Musa en promoción

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Quería escribir poesía,

huir de la vulgaridad,

pero las tareas ingratas

me hicieron abrir una lata

de atún para la merienda,

y fue al oír ese plaf

del bote de mayonesa

cuando más me carcomía

la hoja en blanco en la mesa.

 

En busca de distracción

esas canas que me asoman

dispuesta estuve a tapar

con tinte de L’oreal y,

una cosa lleva a la otra,

el lavabo con lejía

al rato resplandecía.

 

Como la inspiración no venía

unos cuantos pases más

y el suelo como un espejo,

ahora mismo lo dejo

y me pongo a teclear…

 

El tiempo pasa volando:

¿que hay hoy para cenar?

¡que hartazgo de mediocridad!

de nuevo el estómago a llenar

y los hados por sus fueros,

no hay quien escriba decente

con tanta faena pendiente.

 

Y eso que ayer en el hiper,

danzando entre estanterías

una ahogada psicofonía

me sonó cual el jackpot

cuando oí por el altavoz:

“promoción 3 x 2

salsas Musa

para el escritor”

 

A. Ferri

 

Imagen: Vista en L’Arte delle immagini

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A modo de confesión

emil cioran

A modo de confesión en Divaneos.com

“Sólo tengo ganas de escribir cuando me encuentro en un estado explosivo, enfebrecido o crispado, en un estupor metamorfoseado en frenesí, en un clima de ajuste de cuentas en el que las invectivas sustituyen a las bofetadas y a los golpes. De ordinario, la cosa comienza así: un ligero temblor que se hace cada vez más fuerte, como tras un insulto que se ha soportado sin responder. Expresión equivale a réplica tardía o a agresión diferida: yo escribo para no pasar al acto, para evitar una crisis. La expresión es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes y contra sí mismo. La indignación es menos un estado moral que un estado literario, es incluso el resorte de la inspiración. ¿Y la sabiduría? Es precisamente lo contrario. El sabio que hay en nosotros arruina todos nuestros ímpetus, es el saboteador que nos disminuye y paraliza, que acecha al loco que hay en nosotros para calmarle y comprometerle, para deshonrarle. ¿La inspiración? Un desequilibrio repentino, voluptuosidad irresistible de armarse o destruirse. Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal. Y sin embargo, durante largos años, me consideré como el único individuo sin defectos. Ese orgullo me resultó benéfico: me permitió emborronar papel. He dejado prácticamente de escribir en el momento en que, al sosegarse mi delirio, me he convertido en la víctima de una modestia perniciosa, nefasta para esa febrilidad de la que emanan las intuiciones y las verdades. Sólo puedo escribir cuando, habiéndome repentinamente abandonado el sentido del ridículo, me considero el comienzo y el fin de todo.

Escribir es una provocación, una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir. Rivalizar con Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: ésa es la hazaña del escritor, espécimen ambiguo, desgarrado y engreído que, liberado de su condición natural, se ha abandonado a un vértigo magnífico, desconcertante siempre, a veces odioso. Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión. ¡Lo supremo alcanzado mediante el vocablo, mediante el símbolo mismo de la fragilidad! Pero lo supremo se puede también alcanzar, curiosamente, a través de la ironía, a condición de que ésta, llegando hasta el extremo de su obra de demolición, dispense escalofríos de un dios autodestructor. Las palabras como agentes de un éxtasis al revés… Todo lo que es verdaderamente intenso participa del paraíso y del infierno, con la diferencia de que el primero sólo podemos entreverlo, mientras que el segundo tenemos la suerte de percibirlo y, más aún, de sentirlo. Existe una ventaja más notable aún, de la que el escritor posee el monopolio, la de poder desembarazarse de sus peligros. Sin la facultad de emborronar páginas, me pregunto qué hubiera sido de mí. Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. ¡Cuántos malestares, cuántos arrebatos siniestros no he superado yo gracias a ese remedio insustancial! Escribir es un vicio del que puede uno cansarse. A decir verdad, yo escribo cada vez menos, y acabaré sin duda por dejar de escribir totalmente, pues he dejado de encontrar el menor encanto a ese combate con los demás y conmigo mismo.
Cuando se aborda un tema, sea cual sea, se experimenta un sentimiento de plenitud, acompañado de una pizca de altivez. Fenómeno más extraño aún: esa sensación de superioridad cuando se evoca una figura que se admira. En medio de una frase, ¡con qué facilidad se cree uno el centro del mundo! Escribir y venerar se dan juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarle desde arriba. La escritura es la revancha de la criatura y su respuesta a una Creación chapucera.”
Emil Cioran

Humo

cortina de humo

 

Humo,

macilento

etéreo

 

Humo,

consensuado

diletante

huidizo

 

Humo,

calcinado

filisteo

 

Humo son los versos

no finalizados

que sin ser nacidos

duermen asesinados

por un sello.

 

Y los terminados,

piezas sueltas

buscando a tientas

asiento en la platea

del rompecabezas.

Cosidos con ojos

querrían ser mudos

pese a ser gritados,

de la mano van

con los inacabados.

 

Sombra lacerante

sabe camuflarse

entre conjeturas,

casi indetectable,

harto escurridizo,

siempre cavilante,

para despejarlo

basta un soplido

de tu aliento divino.

 

Humo es el pasado

como  fue el futuro,

pero no lo vemos

y ni humo tenemos.

 

A. Ferri

 

 

 

 

 

Balance

balance

 

Si la escritura es una catarsis

que mejor que hacer balance

de los logros conseguidos,

aquellos que han sido labrados

con los versos compartidos.

 

El valor de la amistad:

se puede confraternizar con

la esencia imperceptible,

aunque no medie por medio

ni una foto de perfil.

 

La tozuda perseverancia:

esa que te levanta

para que cumplas tus sueños

y pongas todo tu empeño

en continuar la labor.

 

La profunda convicción:

el amor es creación,

la pasión es el motor,

mejor mantener alejados

al odio y al resquemor.

 

Y el seguro convencimiento

de que el autoconocimiento

es la única manera

de mantenerse entera

entre las fuertes mareas.

 

Al igual que a compartir

es a lo que hemos venido aquí,

y la única manera de sobrevivir.

No sé si hay reencarnación,

paraíso celestial, ni cielo,

infierno o averno,

sólo que no hay nada más absurdo

que el afán de acaparar,

y que contra ese mal,

todavía no hay vacuna

ni pienso, la inventarán.

 

A. Ferri