La juventud

Atrapasueños, Michael Chevall

 

En tus ojos llameaba el esplendor de la hierba recién cortada

y tus labios formaron el óvalo de un grano de café

lanzando al viento un corazón de humo aventado por la palma de tu mano;

el amor está en el aire, musitabas, siguiendo el rastro

del  aroma colombiano de una muchacha de veintipocos años

-tal belleza que exorciza materia y mente desincronizados-.

Y, sí, mirar está al alcance de la mano, cuando voltea imprevisible el pasado

fulgurando el tiempo que se esconde entre los huesos cansados.

Tu corazón luego llora en un regazo de cebolla y brota poesía

de la comisura de tu boca, efímera, inaprensible, como el paso de los días.

 

Asun Ferri

 

“La edad no protege del amor, pero el amor protege de la edad.”.
Jeanne Moreau

 

*Pintura “Atrapasueños” de Michael Chevall

Sayonara, baby

gafas de sol

Tan sólo un gran parque separaba la zona alta de la ciudad, del barrio de clase media-media; y éste a su vez, discurría paralelo a una gran avenida frente al condensado barrio de clase media-baja. El instituto era uno de los mejores de la ciudad y allí confluíamos casi todos. Los fines de semana intercambiábamos ropa, maquillajes y litronas. Mis amigas del otro lado de la avenida, con las manos escaldadas de tanto frotarlas para eliminar el aroma del pescado de la factoría donde trabajaban, sin embargo, no podían soportar el olor de la mochila de piel vuelta de Ana, y yo no entendía como la mejor amiga de ésta, había terminado con aquel muchacho, de almizclado aroma, al negarse a que la besara sin las gafas de sol puestas.

A. Ferri

La nave espacial

-¡Sí, vamos, vamos!-, dijo Adrián.

– Pero…, ahora no tío, vaya rollo, ¿para qué vamos a entrar ahí?-, replicó Joan.

– ¡Jo, chaval, enróllate! ¿Hace cuánto que no ves tu antiguo colegio?-, contestó Omar.

– Más de cinco años, desde que nos trasladamos-, respondió Joan.

– Pues vamos, están de obras y se puede entrar por un hueco de la valla.

Adrián y Omar echaron a correr, dejándolo sólo, no le quedó más alternativa que seguirlos desganado. Estaba muy cansado, acababa de llegar del trabajo, su primer empleo: “peón albañil”.

El colegio estaba en obras, la valla de cemento y hierro tenía un gran boquete, mal tapado con otra valla metálica provisional. Era sábado y estaba anocheciendo, aunque todavía quedaba luz suficiente para deambular por el patio sin tropezar con los montones de arena y grava.

El edificio principal estaba tal y como lo recordaba Joan, las paredes pintadas de gris y el techo de teja color granate, con grandes ventanales. La puerta principal quedaba cubierta por un enorme balcón al que daba el despacho del director.

Se fueron asomando por las ventanas…, el enorme salón de actos, ¡era diminuto!; el laboratorio, un cuartito con una mesa central atiborrada de pipetas, probetas y tubos; la biblioteca, una sala con cuatro estanterías y algunas mesas y sillas… Se subieron unos a otros a caballito, para poder mirar por las altas ventanas que daban a los vestuarios, ahora sí que llegaban, no como cuando eran pequeños… lo intentaban haciendo triple torre pero siempre acababan en el suelo.

Adrián y Omar seguían andando dándose collejas y saltitos, Joan andaba más retrasado. Una extraña nostalgia le iba invadiendo poco a poco. Hacía algunos años que se había mudado y aunque le resultaba todo familiar…una rara sensación se apoderaba de él, no podía describirla, los recuerdos se sucedían rápidamente sin darle tiempo a encontrar una respuesta.

Entonces, sus amigos, le llamaron a gritos:

– ¡Joan, Joan!, ¿qué haces?, vamos. ¿No quieres ver tu antigua aula?

Joan echó a correr, creyendo que así dejaría atrás su desazón. Al girar la esquina, se paró en seco, sintiéndose paralizado. ¡Barracones!, la parte trasera del patio estaba llena de barracones, como los de las obras donde trabajaba, como los contenedores de los barcos.

– Mira, mira, ésta era nuestra clase.- Le decía Omar señalando una de las herméticas estructuras.

A Joan se le cayó el mundo a los pies, de un plumazo se hizo adulto. Estudiaban en cajas, como cajas de zapatos, diminutas y feas, amontonadas. Ahora se daba cuenta…, no eran naves espaciales a punto de despegar, el colegio no era una base de aterrizaje de la NASA… ¡Cómo se habrían reído de él los demás niños! Y sobre todo, lo que más le dolía, lo que más le costaría perdonar, era que sus padres hubieran alentado que creyera esa historia.

A. Ferri

 

vlc colegio 103 1

Barracones instalados en el colegio Tomás de Montañana de Valencia, y, al fondo, una parte de la Ciudad de las Artes y las Ciencias…

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No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

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