Debe haber

dara scully

 

Debe haber

un jeroglífico, un libro

laberíntico, una página de

soluciones arrancada

 

Debe haber

un código fuente, una biblioteca

inmensa, un manuscrito escrito

con tintas invisibles

 

Debería haber

un interruptor, un pulsador,

una salida de emergencia

un cuadrado alternativo

a la rayuela, para lanzar

la última piedra de la infancia

en ese momento que abre sus fauces

el cruel discernimiento de la linea

que separa la vida de la muerte.

 

A. Ferri

 

* Fotografía de Dara Scully, “¿Puedes escuchar mi corazón?”

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Prototipos

fiddle oak', Zev

En la caja de los sueños donde flotan

hologramas de tu estampa,

tras vidrieras desarmadas sin dejar huellas,

entre olas como escamas de dragones

custodiando los tesoros de la infancia,

caballeros de madera a lomos de cuadrúpedos

simulados con las pinzas de la ropa

vigilan la flota de hojalata,

los aviones bimotores y las lanchas,

y las fieras de peluche, mejor premio

que un tazón con cacao y caramelo,

se deslunan en mohín teatrero

tras las ingrávidas lágrimas del tendedero.

 

Y en el pasillo donde aparecía Kafka,

todavía suenan los acordes de guitarra

que cantábais quedo: S pee dy Gon za les…

y se huelen los perfumes de pañuelos

embolsados con ahínco como primer sueldo

gasolina propulsora de gastadas utopías

de sal, de arena y rizados cabellos, de jóvenes bucaneros.

El maestro relojero que me descifró las horas

y a hacer bolas insuflando aire en los carrillos,

a saltar desde pasarelas de locomotoras en marcha,

era un niño atrapado en batallas no libradas, en saltos desde cataratas,

en terribles alaridos de hospitales y cartas que no llegaban

tan pequeño como yo en aquella foto:

un garbanzo junto a un gigante conectados por las manos,

prototipos de fornidos elefantes que volaban con estacas.

A. Ferri

* Imagen: Autorretratos surrealistas que realizan Zev ‘fiddle oak’, de 14 años y su hermana de 17.

Test de Rorschach

pelikan

Ya no hay papeles secantes
con reversos del test de Rorschach,
hongos con techos a topos
y enanos con hebillas gigantes.
Ya no hay lápices de colores
con olor a bosque y pino.
Ya no hay pegamento entero
ni medio de conseguirlo.
Ya no hay acero en la punta
de la lengua,
ni muñecas recortables
ni sofás de poliespán
ni fragatas indomables
ni margaritas de acuarela
ni tulipanes de cartón piedra.

Ahora hay escafandras
repletas de problemas,
botas con suela de plomo,
bufandas de nudos de corbata,
broches que pellizcan las arterias,
cremas que simulan las sonrisas
y otras de colágeno que rellenan.

Y entre un tiempo y otro hubo
sueños muchos sueños,
esperanzas y anhelos,
pero que traicionera es la memoria,
de tantos buenos momentos de ahí en medio
no me acuerdo.

A. Ferri