pero nuestra complicidad y entendimiento,  pronosticaba una unión duradera. Tarde o temprano debería darle una razón de peso que alejara sus dudas e incertidumbres sobre mi compromiso con ella. Por eso decidí explicarle…

En el paseo marítimo que circundaba la playa donde nos conocimos, junto a una de las entradas hacia la arena, la baranda de piedra aparecía cubierta con flores frescas todos los veranos, como las que se depositan en ciertos puntos de la carretera donde se perdió la vida de alguna persona en un fatídico accidente. En ese lugar, durante la temporada estival se instalaba un artista de la localidad, retratista, a exponer sus óleos y acuarelas mientras bocetaba el siguiente encargo que algún veraneante le había solicitado.

Trabamos una entrañable amistad, incluso conocí a su novia y a su hijo mayor. Pintaba realmente bien, sus retratos eran verdaderas pinturas del alma del que posaba. Al atardecer, me pasaba horas interminables conversando con él o con Isabel, su novia. Ambos eran divorciados y la vida les había dado una segunda oportunidad, en poco tiempo su relación había solidificado de una forma estable y madura, pero también juvenilmente ilusionada, que se reflejaba en el brillo de sus cómplices miradas. El era afable, aunque misteriosamente contenido, y ella, más expansiva, siempre tenía una sonrisa al hablarte, si no en sus labios, brotaba irremediablemente de sus ojos.

Una tarde, al final de la temporada, conforme iba acercándome al enclave, se vislumbraba un lienzo de grandes dimensiones apoyado en el muro de piedra. Supuse que sería la obra de la que tanto me hablaba últimamente, en la que estaba trabajando. Me sentía como un niño pequeño los segundos previos a la apertura de los regalos de navidad, un emocionante hormigueo iba creciendo en mi estómago y la respiración cada vez era más entrecortada. Iván me sonreía en la distancia, no con la sonrisa habitual, sino con la sonrisa cómplice de la que había captado, a su vez, en mi rostro. El lienzo estaba cubierto con una sábana para protegerlo del relente y de la arena. La expectación era máxima, tras marchar unos paseantes con los que intercambiaba unas breves frases, descubrió la tela pronunciando un teatrero ‘tachán’ acompañado de la horizontalidad de sus brazos mostrándome la pintura.

No pude evitar dejar traslucir el abatimiento que me inundó, la expresión de mi cara cambió drásticamente, mi cuerpo pesaba toneladas y fui incapaz de modular palabra alguna. La pintura era un posado conjunto con su novia, casi en tamaño natural, perfectamente ejecutada, el parecido era asombroso como todos los que emprendía; el ambiente recreado envolvía las figuras reflejando plenitud y alegría en virtud de los luminosos colores aplicados. A Iván se le ensombreció el rostro, inquiriendo sin demora la razón de mi desaprobatoria actitud, pues estaba seguro de su maestría y no dudaba de mi sinceridad las ocasiones en que alababa su trabajo. Como pude, rápidamente inventé una excusa, atribuyendo, lo más convincentemente que pude, mi repentino desánimo a la idea preconcebida formada en mi imaginación, en la que había forjado, éstos días, la ilusión de un cambio de registro en su trayectoria, que habría pintado un paisaje o una instantánea veraniega, tal vez marítima,  siendo tal el convencimiento de ello que había dado lugar a esa desafortunada reacción.

Fue tan brusco mi comportamiento que Iván no pudo evitar mostrarse receloso y fuimos incapaces de restablecer esa tarde el tono lúdico de las conversaciones habituales, así que urdí torpemente una nueva excusa y me marché.

Coincidió aquel encontronazo con un compromiso ineludible que me alejó de la localidad  por un breve tiempo. A mi regreso, acudí ávidamente al paseo marítimo con la esperanza de que el tiempo hubiera diluido mi torpeza, aunque cuando mi mente reproducía la sensación que tuve al contemplar el posado, la inquietud se apoderaba de nuevo de mi ánimo.

La primera tarde en que encontré su sitio vacío, no le di mayor importancia, e incluso, una ligera sensación de alivio me reconfortó al poder posponer afrontar el primer cara a cara, en que probablemente, como unos amigos adolescentes tras una pueril pelea de juventud, hubiera titubeado o hasta tartamudeado al dirigirme a él. Pero la segunda tarde en que no lo encontré en su sitio habitual, me invadió inmediatamente un presentimiento similar al que sentí cuando contemplé el retrato de la pareja.

El impreciso augurio se enmascaró con un creciente nerviosismo, y dando una vuelta sobre mí mismo, oteando los alrededores, intentaba encontrar el alivio a mi angustioso estado, atisbando la familiar figura del pintor o su novia aproximándose entre el gentío.

Finalmente, pensando de forma racional, me acerqué al bar donde solíamos sentarnos a mitad de tarde, para interrogar al dueño en busca de una respuesta sobre su paradero. Nada más verme entrar su rostro cambió, recibiéndome con una mirada adusta y fría. Tras saludarme me acercó el periódico local del pasado fin de semana que tenía guardado bajo la barra, diciéndome que le disculpara pero le era imposible entretenerse, el establecimiento estaba a esas horas a rebosar, en las páginas centrales encontraría toda la información a los interrogantes que adivinaba quería despejar.

Desconocía que ambos fueran aficionados al vuelo a motor, el ultraligero que pilotaban juntos había caído a plomo en las montañas que coronaban en la lejanía la playa. El murió en el acto, ella sobrevivió unas horas tras el desesperado rescate de los demás compañeros, pero nada pudieron hacer mientras llegaba el servicio de emergencia.

Completamente abatido, decidí acercarme a ver a su hijo mayor, estaba seguro que lo encontraría en casa de la madre de Iván, muy conocida en el pueblo. Allí estaba el chico, cansado de que le preguntaran por detalles escabrosos, conociendo de mi aprecio por el saber hacer de su padre, me acompañó al salón donde su abuela había ya colocado el retrato de su hijo y su novia.

El día anterior a la excursión, no pudo evitar oírlos hablar entre ellos. Isabel había convencido a su padre para realizar aquel vuelo, me contó brevemente, él hubiera preferido pasar el día terminando tranquilamente el retrato. Solamente faltaban unos retoques en el rostro de ella para finalizar el cuadro y, fastidiado, los tuvo que dejar para su regreso. Su padre había sido un gran apasionado del vuelo, iniciándola a ella más tarde, aunque últimamente prefería la comodidad de su estudio, ‘será el último…’ dice que le suplicó.

En confidente susurro me confesó que tras el funeral, su abuela y él se dispusieron a emplazarlo en el lugar elegido, observando ambos cómo en el retrato había quedado fijado el color y perfiladas las facciones de Isabel, el mentón y los pliegues de la comisura de los labios formando su radiante sonrisa, a pesar de que él mismo, había visto a su padre dejar esos pequeños detalles a medias la noche anterior, ‘fíjate bien, me dijo, está completamente terminado’. Tal vez se levantó de madrugada para acabarlo, le respondí, pero en la mirada del chico intuí el convencimiento de que su creencia era que la ejecución final del retrato trascendía las leyes de la lógica, se había convertido en una obsesión para su padre finalizarlo, dedicándole más horas de lo habitual, restándolas a otros trabajos. 

Y esa es la razón de mi rechazo a dejarme retratar. Dicen que las fotografías capturan el alma de las personas… y puedo corroborar que los auténticos artistas atrapan la esencia invisible que nos envuelve, de tal forma que escapa a cualquier posible raciocinio…

A. Ferri

*Imagen: Pintura de Alex Alemany

Pi y el divino Fi

“THE VAR DEPARTMENT”. CARTIER-BRESSON
Me encontraba encandilada por el pueril número Pi, por su obstinada tendencia al infinito discurrir, su rítmica sonoridad, no existe folio lo bastante ancho para escribir su secuencia, 3,141592… que acaba siendo acotada por el cómodo dieciséis. ¡Ah! pero reconozco mis pobres conocimientos, y ahora que he descubierto a su hermano el número Fi, me declaro apasionada de la estimada proporción áurea.

Empleada por Dalí, por fin comprendo la misteriosa razón por la que sin ser fiel admiradora de su delirante obra, siempre me veo atrapada al contemplar sus pinturas, donde paso de espectadora a sentirme protagonista, atraída por la disposición de los puntos de fuga, poderoso imán que irradia invisibles promesas de lejanía infinita.

¿Y qué decir de la composición de fantásticas fotografías, como las de Cartier-Bresson tan sencillas en apariencia?, esquemáticas y lógicas, captadas en un instante por un avezado ojo, experto y calculador, al que no se le escapa detalle de las mágicas matemáticas, de la arquitectura de los emotivos instantes.

Por fin comienzo a entender…, esa poderosa manía de buscarle tres pies al gato, rastrear para encontrar el trébol de cuatro hojas y deshojar margaritas… o quedarme literalmente embobada contando los brotes verdes de las ramas atrapadas por las lunetas del coche… El número Fi, ese gran desconocido, permanece allí escondido, en la disposición de las ramas, en la distribución de las hojas, en el bulbo de las plantas, en los capítulos del girasol, en la concha de los caracoles, en los garabatos que trazo los días de aburrido tedio en las blancas servilletas, formando la enigmática espiral a la que mi insomne mano le atribuye una salida.

Hasta siempre número Pi, te cambio irremediablemente por el número de oro, aunque es menos sonoro, me resulta fascinante, igualmente irracional, más etéreo, y a la vez tan terrenal, tan cercano y poderoso, 1, 618033… que cuando es multiplicado da como resultado la perfecta proporción.

No se me ocurre mejor final que proclamarte patrón de las modestas fiestas del infinitésimo fragmento que constituye mi existencia en el vasto universo, va por ti divino Fi.

A. Ferri

* Fotografía: “The var department”. Cartier-Bresson

Parecidos razonables

Las pinturas de Klimt, no eran santo de su devoción, sin embargo reconocía que había algo en ellas, algo que trascendía el tiempo y el espacio, como en todas las grandes obras de los maestros del arte.

La más conocida, admirada y reproducida era El beso, no faltaba en su tienda, en todas sus versiones y formatos. Ojeando los catálogos decidió incorporar más obras del autor en su exposición, aún a sabiendas de que costaría más tiempo venderlas. Dudaba de muchas, parecían retratos y claro, quién quiere decorar su casa con un retrato, parece una tendencia decorativa de otras épocas, como si estuvieras exponiendo a un antepasado tuyo.

Primero se decidió por la sugerente y sensual Serpiente de Agua, esa maravillosa mujer acuática con su larga cabellera rojiza. Amparo, una clienta habitual, lo contemplaba entusiasmada, sujetaba el cuadro muy cerca, su contagiosa sonrisa y sus ojos brillantes lo recorrían de izquierda a derecha y de arriba abajo, había sido un flechazo instantáneo, según sus propias palabras. Cuando se quedó a solas en la tienda, una extraña sensación le asaltó, pensando dubitativa: ¿no era Amparo clavadita a la serpiente acuática del cuadro de Klimt?, ¿su pelo no es rojo, o un rubio anaranjado casi igual al del cuadro?, la estructura de su rostro, ¿no es muy parecida a la de la mujer del cuadro? “Bueno, será una coincidencia, qué asociaciones hago” concluyó, pasando a otro quehacer.

Más adelante, Elena entró en la tienda. Quería una reproducción de El Beso en el tamaño más grande que pudiera ofrecerle. Pasó por delante de Friederike María, precioso retrato de una mujer cuyo colorido traje se funde con los detalles del fondo en el que posa; entusiasmada, reconociendo no saber que esa obra era de Klimt cambió su elección, quedando prendada del cuadro no dudó en llevárselo de inmediato. Elena salió de la tienda con él bajo el brazo, muy apretado. Al quedarse a solas, otra vez la invadió esa extraña sensación, fue a la mesa a por el catálogo, buscó la fotografía del cuadro y empezó a observarlo detenidamente, la postura, la expresión del rostro retratado, el peinado, ¡es que era Elena! la misma frente, los mismos ojos oblicuos, la misma expresión en la comisura de los labios, tan triste con su cabeza medio ladeada…

Animada, decidió incorporar más reproducciones. “El riesgo más arriesgado de todos, Adela Bloch Bauer, ¡madre mía!, con ese sombrero negro tan imponente, ese traje tan de época… Imposible, esta obra no se venderá…seguro que no”, pensaba mientras depositaba el cuadro en el escaparate. Entonces entró Concha, vamos, en sólo el primer segundo ya supo qué cuadro iba a elegir, es que ese porte aristocrático, esa amable altivez y suave fragilidad era un fiel retrato de su persona.

Las sensaciones eran mágicas, los momentos indescriptibles, todas esas mujeres se sentían atraídas por aquellas damas que magistralmente había retratado el genial Klimt hacía más de un siglo, y no por cualquiera de ellas, sino por aquellas, según su parecer, que, verdaderamente, semejaban ser un retrato fiel de, tal vez, su bisabuela o su tatarabuela. Existía un hilo conductor que el pintor había plasmado años atrás y trascendía hasta nuestros días, un hilo invisible, un haz de luz, una chispa dormida que brillaba al encontrarse de nuevo y verse reflejada en el espejo del alma de esas mujeres que se sentían atraídas por sus obras como por un imán, y ella, ella era la espectadora privilegiada que podía contemplar por un segundo infinito aquel prodigio fantástico.

Ya había expuesto casi todas las reproducciones, pero faltaba una, aquella que le gustaba especialmente, Emile Floge, así que dicho y hecho, la colocó en un lugar destacado del establecimiento. Esa mirada le fascinaba, le seguía por toda la tienda; de broma consigo misma, andaba de espaldas al cuadro como un “vaquero” girándose con rapidez, y ahí estaba Emile, mirándola directamente a los ojos. A media mañana, entraron unas compañeras de las tiendas contiguas, el cuadro les llamó la atención, lo observaron, comentaron, una de ellas se volvió, la miró muy seriamente, y exclamó: “¡uy, si se parece a tí!”, “¡ahí va, si es verdad, es igual que tú!”, dijo la otra, “¡mira, mira!”, se decían unas a otras, mirando el cuadro y a ella alternativamente.

A. Ferri


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