¿Tiene paredes el espacio?

pared de Sloan

Los animales estaban sedientos, desde el almacén oía los resoplidos de los caballos y los bramidos de los elefantes. Dejó el martillo en la mesa y con cuidado de no pisar la tornillería que había dejado esparcida por el firme, salió dispuesto a arreglar la bomba del agua.

El jefe y su familia se habían marchado unos días de viaje. Decidió no llamarle, ya se enteraría cuando volviera. Probablemente los despidiera a los dos, no le importaba por él, pero… su compañero había perdido el brazo, el león se había ensañado y no quería soltarlo, tuvo que dispararle. Estaba muy bien adiestrado, no sabía que podía haber ocurrido, tal vez un despiste, un mal gesto, no quería pensarlo, ni el compañero daba crédito, semi inconsciente balbuceó algunas palabras tras el ataque, “…se me ha echado encima… nada más entrar…”

Por fin arregló el motor y comenzó a brotar el agua llegando a los abrevaderos de los animales, llevaban casi dos días sin beber. Pasó delante de la jaula de los tigres y de la del león, que estaba vacía; los caballos relinchaban, los elefantes todavía bebían, los monos le tiraban peladuras de naranjas por entre los barrotes que recogía para devolvérselas, no le molestaba aquel juego, aunque sabía que se mofaban de él.

Se refugió pronto en su caravana, estaba muy cansado, demasiadas emociones y además todo el trabajo atrasado. Al entrar lanzó un gruñido de fastidio: “¡las hormigas!”, olvidó lavar los platos del guisado de ternera del día anterior y una disciplinada hilera de insectos había llegado hasta el fregadero, invadiéndolo.

Prefirió dejarlas en paz y tumbarse en la cama cuanto antes. Esa noche tuvo suerte, saltando de canal en canal dio con El hombre de alcatraz, siempre le gustó esa película, tenía buenos momentos, sobre todo en la última parte: el preso y su carcelero encerrados en la misma isla, el hombre que le quitaba la libertad a su vez se privaba de la suya propia. Cuando terminó se quedó ojeando el folleto de los Testigos de Jehová que le habían ofrecido en la ciudad; el dibujo le resultaba atrayente, un niño rodeado de animales salvajes, sin actitud amenazadora, en armonía… “Precisamente –reflexionaba-, había tenido muestras de que los instintos de los animales siguen ahí aunque los hayamos domado, están programados para la supervivencia, deben matar para comer, en cualquier caso, la situación del dibujo sería un paraíso para los animales, pero… ¿y para el hombre?, ¿cesarían las guerras?, ¿viviría así en paz?, ¿para qué está programado el hombre? Si los animales convivieran pacíficamente con los hombres, me quedaría sin trabajo”, sentenció.

¡Ah¡ se había olvidado de las hormigas, la cama se había llenado de restos del bocadillo y los insectos estaban escalando hacia el botín. Se incorporó para echar un vistazo, tampoco había tantas, y de nuevo prefirió dejarlas: “¿habría jaulas para hormigas?, las hormigas se parecen a los hombres en su forma de organizarse -pensaba-, desde luego, son mucho más disciplinadas que nosotros y no organizan huelgas, ni manifestaciones, una gran ventaja para la hormiga reina… si ocurriera el fin del mundo, tal vez fueran ellas la especie superviviente… “

Incapaz de dormirse, entraba en un duermevela y despertaba con los picotazos de los insectos, los rugidos de los tigres traían consigo la imagen de su amigo atrapado entre las fauces del león, la estrechez de su caravana le atenazaba…; fuera, en la hamaca, se estaría mucho mejor… El fresco de la noche le acariciaba la cara, se durmió mirando el cielo, las estrellas, y pensando en el infinito… “¿tendrá paredes el espacio?”

A. Ferri

* Fotografía que recrea las macroestructuras del universo como la gran pared de Sloan.

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Quizás la ingravidez pulverice la tristeza

ingravidez

Quizás la ingravidez pulverice la tristeza, la rabia, la impotencia, quizás el primer hombre en la luna descubrió ese gran secreto, quizás las misiones a marte transporten en las bodegas, las angustias, las venganzas, las envidias, la codicia. Quizás los extraterrestres nos contemplen alucinados, ‘qué complicados, con lo fácil que sería que volaran de vez en cuando’. Quizás por eso lloramos cuando llegamos al mundo, en el primer cumpleaños insuflamos aire en los globos, llorando desconsolados si alguno es desinflado, continuamos en la niñez volando nuestras cometas, cuando somos adolescentes saltamos aguerridamente, en cataratas, en trampolines, desde los puentes, también desde balcones en los hoteles; con el tiempo y cantinelas, nos aferran bien a la tierra, contemplando boquiabiertos las hazañas de argonautas, los únicos autorizados por la asumida cordura a transitar por los sueños. Quizás todas las claves se encuentren en el espacio y allí nos estén esperando. Tal vez algún día la tierra en una gran vibración, nos expulse abruptamente, cansada de prodigar mimos a unos hijos consentidos.

A. Ferri

 

‘Según el astronauta Andrew Feustel, es imposible llorar en el espacio, pues la falta de gravedad impide que las lágrimas caigan, adhiriéndose dolorosamente en forma de pequeñas bolas a los ojos, hasta que adquieren el tamaño suficiente y se desprenden, admirando así el espectáculo de ver flotar tus propias lágrimas.’

 

* Imagen: autor Pulo, página http://loscuatroelementos.wordpress.com/