El grito

 

el grito

 

Estaba claro que continuaba asomada a un hondo pozo realizando malabarismos en el borde. Había peinado de la mejor forma posible su cabello electrizado ajustándolo detrás de su nuca en un improvisado recogido, porque llegaba tarde, peligrosamente tarde. Por suerte el encargado de sección estaba en una reunión en las oficinas centrales. La tienda de decoración, a rebosar.

Aún no nos conocíamos muy a fondo, pero me caía bien. Era una buena compañera y siempre estaba dispuesta a ayudar a los novatos como yo. Antes de ayer enmarcó con mucho mimo su cuadro preferido, ese de una muchacha sentada en el porche en un barrio de Loussiana con su bonito perro blanco a los pies. Era un regalo, me dijo, para la clínica veterinaria donde habían tratado con tanto cariño a su perro hasta el final, para que no lo olvidaran. Le pregunté si no prefería quedarse con el cuadro como recuerdo, “no, a mí no me hace falta, -me contestó-, yo siempre me acordaré de él”.

Estuve pendiente de ella durante toda la mañana, la salvé por escasos segundos del despido inminente si hubiera llegado a decirle a aquella señora tan peripuesta, lo que imaginé que estaba pensando cuando al mostrarle la reproducción de Klimt, Las amigas, le preguntó en voz muy baja si no serían lesbianas: “te llaman en la sección de moldura, anda ya atiendo yo a la señora”, le dije, remarcando especialmente la palabra señora, con un giro de las pupilas en los párpados hasta mostrar el blanco de los ojos.

Pero no llegué a tiempo, no llegué a tiempo cuando les mostraba el cuadro de El grito a aquella pareja de modernos, y ellos tan sabelotodo, le discutían que estaba manchado… Desde que lo que está manchado son vuestros cerebros, pasando por snobs, y otras lindeces, eso sí algo excéntricas, resonaron por el centro comercial, hasta que la reproducción acabó encajada en la cabeza del encargado, junto con un agudo grito de satisfacción de mi compañera, mientras éste seguía pidiendo disculpas a los clientes como si fuera el protagonista del cuadro que hubiera resurgido de su estupefacción ante el mundo y sucumbiera de forma patética a la insufrible mediocridad de la existencia.

A. Ferri

 

Anuncios

Pi y el divino Fi

“THE VAR DEPARTMENT”. CARTIER-BRESSON
Me encontraba encandilada por el pueril número Pi, por su obstinada tendencia al infinito discurrir, su rítmica sonoridad, no existe folio lo bastante ancho para escribir su secuencia, 3,141592… que acaba siendo acotada por el cómodo dieciséis. ¡Ah! pero reconozco mis pobres conocimientos, y ahora que he descubierto a su hermano el número Fi, me declaro apasionada de la estimada proporción áurea.

Empleada por Dalí, por fin comprendo la misteriosa razón por la que sin ser fiel admiradora de su delirante obra, siempre me veo atrapada al contemplar sus pinturas, donde paso de espectadora a sentirme protagonista, atraída por la disposición de los puntos de fuga, poderoso imán que irradia invisibles promesas de lejanía infinita.

¿Y qué decir de la composición de fantásticas fotografías, como las de Cartier-Bresson tan sencillas en apariencia?, esquemáticas y lógicas, captadas en un instante por un avezado ojo, experto y calculador, al que no se le escapa detalle de las mágicas matemáticas, de la arquitectura de los emotivos instantes.

Por fin comienzo a entender…, esa poderosa manía de buscarle tres pies al gato, rastrear para encontrar el trébol de cuatro hojas y deshojar margaritas… o quedarme literalmente embobada contando los brotes verdes de las ramas atrapadas por las lunetas del coche… El número Fi, ese gran desconocido, permanece allí escondido, en la disposición de las ramas, en la distribución de las hojas, en el bulbo de las plantas, en los capítulos del girasol, en la concha de los caracoles, en los garabatos que trazo los días de aburrido tedio en las blancas servilletas, formando la enigmática espiral a la que mi insomne mano le atribuye una salida.

Hasta siempre número Pi, te cambio irremediablemente por el número de oro, aunque es menos sonoro, me resulta fascinante, igualmente irracional, más etéreo, y a la vez tan terrenal, tan cercano y poderoso, 1, 618033… que cuando es multiplicado da como resultado la perfecta proporción.

No se me ocurre mejor final que proclamarte patrón de las modestas fiestas del infinitésimo fragmento que constituye mi existencia en el vasto universo, va por ti divino Fi.

A. Ferri

* Fotografía: “The var department”. Cartier-Bresson

Economía

 

economia-sostenible

 

Curiosa palabra, economía, cuando se trata de ahorrar en salarios productivos, incitando a malgastar lo poco que se nos paga, para así poder acumular montañas de beneficio. Curiosa palabra, economía, que se basa en destruir la riqueza de un planeta, contaminar el aire y los ríos, agujerear las entrañas y extraer los minerales, explotar a los animales. Poderosa disyuntiva, creer que somos iguales, si todos iguales fuéramos no existirían las guerras. Están aquellos que creen que el mundo nació para ellos, y luego aquellos que piensan que está para compartirlo. Los primeros son los que exclaman: ¡qué ilusos son los segundos!, los segundos, que los primeros quizás no tienen remedio.

Todo son palabras vanas, el silencio nos espera, la música es ese pleno momento de vacío entre dos notas, el cante hondo el latido de nuestro corazón, que llora desconsolado sin comprender la razón, la razón de la existencia, los misterios de la vida, matemáticas del universo, compás de la geografía, anatomía del mundo, filosofía, arte, poesía… materias pronto desterradas de todos los planes de estudio por la práctica y cruel economía.

A. Ferri