Entropía

Salvador Dali - Galatea de las Esferas. 1952

 

Se ejecutan las sentencias,

se desvisten los pronósticos,

¿aciertan las profecías?

¿Es la vida un recorrido

por una única vía?

 

Desde la cuna vacía

emprendes los movimientos

¿grabados en el adn?

siempre con comedimiento

y dosis de rebeldía.

Lo que anticipaste un día

eternamente revives,

tal vez ahora diseñes

entramados del mañana.

 

Creías que andabas despierto

tratando de alejar el caos

casi al borde del colapso,

hasta que una noche invocaste

alzando al cielo tu aliento

a las fuerzas invisibles:

los luceros, las estelas,

los cometas, los triángulos

del firmamento

para que alumbraran tus sueños.

 

Con la sintonía de Bach

se alinearon los planetas

y en la plaza circular

te sumaste a la corriente

junto al corazón del mundo

que latía acompasado.

 

Fue magnética vibración

alimento del sediento,

plegaria, oración

o críptica canción de rock

de ondulante movimiento.

Lo que permanece quieto

también genera entropía.

 

El genuino equilibrio

está en ti, está aquí,

está en todo lo que nos rodea,

está en la geometría

y el diseño del universo,

está en tender una mano

sin esperar recompensa.

 

A. Ferri

 

* Imagen: Galatea de las Esferas – Salvador Dalí

 

 

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La máquina expendedora

expendedora

En las afueras del pueblo, junto a un erial, existe un punto limpio, ese sitio moderno para reciclar. Tras carnavales, a las puertas dejaron los mozos, procedente del desmantelado teatro, un curioso artefacto que portaban a hombros como en romería.

Era una vieja máquina expendedora, desmejorada, y según dicen en la plaza los ancianos del lugar, muy portentosa: verifica de un solo vistazo amores verdaderos, emitiendo certificados de eternidad; disuelve los cálculos mentales, desprecia el valor de las cosas e inutiliza las cajas registradoras.

Con los primeros vientos de la primavera corrió la noticia y en los amaneceres se forman largas colas para obtener visados de alegría antes de ir al trabajo. Con las penas, a final de mes realiza malabares, se traga los pesares y los metaboliza. Receta golosinas de autoestima, despide empatías con indemnización, segura que no sufrirá demanda alguna. Irradia confianza para el que la eche en falta, despliega verdadera compasión. Con tanto ajetreo, de vez en cuando se lee un cartel: “vuelvo en un rato”, pues se toma sus momentos de meditación; no pide nada a cambio, tan sólo da.

 La estafeta de correos recuperó su bella misión y junto a cartas del juzgado, recibos y facturas, manda, bajo su supervisión, besos oceánicos y abrazos siderales envasados al vacío en naves espaciales. La modista, retirada, volvió a la labor, recoge los patrones todos los días en el dispensador, para coser trajes a medida hilvanados con la valía y el color del aura del que los lleva encima.

Al atardecer, muda la piel, actúa de gramola, una luz anaranjada emite de su interior y con suave música ameniza los corrillos que se forman a su alrededor organizando bailes de asombro o de rock. Se mantiene serena toda la noche, realizando duplicados de llaves sin recargo que abren mares, olvidadas por cualquier lugar.

A oídos de alcaldía llegaron los prodigios y en pleno extraordinario se decretó otorgar partida presupuestaria para su arreglo y remodelación. Los habitantes del pequeño pueblo hicieron constar su desacuerdo, más las fuerzas del orden ejecutaron por sentencia judicial la fatídica reforma, escoltando una mañana al técnico asesor que colocó un moderno chip en su interior…desde ese día repite melancólica una irritante locución y… a cambio de unas míseras monedas, vende tabaco.

A. Ferri

El vacío

vacio

Atravesando un extenso páramo parduzco formado por campos de cultivo abandonados a los matorrales, discurría la carretera nacional que conectaba la capital del país con el ansiado mar mediterráneo; era una buena pista de cómodo trazado, en la que, mediante sucesivas remodelaciones, se habían suavizado los accidentados pasos por las montañas, que elevaban progresivamente la autovía tras los escasos treinta kilómetros que formaba el altiplano de la provincia costera. Salvo en los meses veraniegos y los puentes festivos, durante la temida operación salida, la conducción se ejercitaba con holgura y sin embotellamientos, por lo que con el nacimiento del sol deslumbrándole y, sobre todo, por el sosiego y la calma que, últimamente, lo caracterizaba, Ismael mantenía una velocidad constante rozando, casi, el límite permitido por excesivamente baja. El goteo de vehículos que lo adelantaban apresuradamente, sin embargo, no cesaba, pues era hora punta para los pocos conductores que se dirigían a la ciudad; precisamente por eso, cuando distinguió aquel bulto que realizaba movimientos erráticos esquivando las infernales máquinas de matar que, estruendosamente, lanzaban sus prolongados pitidos a exiguos centímetros de su famélico cuerpo, no dudó en dar un volantazo, frenando simultáneamente, para quedarse cruzado en medio de los dos carriles de circulación, ocasionando un generoso atasco de proporciones descomunales. El perro, entonces, se quedó paralizado, tendido en el asfalto panza arriba en actitud sumisa ante la fiera que se había detenido frente a él para, definitivamente, retarlo a una desigual pelea. Afortunadamente, la afluencia de vehículos era intermitente y las condiciones de visibilidad óptimas, por lo que no se produjo ninguna colisión entre los mismos, salvo algún frenazo chirriante con el consiguiente desgaste de neumáticos. Ismael salió del habitáculo para recoger al indefenso animal y se dirigió lo más apresuradamente que pudo, de nuevo, hacia su coche.

Las caras de fastidio de algunos de los conductores más próximos eran, junto con las de desconcierto, incredulidad y, condescendiente hastío ante la inesperada detención, las más habituales. Aquellos que gozaban de una privilegiada visión de la cabecera del atasco y contemplaron la imprudentemente heroica maniobra y la ansiosa carrera del hombre para salvar al animal, ya que viajaban en camiones o grandes furgonetas, reflejaron en sus rostros paulatinamente, una expresión de serena complacencia y satisfacción, rompiendo a aplaudir y, sacando el torso por las ventillas, lanzaron vítores entusiasmados, junto con efusivas felicitaciones hacia el hombre, que sonreía satisfecho. Una vez en su cubículo, depositó al asustado peludo en el asiento trasero y enderezando su camino, continúo la marcha.

Lentamente se fue deshaciendo el parón, muy lentamente, pues como corresponde en éstos casos, tras una obligada parada en la monótona conducción, se produce el conocido ‘efecto mirón’, sólo que, en ésta ocasión, no había marcas en el suelo, ni cargas desparramadas, ni motocicletas aplastadas o vehículos en acordeón, sino un inmenso vacío que fue engullendo como un agujero de gusano en el espacio, las prisas, la incertidumbre, la desazón y el aburrimiento de todos los que lo traspasaban, transportándolas a un universo paralelo donde no existen las horas de llegada, ni se sabe nada de balances, resultados contables, marketing, o ventas telefónicas, creando así en éste una dimensión desconocida por el gran público, llena de compasión, empatía y resolución, iniciada, tal vez, por el humano gesto de Ismael.

A través de las cámaras de la Dirección General de Tráfico, expertos funcionarios habían seguido el desarrollo del incidente, poniéndolo rápidamente en conocimiento del director general. Éste, no dio mayor importancia a lo ocurrido, salvo cuando comenzaron a llegar intrigantes noticias desde la delegación valenciana… ese día, los agentes de la Guardia Civil de Tráfico que habían inspeccionado el tramo correspondiente al inicio de la sospechosa retención en la autovía de Levante, ¡no habían extendido ni una sola multa!, los policías nacionales que también se habían acercado para revisar el vallado y los arcenes, inexplicablemente, habían dejado marchar a dos de los miembros de la Plataforma de afectados por la hipoteca que llevaban detenidos en el vehículo policial hacia comisaría tras una manifestación acaecida en un pueblo cercano, y los miembros de la comitiva que escoltaba el coche del presidente del gobierno autonómico, en uno de los rutinarios viajes oficiales hacia Madrid, junto con el conseller de bienestar social, abandonaron la misma, para ponerse manos a la obra en varios supermercados realizando coercitivos acopios de alimentos no perecederos y sin caducar, por supuesto, para los bancos de alimentos, a la vez que, mientras vigilaba por el buen cumplimiento de la operación, el alto mandatario de la comunidad, daba la orden por teléfono a su secretario para la próxima presentación de un decreto ley que terminara, de una vez por todas, con las abusivas comisiones comerciales que se generaban en el camino de ida, sobre los productos agrícolas, desde el campo hasta el consumidor final.

En el gobierno central, diligentemente fueron alertados de la surrealista situación, poniéndose en marcha el protocolo de actuación en caso de emergencia nacional, enviando simultáneamente, a los técnicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas para realizar los trabajos de campo a pie del terreno donde estaba sucediendo tan misterioso fenómeno, craso error, pues éstos también fueron abducidos como todos los demás, por tal sensación de paz y serena comprensión que, una vez de vuelta en sus puestos en la oficina, desclasificaron información altamente secreta sobre los manejos entre las grandes compañías eléctricas, las petroleras y las gasísticas para ocultar explosivos descubrimientos sobre energías limpias y peligrosamente baratas, creando un conflicto diplomático sin precedentes del gobierno de España con el gobierno de la Unión Europea y, por supuesto, de los Estados Unidos de América. Desde las más altas instancias de éste último, se dio la orden de acabar, como fuera, con tamaño desastre de imprevisibles y nefastas consecuencias, que podía extenderse como una peligrosa pandemia a nivel planetario, las pérdidas económicas y geoestratégicas para la estabilidad del recientemente creado, aunque antiguo, Nuevo Orden Mundial se preveían irreparables. Una flota de drones fue enviada desde una cercana base militar al punto exacto de la carretera donde había surgido ese vacío transformador de consciencias, para atajar con certeros lanzamientos de bombas inteligentes tamaña amenaza terrorista, siendo los aviones no tripulados absorbidos por el agujero que como una catarata invisible se los tragó enviándolos, junto con el miedo y la pasividad de la población, a la otra dimensión. Ese día comenzó la revolución.

A. Ferri