Mañana de Domingo

obreros

 

Esta mañana salí temprano de casa. Me encaminé paseando al centro, dispuesto a absorber sol, para mí, sol de Domingo. En una plaza peatonal, un obstinado turista quiso trepar a mi espalda y, un conductor agobiado le ofreció por trueque el gps a cambio de aparcar en mi cabeza… Y es que están las obras paralizadas: resulta subversivo que un obrero jubilado se detenga en cualquier esquina.

A. Ferri

Abrir la boca

bandada

Las miserias se ocultan, las miserias son como inocentes niños que juegan al escondite, siempre encuentran un pretexto para ocultar su vergüenza y más las recién sucumbidas, se disfrazan con depresión, y se encierran en casa para que nadie las vea, con la perdida esperanza de que, al creerse invisibles, tal vez se desvanezcan. Un día abrirán la boca y no dejarán de gritar. Chillarán tanto y tan fuerte como puedan, hasta que rompan los cristales de los acuarios, hasta despegar uno por uno los relumbrantes mosaicos de los costosos nuevos monumentos, como el trencadís del Oceanográfico; hasta que estallen en pedazos los leones del Congreso, con sus fauces abiertas y amenazadoras, custodiando las balas de cañón con que se libra la batalla de la economía todos los días con los reales decretos, edictos, reglamentos y ordenanzas; hasta que restallen las pantallas de plasma con la ayuda de su carga de mentiras, cinismo e hipocresía; hasta que sofoquen todos los incendios provocados y las cenizas grises inunden las casas de lujo de los gobernantes que los inician. De momento las bocas de las miserias se mantienen cerradas, para que no entren las moscas, mosquitos o las abejas, desaparecidas también por arte del cambio climático, que salen en bandadas de sus refugios al abrir la tapa de los contenedores de basura donde depositamos los desperdicios de nuestra mascada y deglutida impotencia, formando un volador aguijón compuesto de miles de individuos que intentan dar en la diana de los podridos corazones de los que se hartan de comer con el hambre de otros.

A. Ferri

Cocinando la realidad

Adelaida tenía unos enormes ojos negros, según su abuela, era la más lista de toda la familia. Cuando llegaba del colegio, colgaba la mochila del respaldo de una silla y se acurrucaba en el regazo de su yaya, las dos juntas se mecían en la vieja mecedora de recia madera y mimbre que presidía el salón.

Se quedaban así un buen rato, sin hablar, hasta que aparecía Fus el gato revoltoso. Adelaida cuidaba que no se enredara en el viejo chal de su abuela, se tiraba al suelo y le bufaba. Fus correteaba alrededor de ella, intentando propinarle algún zarpazo a su enmarañado pelo, comenzaba una pelea de la que siempre salía victoriosa Adelaida, pues Fus prefería hacerse el mimoso antes que salir corriendo, a toda prisa, delante de una zapatilla voladora.

Cuando su madre llegaba de trabajar, Adelaida corría a sentarse en la mesa de la cocina, abría sus cuadernos y ponía cara de buena estudiante. Su madre dejaba las bolsas de la compra en la encimera, la recibía con un gran abrazo, una sonrisa y un beso en la cabeza, aprovechando para indicarle que debía peinarse. Más tarde, llegaba su padre, muy cansado, se dejaba caer en otra silla junto a ella en la cocina y le hacía un guiño.

Adelaida no era muy habladora, sonreía mucho, eso sí, hacía diversas muecas y gestos de los que estaba muy orgullosa. Le encantaba disfrazarse, pintarse la cara de colores y bailar. Jugaba con cualquier cosa, con los cacharros de la cocina, con los trastos del desván, con la ropa de los armarios, con las herramientas del garaje…

Andaba siempre a hurtadillas…, por la noche la enviaban pronto a la cama, pero ella prefería levantarse sigilosamente para escuchar lo que hablaban sus padres en el salón. Colocaba su gran oso de peluche debajo de las sábanas, de forma que pareciera que era ella quien seguía durmiendo, y se deslizaba escaleras abajo hasta el piso inferior donde sus padres descansaban a la luz de la chimenea.

Una vez solos, sus padres encendían la televisión, normalmente veían el telediario o algún debate de actualidad, su madre estaba con un ojo aquí y otro allá, escuchaba los noticiarios y además leía el periódico. Algunas noches, Adelaida se quedaba dormida detrás del sofá, el sonido de la tele la adormecía y si sus padres no conversaban, éste no tenía ningún interés para ella. “¡Qué aburrido!” pensaba, “no sé porqué se quedan aquí, en vez de subir a contarme un cuento o a hacerme cosquillas”.

Sin embargo, últimamente, sus padres hablaban entre ellos mucho más, entre noticia y noticia, pronunciaban frases cortas y alarmantes: “¡fíjate!” exclamaban, “¡mira, mira!” le decía su padre a su madre para que levantara la vista del periódico y la fijara en la pantalla, o su madre tocaba el hombro de su padre diciéndole, “escucha, te leo esto”. Adelaida no entendía nada, pero le gustaba oír sus voces, de vez en cuando, tras una exclamación de sorpresa o un suspiro profundo, alguno de los dos clamaba: “¡es la cruda realidad!”.

Pasaron las vacaciones y llegó de nuevo el otoño, Adelaida estaba muy contenta, no por el comienzo del nuevo curso, no, sino porque su padre, ahora, le acompañaba todos los días al colegio, e iba a recogerla, le preparaba la merienda, le ayudaba a estudiar, preparaba la cena pronto, antes de que su madre llegara del trabajo. ¡Estaba todos los días con ella!

Su madre, andaba muy seria, cuando llegaba a casa apagaba luces, cerraba bien los grifos, bajaba la potencia del calefactor y no dejaba de repetir después de cada acción: “hay que economizar, es la cruda realidad”.

Adelaida, mantenía su costumbre de acurrucarse con su abuela, ésta era una mujer de pocas palabras, pero muy sabia, intuyó enseguida lo que su nieta quería preguntarle, así que colocó un dedo delante de sus pequeños labios y le dijo: “eres muy pequeña todavía, es difícil de entender, la realidad es muy cruda”

La pequeña se quedó como había llegado, no entendía nada, sólo que existía algo que estaba muy crudo y debía ser difícil de digerir. Su padre por las tardes, mientras ella estudiaba, leía una de las partes del periódico con mucho interés: “Ofertas de empleo”, había conseguido descifrar de reojo, hacía circulitos con rotulador rojo y anotaba cosas en una libreta, al día siguiente, la libreta aparecía llena de tachones, así todas las tardes. En alguna ocasión, se llevaba las manos a la cabeza y se pasaba las palmas por los lados, despacio, después se levantaba, apretujaba el periódico hasta convertirlo en una bola y lo lanzaba al cubo de la basura.

Adelaida recogía los periódicos y los guardaba. Un sábado, mientras todos dormían aún, se dispuso a tomar cartas en el asunto, era una niña muy imaginativa y no podía parar quieta: calentó agua, la mezcló con cola, hizo una pasta, rompió las hojas de periódicos en tiras y las sumergió en la pasta, de esa manera consiguió papel maché, con éste realizó figuritas, bolas, cuencos, máscaras, que luego pintó… Mientras estaba en la cocina, cuando volvía a calentar agua en la olla para preparar más papel, entraron sus padres a los que había despertado el ruido inusual que provenía de la cocina, “pero…hija, ¿qué haces? le preguntaron sorprendidos, mientras contemplaban todos los bonitos objetos que su hija había modelado. Adelaida muy satisfecha, pues observaba una amplia sonrisa en la cara de sus padres, les dijo muy orgullosa: “¡cocinando la realidad!”.

Sus padres no entendían nada, la abuela que también se había levantado, contemplaba la escena desde la puerta. Pasados unos minutos, la emoción y las sonrisas fueron despareciendo de sus rostros, su madre retiró todos los cacharros, las figuritas, los objetos; limpió la cocina y se dispuso a preparar el desayuno. Su padre encendió la televisión. Adelaida se encontró de golpe muy triste y se arrimó a las faldas de su abuela abrazándose a ella, la abuela que comprendía muy bien a su pequeña nieta, le dijo: “espera, ve a tu habitación, voy a hablar con tus padres”. Los reunió a los dos y les dijo: “¿no entendéis lo que vuestra hija quiere hacer por vosotros? Tomaros un día de descanso, desconectar de vuestra realidad… Hay muchas realidades, la de vuestra niña es una de ellas, la vuestra otra”.

Su padre apagó la televisión, su madre volvió a colocar las figuritas, máscaras y objetos en la mesa y todos juntos, salieron de excursión. Pasaron un día maravilloso, Adelaida disfrutó en grande, comieron en el campo y fueron después a la feria, subió a las atracciones. La que más le gustó fue la noria, estaba entusiasmada, al bajar, su madre le dijo: “la noria es como la vida, da muchas vueltas… Todo se resolverá”. Adelaida se quedó pensativa, “¿qué tendrá que ver la noria con la vida?” apartó ese pensamiento de su cabeza, “los mayores…”, se dijo, y se marchó corriendo detrás de un gigante con enormes zancos de madera que iba repartiendo caramelos…

A. Ferri

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No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

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