Remanso

amanece

Supongo que es cíclico y repetitivo, son sensaciones ya familiares, síntomas conocidos… adormecimiento, entumecimiento… que acompañan, como no, al frío, junto con una anhelante sensación de poder hibernar como el oso blanco para despertar con un gran bostezo y crujir de huesos el primer día de primavera, pues todo el tiempo pasado en invierno es nulo, inaprovechable.

 Me despierto al amanecer y contemplo alucinada el cielo rojo anaranjado, portentoso. Durante los cinco minutos que desde arriba de la casa observo estática el prodigio, me recargo con esa visión: los incipientes rayos de luz son succionados por mis pupilas hambrientas de portento, las nubes teñidas y el contraste del contorno del paisaje gris ceniza recortado en tan esplendoroso espectáculo es una obra de arte; poco a poco van adquiriendo las sombras su color acostumbrado, las hojas de la palmera, las escasas flores de los almendros, las elevadas ramas del olmo, y las motas de los cítricos.

 Al terminar el desayuno, desde la planta baja, en el exterior el valle va recuperando su forma totalmente, mi vehículo, también verde oliva, camuflado sin contraste con los setos, me espera para conducirme a otro escenario cotidiano; con varias capas de ropa, hasta que la calefacción haga efecto, andando como una exploradora espacial en cualquier planeta marciano por el efecto de las apretadas botas y el grueso anorak, emprendo el viaje y en un repecho del camino, en el que la carretera se eleva de nuevo, puedo contemplar fugazmente otra vez, el magnífico escenario del amanecer, el único momento del día en que se apagan mis pensamientos, me dejan descansar los sueños y que dura tan sólo unos instantes, por los que merece la pena interpretar de nuevo la función hasta la mañana siguiente… y si al caer la noche, con un poco de suerte y algo de empeño, consigo describirlo con unas cuantas palabras, entonces el regocijo será doble, y así conseguiré atrapar un poquito de luz y algo de tibio calor que me reconforte de los días helados y mansos hasta que llegue la primavera.

A. Ferri

Los Reyes Magos

Erase una vez un niño muy triste, era un niño meditabundo,
muy correcto y educado, pero… no creía en los Reyes Magos.
Lo peor de la cuestión no era que fuera ya mayor,
es que nunca había sentido esa ilusión.

Para comprender su situación,
hay que retroceder un montón.
Eran muchos de familia, siete hermanos:
cinco niños, dos niñas;
tres adultos: el padre, la madre y el abuelo.
Mucha gente, muchos gastos y muchas bocas en el plato.

El niño era el mayor de sus hermanos,
por lo menos se libraba de heredar ropa y calzados.
Los pequeños de vez en cuando, exigían una mascota,
un perro o un gato para tratarlo con cariño:
“¡Imposible!”, ese hogar era ejemplo de austeridad,
en las comidas no quedaban ni sobras.

La época de Navidad, era un infierno para el chaval.
En el camino al colegio, lucecitas y guirnaldas
le recordaban que ya se aproximaba:
“¡Ay! ¡Qué horror! Y lo peor,
casi un mes queda para Reyes, ¡el colofón!”

Siempre recibían los mismos presentes,
camisetas, calcetines … y algún que otro cachete.
Estaba claro que pasaban estrecheces, pero… al menos…
un beso, una caricia o cantar un villancico tal vez los hiciera más ricos.
Sin embargo, los mayores confundían el no poder comer pavo,
con ser más bien huraños.

El abuelo, ese año, no soportaba más la pena de su nieto,
así que haciendo un esfuerzo, le regaló unas monedas:
“Toma hijo, cómprate lo que quieras y no pases más pena”
El niño pensó, “tal vez en otro sitio esté mejor”,
compró un billete de autobús y se marchó sin decir ni adiós.

“¡Qué tragedia, qué desgracia,
el niño nos ha dejado desolados!”
“Todo por tu culpa, ¡no tienes disculpa!”
El abuelo cabizbajo, callaba por no soltar sapos.

Esas navidades, todos reflexionaron:
los padres echaban mucho de menos al pequeño;
el abuelo no se arrepentía, sin embargo, de su regalo;
los hermanos ni jugaban, ni reían;
el niño, pasaba mucho miedo y frío:
“aunque mi hogar sea triste y nunca me hayan visitado los Reyes Magos,
por lo menos tengo el consuelo de estar con los míos apretujado”.

El cinco de enero regresó,
esa noche hubo en la casa regocijo y agitación,
cantaron, bailaron y se besaron.
Por la noche la madre depositó una poesía de Melchor
en la mesita de cada uno de los hermanos.
¡Siempre recordaron
el más precioso regalo
que recibieron de los Reyes Magos!

A. Ferri

* Fotografía:

“Escaparate de juguetes-años 50” Martín Santos Yubero-Madrid http://www.rafaelcastillejo.com/navidad.htm

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