Prototipos

fiddle oak', Zev

En la caja de los sueños donde flotan

hologramas de tu estampa,

tras vidrieras desarmadas sin dejar huellas,

entre olas como escamas de dragones

custodiando los tesoros de la infancia,

caballeros de madera a lomos de cuadrúpedos

simulados con las pinzas de la ropa

vigilan la flota de hojalata,

los aviones bimotores y las lanchas,

y las fieras de peluche, mejor premio

que un tazón con cacao y caramelo,

se deslunan en mohín teatrero

tras las ingrávidas lágrimas del tendedero.

 

Y en el pasillo donde aparecía Kafka,

todavía suenan los acordes de guitarra

que cantábais quedo: S pee dy Gon za les…

y se huelen los perfumes de pañuelos

embolsados con ahínco como primer sueldo

gasolina propulsora de gastadas utopías

de sal, de arena y rizados cabellos, de jóvenes bucaneros.

El maestro relojero que me descifró las horas

y a hacer bolas insuflando aire en los carrillos,

a saltar desde pasarelas de locomotoras en marcha,

era un niño atrapado en batallas no libradas, en saltos desde cataratas,

en terribles alaridos de hospitales y cartas que no llegaban

tan pequeño como yo en aquella foto:

un garbanzo junto a un gigante conectados por las manos,

prototipos de fornidos elefantes que volaban con estacas.

A. Ferri

* Imagen: Autorretratos surrealistas que realizan Zev ‘fiddle oak’, de 14 años y su hermana de 17.

El intercambio

Videoconferencia

Cuando Daniel regresó a casa, tras más de dos meses de estancia en Inglaterra gracias al programa de intercambio, sus padres siempre tan cariñosos, no pudieron evitar abrazarlo con la tensión que se mantiene en el cuerpo al saludar a un desconocido. Desde su atalaya, los dos eran de considerable estatura, fuera del campo de visión de su hijo adolescente, intercambiaron miradas de incógnita, extrañeza, incertidumbre y cierto desasosiego. El chaval ajeno a todo ello, se limitó a seguir mirando al suelo y, visiblemente cansado por el viaje, soltar en medio del recibidor los bártulos, la maleta y la mochila.

La madre que ya tenía preparada la cena de bienvenida, prefirió hacerse la atareada dando los últimos toques a los platos y al postre; el padre a solas con el chaval, fingió interesarse por el telediario en la televisión del salón, que permanecía encendida, y el chico se dejó caer en el sofá con cara de fastidio, tecleando rápidamente en su móvil.

Durante la cena, los padres, por momentos cada vez más contrariados, con forzadas bromas e inicios de conversación, interrogatorios mal disimulados,  intentaban sonsacar alguna confidencia a su hijo, más sólo le arrancaban monosílabos y alguna que otra frase corta, pronunciada con desgana. Se acostó pronto, más que de costumbre, alegando falta de sueño acumulado, rehusando que su madre lo acompañara hasta su habitación, tal como hasta hace nada era su costumbre, pues la oscuridad del pasillo siempre le había infundido un temor infantil, contrarrestado por las caricias y el arropo de ella. Sus padres intentaron, una vez a solas, comprender: ‘Parece que está más alto’, decía uno de ellos, ‘sí, está cambiado. Creo que incluso le asoma un incipiente bigotillo en la comisura de los labios’, ‘vaya, puede que en éstos meses se haya hecho mayor, así, de golpe’, ‘está muy cansado, mañana será el mismo de siempre’.

Al día siguiente, Daniel se levantó temprano, desayunó sólo antes que sus padres y volvió a su habitación, se conectó a internet y así estuvo toda la mañana, jugando ‘on line’ y chateando. A la hora de la comida, se repitió la misma situación que la noche anterior, inclusive mantenía el móvil por debajo de la mesa y, entre bocado y bocado, tecleaba rápidamente, con su mirada fija y perdida a intervalos en la pantalla de la televisión, siempre en marcha.

Sus padres desistieron de cualquier atisbo de comunicación con él, se limitaban a observarlo, a hurtadillas. Por la tarde, la madre, exasperada, habló con su marido y le comunicó su intención de entablar una conversación los tres juntos. Se dirigió iracunda a la habitación, del  ya visiblemente adolescente, taconeando con violencia frente a la puerta que permanecía cerrada, cuando siempre la había dejado abierta de par en par; antes de entrar, se detuvo un momento con la mano en el pomo, la voz de su hijo se oía alto, y otra voz, casi infantil, de una joven, se oía ahogada, lejana, con claro acento inglés: ‘vamos, los dos al tiempo, si no no funciona’, ‘cuando cuente tres, uno, dos… y tres, ya’. En ese instante la mujer abrió de golpe, esperando encontrar a su hijo de espaldas sentado frente a la pantalla de su ordenador, … pero en su lugar, el vacío de la silla y la luminosidad de la pantalla, con brillantes figuras que volaban, se estrellaban y batían en batallas espaciales, la cegó por un instante. Miró a la cama deshecha, creyendo que allí lo encontraría, incluso se agachó a mirar bajo la misma, con la perdida ilusión de que todo fuera un juego infantil y como de pequeño, se hubiera escondido a la espera de que lo echaran de menos. Se incorporó rápidamente, el salvapantallas se había activado, inundando la penumbra de la estancia con una explosión de colores psicodélicos, un escalofrío premonitorio enfrío su cuerpo, helando sus manos, consecuencia física del estallido de su intuición que había ascendido rauda desde el rincón de su alma donde yacía dormida y, volviendo al salón, le dijo a su marido: ‘Daniel ha desaparecido. No, no llames a la policía, no nos creerán, la puerta de la entrada sigue cerrada con llave, de casa no ha salido, está en otro lugar pero… aquí mismo’.

Su marido no entendía nada, trató de calmarla, pues había roto a llorar desconsoladamente. Se encaminó a la habitación de Daniel, rebuscando entre sus cosas, en los cajones del escritorio y en las maletas, algún indicio, alguna pista de su incomprensible comportamiento, una nota, un diario, una fotografía, lo que fuera. Encontró un poema, algo insólito en él, un poema de amor, con un nombre femenino, en inglés, algo así como Catalina, escrito con su letra repetidamente en los márgenes de la hoja. El padre empezó a comprender, buscó su agenda, donde había anotado los teléfonos de los padres responsables de su hijo durante el intercambio, aunque no se manejaba muy bien con el inglés, podría chapurrear algo. La señora que descolgó al otro lado del océano, después de oír su marcado acento español, comenzó a hablar sin parar, hablaba tan rápido que dificultaba enormemente el entendimiento de su pobre conocimiento del idioma, pero captó su nerviosismo y su angustia, así como algunas frases cortas que no cesaba de repetir: ‘ha desaparecido’, ’no sé dónde está mi hija’, ‘ayúdeme, quizás haya tomado un avión hacia su país’.

La conversación con Inglaterra, lo sumió entonces, en la misma desesperación que a su mujer y a la señora del teléfono. Se sentó en el sofá, su mujer estaba como catatónica, con la mirada extraviada,  cuando… en el telediario informaron de la misteriosa desaparición de una mujer, que desde hacía tiempo, mantenía una relación por internet con su novio, al que todavía no conocía en persona…, con el mando a distancia cambió de canal para buscar información ampliada de la noticia, en otro programa de actualidad informaban de la desaparición en unas oficinas del centro de la ciudad de un técnico informático que trabajaba en un complicado programa…, en otra cadena alertaban de la desaparición en un locutorio de un trabajador extranjero mientras realizaba una llamada vía Skype a sus allegados en el otro continente… Su mujer comenzó a incorporarse, poniendo todos sus sentidos en acción, así como sus músculos, que la sostuvieron de nuevo en posición erguida y atenta, se miraron… y comprendieron… ‘tenemos que hacerlo’, ellos nunca habían sido partidarios de las nuevas tecnologías, habían intentado mantenerse al margen, no contaminarse, seguir con su vida cotidiana y sus trabajos, realizándolos como siempre… pero ahora… era ineludible, era una situación de extrema necesidad, así que encendieron el ordenador de su hijo, establecieron acceso a internet, abrieron sendas cuentas, una para cada uno, en un programa al azar de los muchos que mostraba el escritorio… se abrazaron tiernamente, mientras iban evaporándose lentamente, convirtiéndose en un haz de luz que se fundía con los colores que bailaban en el salvapantallas del ordenador hasta desaparecer definitivamente… de ésta dimensión de la realidad y se conectaron al fin, con su hijo …

A. Ferri

* Imagen: http://www.divertinajes.com/nueva/modules/notices/notice.php?idnotice=930

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