La máquina expendedora

expendedora

En las afueras del pueblo, junto a un erial, existe un punto limpio, ese sitio moderno para reciclar. Tras carnavales, a las puertas dejaron los mozos, procedente del desmantelado teatro, un curioso artefacto que portaban a hombros como en romería.

Era una vieja máquina expendedora, desmejorada, y según dicen en la plaza los ancianos del lugar, muy portentosa: verifica de un solo vistazo amores verdaderos, emitiendo certificados de eternidad; disuelve los cálculos mentales, desprecia el valor de las cosas e inutiliza las cajas registradoras.

Con los primeros vientos de la primavera corrió la noticia y en los amaneceres se forman largas colas para obtener visados de alegría antes de ir al trabajo. Con las penas, a final de mes realiza malabares, se traga los pesares y los metaboliza. Receta golosinas de autoestima, despide empatías con indemnización, segura que no sufrirá demanda alguna. Irradia confianza para el que la eche en falta, despliega verdadera compasión. Con tanto ajetreo, de vez en cuando se lee un cartel: “vuelvo en un rato”, pues se toma sus momentos de meditación; no pide nada a cambio, tan sólo da.

 La estafeta de correos recuperó su bella misión y junto a cartas del juzgado, recibos y facturas, manda, bajo su supervisión, besos oceánicos y abrazos siderales envasados al vacío en naves espaciales. La modista, retirada, volvió a la labor, recoge los patrones todos los días en el dispensador, para coser trajes a medida hilvanados con la valía y el color del aura del que los lleva encima.

Al atardecer, muda la piel, actúa de gramola, una luz anaranjada emite de su interior y con suave música ameniza los corrillos que se forman a su alrededor organizando bailes de asombro o de rock. Se mantiene serena toda la noche, realizando duplicados de llaves sin recargo que abren mares, olvidadas por cualquier lugar.

A oídos de alcaldía llegaron los prodigios y en pleno extraordinario se decretó otorgar partida presupuestaria para su arreglo y remodelación. Los habitantes del pequeño pueblo hicieron constar su desacuerdo, más las fuerzas del orden ejecutaron por sentencia judicial la fatídica reforma, escoltando una mañana al técnico asesor que colocó un moderno chip en su interior…desde ese día repite melancólica una irritante locución y… a cambio de unas míseras monedas, vende tabaco.

A. Ferri

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Abrir la boca

bandada

Las miserias se ocultan, las miserias son como inocentes niños que juegan al escondite, siempre encuentran un pretexto para ocultar su vergüenza y más las recién sucumbidas, se disfrazan con depresión, y se encierran en casa para que nadie las vea, con la perdida esperanza de que, al creerse invisibles, tal vez se desvanezcan. Un día abrirán la boca y no dejarán de gritar. Chillarán tanto y tan fuerte como puedan, hasta que rompan los cristales de los acuarios, hasta despegar uno por uno los relumbrantes mosaicos de los costosos nuevos monumentos, como el trencadís del Oceanográfico; hasta que estallen en pedazos los leones del Congreso, con sus fauces abiertas y amenazadoras, custodiando las balas de cañón con que se libra la batalla de la economía todos los días con los reales decretos, edictos, reglamentos y ordenanzas; hasta que restallen las pantallas de plasma con la ayuda de su carga de mentiras, cinismo e hipocresía; hasta que sofoquen todos los incendios provocados y las cenizas grises inunden las casas de lujo de los gobernantes que los inician. De momento las bocas de las miserias se mantienen cerradas, para que no entren las moscas, mosquitos o las abejas, desaparecidas también por arte del cambio climático, que salen en bandadas de sus refugios al abrir la tapa de los contenedores de basura donde depositamos los desperdicios de nuestra mascada y deglutida impotencia, formando un volador aguijón compuesto de miles de individuos que intentan dar en la diana de los podridos corazones de los que se hartan de comer con el hambre de otros.

A. Ferri