Musa en promoción

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Quería escribir poesía,

huir de la vulgaridad,

pero las tareas ingratas

me hicieron abrir una lata

de atún para la merienda,

y fue al oír ese plaf

del bote de mayonesa

cuando más me carcomía

la hoja en blanco en la mesa.

 

En busca de distracción

esas canas que me asoman

dispuesta estuve a tapar

con tinte de L’oreal y,

una cosa lleva a la otra,

el lavabo con lejía

al rato resplandecía.

 

Como la inspiración no venía

unos cuantos pases más

y el suelo como un espejo,

ahora mismo lo dejo

y me pongo a teclear…

 

El tiempo pasa volando:

¿que hay hoy para cenar?

¡que hartazgo de mediocridad!

de nuevo el estómago a llenar

y los hados por sus fueros,

no hay quien escriba decente

con tanta faena pendiente.

 

Y eso que ayer en el hiper,

danzando entre estanterías

una ahogada psicofonía

me sonó cual el jackpot

cuando oí por el altavoz:

“promoción 3 x 2

salsas Musa

para el escritor”

 

A. Ferri

 

Imagen: Vista en L’Arte delle immagini

Raptado por las musas, un artículo de Javier Gomá Lanzón

Volando_hacia_el_pasado_by_l2uisu

Raptado por las musas
La vocación literaria es una mezcla de visión y misión destinada a ordenar el caos de la vida.

 

Hay un hecho notorio y universal que reclama una buena explicación: por qué determinadas personas dedican las mejores horas del día, los mejores días del año y los mejores años de su vida a producir algo que nadie les ha pedido, sin que el éxito social, los requerimientos de la conciencia, el anhelo de fama o el enriquecimiento económico constituyan nunca la motivación principal. El hecho suele ser designado con la palabravocación. Y necesita explicación porque es mencionado, invocado o apelado a cada paso por quienes lo experimentan en el interior de su personalidad —poetas, pintores, compositores, creadores, artistas, pensadores—, pero muy rara vez ha sido objeto de meditación filosófica.

1 La vocación se compone de dos momentos: visio y missio (visión y misión). Lo que perciben nuestros sentidos no tiene sentido. Nuestra experiencia del mundo es caótica, fragmentaria, y no logra conformar una unidad significativa. El mundo se parece a un puzle de mil piezas del que solo un pequeño número de ellas —cien, doscientas— estuvieran ya colocadas en su sitio. A veces, a la vista de esas pocas piezas, uno cree adivinar fugazmente, insinuado, el conjunto, pero esa promesa resulta pronto desmentida por una abrumadora experiencia del absurdo y del sinsentido de la vida. Pues bien, hay determinadas personas que sí tienen la visión del puzle entero —la imagen del paisaje, el retrato, el edificio— porque son capaces de completar con su imaginación los huecos de las piezas sin colocar. A esa visión se refería Rafael de Urbino cuando decía que, antes de pintar un cuadro, se formaba en su mente “una cierta idea del todo”.

Quien tiene esta “idea del todo” siente dentro de sí el apremio de producir un objeto que la incorpore y le dé soporte para así evitar que se pierda, como las demás cosas humanas, arrastrada por la corriente del tiempo. Este producir se dice en griego antiguo poiesis: un producir un objeto —un cuadro, una escultura, una sinfonía, un poema, un sistema filosófico— que no persigue función utilitaria alguna excepto la de prestar consistencia, coherencia, fijeza y perduración a la visio y así ponerla con carácter permanente a disposición de uno mismo y los demás. He aquí el segundo momento de la vocación: la missio. La ansiedad por crear el objeto puede llegar a ser extremadamente absorbente, tiránica y rapiñadora. En este sentido, la vocación constituye una anomalía vital y un objetivo empobrecimiento: supone la activación de todas las facultades, capacidades y potencias humanas en la dirección de una —una sola— de las muchas posibilidades que ofrece la exuberancia vital; a cambio, una inmensa concentración de energías.

La juventud predispone a la visión mientras que solo en la edad madura se está en condiciones de sustanciar la misión

2 Los griegos, ese pueblo dotado como ninguno para dar plasticidad a los conceptos más abstractos, representaron el doble momento de la vocación como un rapto de las Musas. En la Antigüedad se registran casos de secuestros perpetrados por unas Musas que pueden llegar a ser posesivas de una manera casi violenta. Sus presas se sienten, se lee en el verso de las Geórgicas de Virgilio, heridas de un amor sin límites. “El que es raptado por las Musas (mousóleptos) es el poeta genuino, en contraposición al poeta artífice”, escribe Walter Otto en su célebre estudio Las Musas. El origen divino del canto y del mito.

El raptado vivencia su secuestro como una llamada a servir a la obra que se gesta lentamente en su interior, como si estuviera preñado de una idea o de un nudo embrionario de ellas durante largos años y debiera consagrar la entera organización de su existencia a la misión de preparar y asegurar el feliz alumbramiento. A fin de que el objeto se forme orgánica y sistemáticamente en su estricta objetividad el raptado renuncia a una biografía interesante y acepta estar en el mundo siempre de paso, como los pastores, sin deshacer nunca la maleta, a la defensiva de cualquier novedad que distraiga la atención de su carga gravosa pero amada, sin sorprender a nadie y también sin dejarse sorprender. Para quien ha tenido la visión raptadora, todo permanece en vilo mientras esta se materializa. Cuanto le ocurre, siente o experimenta reviste valor solo en tanto contribuye a clarificar la visión iluminadora. En el pecho del mousóleptos se agita una auténtica emoción poética, pero la suya se parece más a una pasión fría porque se orienta hacia la generalidad abstracta del mundo sin llegar a concretarse en nada ni en nadie. No le queda más remedio que resignarse a una relación solo mediata con las cosas buenas y hermosas del mundo: se diría que las ve a través de un cristal, como el presidiario a las visitas en horas reglamentarias, o que las besa a través de un pañuelo, y todas las personas, incluso las más queridas, se limitan a posar teatralmente como haría un modelo ante el pintor que lo retrata. El universo entero en función de la obra, la cual a su vez contiene la totalidad del universo entrevisto. De ahí que, para quien conoce la fuerza de la auténtica vocación, resulte tan incomprensible que algunos escritores, como Borges, presuman de los libros que han leído por encima de los que han escrito. No: el mundo estimará en más o en menos la obra producida, pero al autor le va la vida en su obra, si de verdad ha sabido dar cuerpo en ella a su visión.

Contrariamente a lo

que suele pensarse,

la vocación, que sí es egocéntrica, no tiene

ni un ápice de egoísta

Conviene destacar el hecho de que solo se logra con éxito la producción del objeto si este adquiere una objetividad independiente del yo que la produce. La juventud predispone a la visio mientras que solo en la edad madura se está en condiciones de sustanciar la missio. La autoposesión, el narcisismo, el subjetivismo extremo y libre de compromisos característicos de la adolescencia a veces suscitan una actitud favorable a la aparición de las Musas pero, en cambio, contra lo que sugiere el estereotipo romántico, no ayudan en absoluto al duro trabajo en la obra. Es muy frecuente que la emoción inicialmente sentida solo pueda objetivarse en obra y recibir la forma que esta requiere una vez hecha la transición a la madurez, en pleno trasiego y ruidoso alboroto de la casa fundada y el aprendizaje de una profesión con la que ganarse la vida. En efecto, solo puede producir algo quien conoce las reglas del oficio de que se trate, lo cual acontece en la mayoría de los casos durante esa edad adulta, cuando se adquieren las habilidades técnicas y la disciplina requeridas para que la obra se perfeccione con la deseable autonomía, y el arte de producir música, pintura, edificios o textos no constituye en esto una excepción al resto de los oficios. Pero es que además, en un plano moral, la confección de una obra solo es posible para quien consiente en humillar su yo y deja en su interior espacio para el acto de comunicación inmanente a la naturaleza del arte. Contrariamente a lo que suele pensarse, la vocación, que sí es egocéntrica, no tiene ni un ápice de egoísta. Egocéntrica sí, porque el raptado ha de cultivar su yo como nido donde se incuba demoradamente la obra, robando tiempo y atención a todo lo demás; pero una vez así ensimismado, no se complace estérilmente en el sentimiento estético-oceánico de su existencia sino que, entrenado en la cotidiana y ascética alienación del yo, ha de eclipsarse en favor de la obra.

3 El objeto elegido para dar forma a la visión determina el tipo de vocación. Si el objeto es un lienzo, se es un pintor; si un pentagrama, un compositor; si la piedra, un escultor. Es literaria aquella vocación que elige como objeto la producción de un texto. De igual manera que un pintor percibe un magnetismo en la asociación de unos particulares colores o el compositor descubre la necesidad interior de una concreta secuencia de notas musicales, así el escritor es aquella persona que ha desarrollado un sentido para aprehender el campo de fuerzas que generan dos o más palabras cuando se ponen cerca y del que carecen por separado. El escritor, en resumidas cuentas, no es otra cosa que unjuntapalabras y su arte reside en juntarlas con acierto. Con motivo Malherbe, hastiado de la ampulosidad verbosa de la Pléiade, se autorretrató modestamente como un “arrangeur de syllabes”. Todo literato emula al Adán que en el primer día puso nombre a las cosas (Génesis 2, 20). A ese don cantó Juan Ramón Jiménez en su poema deEternidades: “¡Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas! / …Que mi palabra sea / la cosa misma, / creada por mí nuevamente”. El mérito, el poder y la virtud del escritor descansan en las concretas palabras escogidas y el orden preciso en el que las ha dispuesto para que resulten eficaces en su designio poético. La literalidad encierra la esencia de lo literario y por eso el auténtico texto de literatura —el poema, la novela, el ensayo— no se deja resumir, compendiar o parafrasear.

Desde esta perspectiva, la filosofía es solo una especie dentro del género literario. Una filosofía sin visio y sin missio —sin vocación literaria— puede ser la obra de un profesor de filosofía, un maestro, un editor, un filólogo, un traductor, un divulgador, todo ello incluso en grado eminente, pero no propiamente la de un filósofo. La visión hace nacer en este una emoción abstracta hacia lo contemplado que bien puede denominarse eros. Poetizar es celebrar esa emoción con versos, relatos o representaciones dramáticas; filosofar es definir esa misma emoción erótica con conceptos y categorías. En ambos casos, “una cierta idea del todo” desencadena el proceso arrollador. La tarea del filósofo consiste en la dura conversión del eros en concepto y este en palabra y luego en texto sistemático. Entre los modernos, ha sido Max Scheler quien de modo más convincente, en La esencia de la filosofía y la condición moral del conocer filosófico, ha argüido acerca de cómo la filosofía se sostiene siempre sobre una previa emoción erótica. Pero, como se ha dicho, ya los griegos antiguos, que tendían siempre al antropomorfismo, personificaron el despertar de este específico deseo amoroso en el secuestro de las Musas, las cuales, escribe Platón en elFedro, “se hacen con un alma tierna e impecable despertándola y alentándola hacia cantos y toda clase de poesía”. No es casual que para el Sócrates del Fedón la filosofía sea justamente el arte de las Musas por excelencia: megíste mousiké, la llama con orgullo.

La literalidad encierra

la esencia de lo literario. Por eso el auténtico poema o novela o ensayo no se dejan parafrasear

4 Lo sentado anteriormente autoriza a seleccionar del canon algunos ejemplos de vocación literaria sin distinguir entre literatura y filosofía y dando a literatos y filósofos un tratamiento indistinto. La visión suele tener en ambos casos el carácter de una revelación en la que predomina el elemento de la luminosidad. Pero unas veces la luz proviene de un fuego abrasador, consuntivo, y otras de una llama cálida, gozosa, vivificadora.

Entre las experiencias abrasivas destaca la de Pascal. Fallecido el filósofo, un criado halló en el forro de su levita una estrecha tira de pergamino. Estaba datada el lunes, 23 de noviembre de 1654, “a partir de las diez y media de la noche aproximadamente hasta cerca de media hora después de la media noche”. Durante esas dos horas a Pascal le sobrevino una visión extática que el pergamino manuscrito trata de verbalizar. El luego llamado Memorial empieza con la palabra “feu”, el fuego de un Dios bíblico de vivos contrapuesto al Dios fosilizado de la filosofía y la teología. En el otro extremo se situaría James Joyce. Durante su último curso en el Belvedere College, 1897-1898, contando 16 años, el prefecto de estudios le sugirió la posibilidad de ingresar en la Compañía de Jesús. Pocos días después, tuvo lugar la escena recreada en Retrato del artista adolescente, la ruptura definitiva con la Iglesia católica y la afirmación de su vocación artística precipitadas por una suerte de éxtasis inverso: “Su alma se acababa de levantar de la tumba de su adolescencia, apartado de sí sus vestiduras mortuorias. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Encarnaría altivamente en la libertad y el poder de su alma un ser vivo, nuevo y alado y bello, impalpable, imperecedero”. La visión asume en Joyce la figura de una hermosa muchacha a la que contempla en el puerto mirando el mar, con las faldas arremangadas y moviendo las aguas distraídamente con el pie, encarnación de aquella “profana perfección de la humanidad” (Yeats). “¡Dios del cielo! —exclamó el alma de Stephen en un estallido de pagana alegría”. “Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida. Un ángel salvaje se le había aparecido, el ángel salvaje de la juventud mortal”.

Hay epifanías que acontecen sentado, como le sucedió a Descartes. Otras, andando, como a Rousseau

Hay epifanías que acontecen sentado, otras andando y otras en estado de espera. Entre las primeras, la de Descartes en la noche del 10 al 11 de noviembre de 1619, a la edad de 23, durante un descanso de la guerra de los 30 años, en las cercanías del Ulm junto al Danubio: “Y observando que esta verdad: pienso, luego existo, es tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando”, referirá años más tarde Descartes en su Discurso del método. Entre sus papeles póstumos figura una anotación con la fecha trascendental y este comentario a su lado: “…mientras estaba lleno de entusiasmo y descubría los fundamentos de una ciencia maravillosa”.

La visión de Rousseau fue, en cambio, de las ambulatorias. Una tarde de 1749 iba a visitar a su amigo Diderot, preso, y mientras caminaba leía las bases de un concurso convocado por la Academia de Dijon. De pronto le envolvió, como un relámpago, lo que él en las Confesionesbautizó como “la iluminación de Vincennes”. Su conciencia atravesó un momento de lucidez prodigiosa, las ideas se le agolpaban a una velocidad muy superior a su capacidad de asimilación, pero la intuición central permanecía: el progreso de los pueblos exaltado por su siglo ilustrado no existe, porque el hombre nace bueno y la civilización lo corrompe: aquí se halla la almendra de toda su vasta producción posterior.

Por último, a Proust le sorprendió la visión unitaria del ciclo En busca del tiempo perdido en la biblioteca del hotel del príncipe de Guermantes mientras esperaba que terminase el concierto. Allí encadenó tres o cuatro “resurrecciones de la memoria”, dos losas desajustadas, el tintineo de una cuchara chocando contra un plato, la tiesura almidonada de una servilleta o el ruido estridente de una cañería —momentos del presente capaces de evocar recuerdos del pasado a los que la imaginación halla alguna analogía—, que produjeron en Proust la sensación felicísima de elevar a un plano supratemporal el tiempo perdido y por esa vía recuperarlo y rescatarlo de la muerte. Ese fue su “día más bello” —confiesa en el último tomo de su obra—, aquel “en el que se alumbraban de pronto no solo los antiguos tanteos de mi pensamiento, sino hasta la finalidad de mi vida y acaso del arte”.

 

Labor de nómadas

Los aspectos complementarios de la visio —fascinante y terrible al tiempo— ya se encuentran en dos de los primeros casos de vocación literaria registrados en la historia de la humanidad. Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro cuando, al llegar al monte Horeb, una zarza ardiendo le habló y le envió a los hombres con una misión literaria: la composición de las leyes para el pueblo elegido (Éxodo 3). Por su parte, Hesíodo, pastor de ovejas, se hallaba apacentando su rebaño al pie del monte Helicón cuando, según refiere en el arranque de su Teogonía, se le aproximaron por sorpresa las Musas formando bellos y deliciosos coros; tras ungirle como poeta entregándole una rama de laurel, cumplieron los dos rituales de la vocación: le revelaron una visión del mundo y le encargaron que la difundiera con su canto, infundiéndole para ello ese dulce don que solo poseen ellas. La escena bíblica destaca el aspecto llameante de la vocación mientras que la griega realza su gracia y encantamiento. En ambos casos, a la epifanía sigue la urgencia literaria de producir un documento que ordene la visión sobrevenida y le preste una forma perdurable (Teogonía, Pentateuco); en ambos casos también el favorecido por la visión es sorprendido en faenas de pastoreo: se diría que es propicia a la vocación esa existencia nómada y disponible, sin arraigar en ningún sitio fijo y sin compromiso, errante con sus ovejas.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/08/14/actualidad/1376490445_764781.html

* Imagen: Volando hacia el pasado de l2uisu

Añoranza

Vladimir Kush

De algún misterioso lugar

tomé prestadas palabras

que acudían en tropel

dispuestas a ser ordenadas:

unas veces como relato,

otras como poesía,

como crónica o como cuento,

como opinión o parodia,

igual me daba la forma.

.

El torrente se aquietó,

pasó a segundo plano…

suena el murmullo lejano,

quedaron silenciosas voces

atrapadas en papel imaginario

¡si algún día volaran de nuevo!

.

Desvestidas de entusiasmo,

afloraron sin esfuerzo,

¡de la guía generosa

viajaron con tal fuerza

que descarrilaba al ímpetu¡

Remolino incontrolable

de afilada concreción,

pugnando por despuntar

la verdadera emoción.

.

Se entregaron convencidas

de formar el paraíso,

ahora yacen dormidas,

descansan un sueño profundo,

no es la misión de la luz

deslumbrar al que acompaña,

sino mostrarle el camino.

.

A. Ferri

* Pintura: Vladimir Kush

Iré a buscarte donde sea

Mariposas

Anhelo esos instantes en que me visitaste,
cargada de regalos envueltos en palabras,
de ideas que accionaban altavoces,
pintaban las sombrías esquinas de la estancia
y encendían con irrealidad una bola de cristal.

Tras el almuerzo, ni una mirada al sofá,
seguíamos conversando impelidas
por un extraño ímpetu que agitaba el corazón,
miles de mariposas revoloteaban en la mente,
lanzando chiribitas la mirada.

Nuevas conexiones se abrían paso
y relacionaban lo vivido
con lo visto o leído,
percibiendo un oculto sentido
con una fuerza inaprensible
que desafiaba y retaba
a quien se interpusiese en su camino,
incluyéndonos a nosotras mismas,
éramos dos autómatas encadenadas
sirviendo al mejor de los genios.

Todo bullía alrededor,
los árboles muertos cobraban vida,
las islas perdidas estaban habitadas,
los niños eran más sabios que sus abuelos y
se mecían con ellos,
los animales hablaban
y los días eran sólo poesía.

Con ella me había armado hasta los dientes,
veía a través de su lanzadera un mundo nuevo,
diferente,
un mundo decadente, sí,
que se reconstruye eternamente,
donde cobraba sentido mi existencia;
descorrí la cortina de la indiferencia y
creyendo manejar la tramoya,
me sentí poderosa, invencible,
pues había despertado del engaño
comprendiendo que vivía mientras soñaba
y debía vivir escribiendo.

Hasta que un día, o en una hora,
o en un segundo cedí de nuevo,
se marchó contigo la intuición,
se rompió el hilo del encanto
y sin violencia, ni demora,
como el crudo se adhiere a la arena,
se apoderó de mis venas el hastío,
la desilusión, como una anemia corrosiva
que hace su camino interior
sin ningún apreciable signo exterior,
más que los sueños que me despiertan con vehemencia
para que cese de rechinar los dientes.

Y no sé qué hice para que vinieras,
ni me arrepiento de que así fuera…
si no vuelves iré a buscarte donde sea,
si es que en algún sitio estás
y tu nombre es en verdad
‘inspiración’.

A. Ferri

Por debajo de la puerta

Por debajo de la puerta

Cuando las palabras no bastan, cuando las palabras no encajan, cuando no brotan, cuando se resisten -después de haber sido tan magnánimas-, y no se muestran, pues la alquimia ha volado hacia otra parte y, en el empecinamiento de estrujarlas, de exprimir su jugo, ha quedado el pozo seco, hambriento de experiencia. Así, afligida, te vences, dejando a un lado la terquedad, para por fin comprender que nunca fuiste patrona de ellas, pues no rinden reverencia a ningún tirano, se deslizan y vagan de boca en boca, de mente en mente, buscando a los auténticos voceros poseídos por la magia del momento; afortunados ellos, por un instante se creen sus dueños, tocados por la gracia del ingenio. Descubres que no son suficientes, que no son importantes, pues reclaman su esencia, mostrándose como simples sonidos y letras, sucesión de vocales y consonantes, repetidas una y otra vez, que pierden el sentido y se transforman en grotescas onomatopeyas parodiando tu intento vano de aprehender lo indescifrable.

Entonces en un amago de congraciarte, aunque sólo sea por un segundo -si deciden concederte su favor-, ejercitas, barajas las cartas y repartes, comprendiendo, que no las domarás con los deberes, pues son libres de andar por donde quieran, navegar por el espacio etéreo tocando con su estrella a aquellos que las llaman con verdadera devoción, para palpitar en sus corazones agitados, bombeando la energía y luz que alumbra la oscura materia dormida en los hilos neuronales que se forman con los destellos percibidos de, tal vez, la verdadera sabiduría, el misterio nunca revelado que juega gentilmente a enseñar la punta de los dedos por debajo de la puerta.

A. Ferri

* Imagen: Fotograma de la película Mulholland Drive de David Lynch en http://norocksolo.com/pierrick-sorin-o-de-como-alicia-atraveso-el-espejo/

Palabras esquivas

Flotar en el mar muerto

Tantas palabras esquivas flotando en un laberinto, laberinto de cristal, con muros invisibles, donde esperan agazapadas, algunas afiladas aunque no quieren herir, amables pero almidonadas, tersas y ásperas al tiempo, crudas y rudas, navegan enmascaradas ansiando encontrar la salida. Tantas ideas alertas girando en un torbellino, huracán adormilado en cuanto llega el verano, atascadas en un sumidero recobrarán nuevo brío en la próxima temporada, cuando los ciclones refresquen la corteza cerebral. Tantas frases nunca dichas ‘afonadas’ en los pulmones esperando inspiración, la próspera ocasión, el altavoz de los sentidos que ahora está en modo ‘off’. Nada que decir, nada que escribir, todo por vivir.

A. Ferri

* Afonar: ‘hundir’, ‘llevar al fondo’ en valenciano

y Áfono: que no tiene sonoridad. Afónico.

Imagen: ‘Flotando en el mar muerto’

¡Adiós, ingrato!

Había oído hablar muchas veces de “el miedo a la hoja en blanco”. Lo había visto escenificado en diversas películas, la agobiante y muda parálisis de artistas o escritores en el inicio del proceso de creación, a punto de comenzar su obra. Sin embargo, la escena fílmica que más le aterraba era aquella de “El resplandor” en que la joven protagonista descubre que su cada vez más irascible marido ha estado tecleando, repetida y compulsivamente, la misma frase en todas las hojas del montón de folios que se suponía debía contener su próxima novela.

Afortunadamente, nunca había experimentado una situación parecida. Amaba las hojas en blanco, contemplaba los paquetes de folios de su estantería con gran alivio, sabía que estaban ahí, disciplinadamente empaquetados, esperando a que los llenara de palabras, rimas, frases, párrafos, puntos y comas, de historias que dotarían a cada uno de ellos de una personalidad única, todos iguales pero diferentes gracias a él.

El apego era mutuo, no sin cierto temor, pues los folios habían visto con sus propios ojos, cómo si el resultado no era el esperado, la ira de su protector los hacía trizas, acabando con muchos de ellos concienzudamente, rotos en pedacitos y tirados a la papelera; era muy meticuloso, rompía los folios uno por uno, los desgarraba, hasta convertirlos en minúsculos trozos de no más de uno o dos centímetros de diámetro, sin dejar entera una sola palabra.

Una tarde hubo mucho trajín en la casa, desde la estantería del despacho se oían los golpes sordos de pesados paquetes dejados caer, con mucho cuidado, sobre el parquet de la entrada. Los folios se morían por saber qué ocurría, pero el peso de unos con otros los paralizaba. Afortunadamente, uno de ellos había quedado enganchado, tan sólo por una esquina, en el rodillo de la máquina de escribir; todos lo animaron a hacer el esfuerzo de soltarse y ayudado por una ráfaga repentina de viento voló con gran ímpetu hacia el pasillo.

Desde mitad del corredor se veía perfectamente la entrada del piso, grandes cajas de cartón reposaban en el suelo y el escritor las iba abriendo con gran expectación. Al decidido folio no le hizo falta ver el contenido, las imágenes en el embalaje ya presagiaban su terrible destino y, sobre todo, el fatal desenlace que le esperaba a su querida amiga, la vieja máquina de escribir. Ayudado por otra fuerte ventolera volvió rápidamente al despacho alertando a los demás. Un terrible helor recorrió cada una de las diminutas partículas de su celulosa, después temblaron presos del pánico y, finalmente, una incontenible furia se apoderó de todos ellos. La vieja máquina de escribir soltó un quejido desgarrador, el rodillo dio unas vueltas frenéticas sobre sí mismo y la cinta se desenrolló casi por completo saliendo de sus ejes. Sintieron una pena infinita al contemplar el sufrimiento de su vieja amiga, “doña teclas” la llamaban, por ser gruñona y quejicosa, aunque ésta vez con toda la razón del mundo. Decidieron vengar a su anciana amiga, ella no se podía mover de su emplazamiento, era demasiado pesada, así que, haciendo un esfuerzo sobremanera, se fueron deslizando poco a poco, resbalando del paquete que los contenía, hasta caer desparramados por el suelo de la habitación. Una definitiva ráfaga de viento huracanado, presagio de una poderosa tormenta, los ayudó a escapar, salieron todos volando y abandonaron despechados, la casa donde tan servicialmente habían habitado hasta ahora.

Ajeno a la revolución originada, el escritor fue trasladando al despacho las cajas. Lo primero era hacer sitio en la mesa, agarró bruscamente a la vieja máquina de escribir para depositarla en el fondo de un armario. Emplazó en el lugar elegido el ordenador, la pantalla, el teclado, la impresora… Cuando hubo terminado, se distanció un paso de la mesa y con los brazos en jarras, contempló los nuevos artilugios con gran satisfacción disponiéndose a encenderlos, estaba impaciente por comenzar a escribir…

… Un tremendo estruendo, seguido de numerosos rayos y relámpagos, retumbó por toda la casa, las luces se apagaron y todo quedó a oscuras. Corrió a la cocina a por velas, debía enviar su relato a la editorial hoy mismo por medio del correo electrónico, se había entretenido demasiado en el centro comercial y el tiempo se le había echado encima, lo escribiría a máquina, como siempre, y lo enviaría por mensajería urgente, no tenía tiempo para esperar a que volviera la luz. Se acercó a la estantería alumbrándose con el pequeño fulgor de una llama, “¡no podía ser!, ¿dónde estaban sus folios?”, un escalofrío recorrió su columna vertebral de principio a fin, un helado sudor comenzó a gotear por sus sienes. Ruidosamente revolvió toda la habitación, casi a tientas, sin encontrar mas que paquetes vacíos. La desesperación se apoderó de él; giraba sobre sí mismo incrédulo, comenzando un baile diabólico, cuando… oyó un crujido bajo sus pies, se agachó esperanzado y a la luz de la vela pudo leer en una hoja escrito repetidamente, cubriendo hasta el borde mismo del folio, sin márgenes, ni derecho, ni izquierdo, ni superior, ni inferior: “Adiós, ingrato. Adiós, ingrato. Adiós, ingrato. Adiós, ingrato…”

A. Ferri

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