Sayonara, baby

gafas de sol

Tan sólo un gran parque separaba la zona alta de la ciudad, del barrio de clase media-media; y éste a su vez, discurría paralelo a una gran avenida frente al condensado barrio de clase media-baja. El instituto era uno de los mejores de la ciudad y allí confluíamos casi todos. Los fines de semana intercambiábamos ropa, maquillajes y litronas. Mis amigas del otro lado de la avenida, con las manos escaldadas de tanto frotarlas para eliminar el aroma del pescado de la factoría donde trabajaban, sin embargo, no podían soportar el olor de la mochila de piel vuelta de Ana, y yo no entendía como la mejor amiga de ésta, había terminado con aquel muchacho, de almizclado aroma, al negarse a que la besara sin las gafas de sol puestas.

A. Ferri

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El pequeño topo y el ratón

Érase una vez un pequeño topo que vivía escondido en un fabuloso lago. El topo Otto era tímido y reservado, un poco apocado. Vivía cómodamente en su túnel excavado en la tierra, bajo el lago.

El lago, era un pequeño mar, peculiar y muy poblado: situado a pocos metros del Mediterráneo, rodeado de amigables pueblos, a lo lejos se veía la ciudad.

Los domingos el topo se veía molestado, acudían visitantes, domingueros, algo ruidosos y vocingleros. También paseantes, más calmados, fotógrafos, deportistas y ciclistas, algo más sosegados. En cualquier caso, esos días, prefería refugiarse en la seguridad de su guarida.

El ratón de campo Tico, era un ratón extrovertido, vividor y aventurero. De vez en cuando le hacía una visita a su amigo el topo:

– ¡Otto!, vamos a dar una vuelta.- Lo avisaba a voz en grito.

– ¡Oh, Tico! Estoy bien aquí, gracias- Contestaba el topo desde su refugio.

– ¡Vamos, sal un poco! He encontrado un secadero, está lleno de arroz, ¡nos podemos dar un fiestón!

– ¡Vaya! Sólo tienes buenas ideas, ¿no recuerdas la última vez? Aún luzco una cicatriz.

– ¡Qué exagerado, sólo fue un disparo! La escopeta era de sal…

– Sí de sal, un balín me rozó, ¡hasta pasado un mes no me incorporé!

– ¡Bueno, pues ahí te quedas! ¡Cada día das más pena!

El ratón Tico se marchó y Otto se acomodó en su cueva. Pasaron unos días y el topo extrañaba a su amigo el ratón, siempre le hacía alguna visita de vez en cuando. El topo empezó a estar alarmado, “¡algo le habrá pasado!”, así que haciendo un esfuerzo, reunió coraje y valentía para salir de su madriguera en busca de su amigo el ratón.

Por el lago fue preguntando, a la garza, la cigüeña y al pato colorado, pero nadie lo había visto por ningún lado. Aunque el ratón no era un experto nadador, de vez en cuando se daba algún chapuzón, así que el topo se sumergió. Por las aguas preguntó a la anguila, al mújol y a la lubina, no le dieron ninguna pista, así que volvió a la orilla.

El topo se sentó a reflexionar, pensando en trazar un plan, cuando… oyó unos gemiditos cercanos… ¡Cuál fue su sorpresa y alegría, no pensaba que tan pronto al ratón se encontraría!

– ¡Topo Otto! ¿Qué haces tú por aquí?- le dijo al verlo el ratón.

– He salido a buscarte, ¡hacía tiempo que no venías a visitarme!

– ¡Ay, cuánta razón tenías, soy un ratón locuelo, vaya disparo me dieron!

– ¿Te han herido? ¿Es muy grave?

– ¡No te alarmes compañero! Ya casi estoy curado.

– ¡Ay, Tico! Debes llevar más cuidado.

– Sí Otto, pero mira…, ¡mi aventura ha servido, has salido de tu agujero…!

– ¡Es cierto! ¡Que bello está el lago!

– ¡Es una maravilla!

El topo Otto y el ratón Tico se sentaron juntos ese atardecer a contemplar el paisaje y los preciosos colores del agua, el cielo, la tierra y la vegetación de su único y excepcional lago: ¡el lago de la Albufera!

A. Ferri

* Fotografía: Marijose Salvador

El eclipse de Pupo y Tiva

El erizo Pupo y la ardilla Tiva eran muy amigos desde pequeños. Pupo y Tiva jugaban todos los días.

Tiva era muy rápida y ágil, correteaba veloz por los caminos, trepaba a las copas de los árboles y saltaba de rama en rama. Pupo era lento y calmoso, excavaba agujeros en el suelo y despacito recorría grandes distancias.

Pupo dormía de día, sólo salía un buen rato después de que el sol se escondiera. Tiva que dormía de noche le esperaba impaciente a la puerta de su madriguera:

– ¡Pupo date prisa, sólo podremos jugar un rato!- exclamaba Tiva.

Pupo se desperezaba, movía el hocico de un lado a otro y comenzaba a andar despacito.

– ¡Vamos Pupo! Vamos a jugar al otro lado del río.- le decía Tiva, dando brincos y saltos.

– ¡Tiva! Para quieta, estoy olisqueando para encontrar el almuerzo.- le dijo Pupo un día.

– ¿El almuerzo? Pupo, vaya horas, ¡si ahora toca la cena!- le dijo Tiva.

La ardilla, nerviosa, pues quedaba poco rato para jugar juntos, escaló rápidamente a un árbol.

– ¡Toma Pupo, el almuerzo!- le dijo Tiva, lanzándole desde arriba bellotas y almendras.

Una lluvia de frutos secos comenzó a golpear a Pupo, se detuvo y se enrolló como una bola para protegerse.

Tiva, bajó veloz del árbol, tropezó con una almendra, cayendo encima de Pupo.

– ¡Ay, ay! ¡Me has clavado tus púas!- chillaba Tiva.

– ¡Ay, ay! ¡Me han lastimado tus frutos!- gritaba Pupo.

Así, tristemente, ese día terminó su amistad. Pupo y Tiva se evitaban. Pupo se despertaba de noche y al salir el sol se acostaba. Tiva se levantaba nada más salir el sol y se iba pronto a la cama, era difícil que se encontraran.

Una mañana, algo extraño ocurrió. El sol brillaba en lo alto, la luna se fue acercando y lo tapó, todo quedó a oscuras, la noche llegó y el bosque se oscureció. Tiva sintió miedo, bajó al suelo y se acurrucó junto a un árbol. Pupo se despertó.

Al salir de su madriguera, vio a Tiva tiritando.

– ¿Tiva, qué haces aquí abajo?- le preguntó Pupo.

– ¿Pupo por qué te levantas tan pronto?- le contestó Tiva.

– Ya es de noche.- contestó Pupo.

– Algo raro ha ocurrido, se ha hecho la noche en el día…- observó Tiva.

– Y hace frío…- dijo Pupo.

Tiva se acercó despacio a Pupo para no molestarlo, Pupo replegó sus espinas para no hacerle daño. Pupo y Tiva se fundieron en un gran abrazo, la luna se fue alejando y se hizo de nuevo el día.

Pupo y Tiva dejaron a un lado sus diferencias, el eclipse fue sólo una coincidencia. La luna y el sol son distintos, ¡recorren un gran camino para estar unidos en el firmamento!.

A. Ferri