Test de Rorschach

pelikan

Ya no hay papeles secantes
con reversos del test de Rorschach,
hongos con techos a topos
y enanos con hebillas gigantes.
Ya no hay lápices de colores
con olor a bosque y pino.
Ya no hay pegamento entero
ni medio de conseguirlo.
Ya no hay acero en la punta
de la lengua,
ni muñecas recortables
ni sofás de poliespán
ni fragatas indomables
ni margaritas de acuarela
ni tulipanes de cartón piedra.

Ahora hay escafandras
repletas de problemas,
botas con suela de plomo,
bufandas de nudos de corbata,
broches que pellizcan las arterias,
cremas que simulan las sonrisas
y otras de colágeno que rellenan.

Y entre un tiempo y otro hubo
sueños muchos sueños,
esperanzas y anhelos,
pero que traicionera es la memoria,
de tantos buenos momentos de ahí en medio
no me acuerdo.

A. Ferri

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Obsolescencia programada

hogueras

Se amontonan los recuerdos, se amontonan. Nos asaltan las vivencias en fotogramas, disparan a las pantallas desde las caravanas, se lanzan al galope desde la grupa de un caballo desbocado, que carga en sus alforjas con todo el equipaje. Incapaces de poner orden, dejar que fluyan, se escapan los días como el agua que rompe los viejos cauces.

Cada primavera hacemos propósito de enmienda, rompiendo papeles, arrojamos quimeras a la papelera, tiramos ropas viejas, desgastadas,  u otras nunca usadas, mudamos la piel como las serpientes. Rebuscando el sentido de la existencia, nos aferramos con fuerza a las fotografías, las retinas absorben los momentos de alegría y  la melancolía se agarra como una pátina de oro viejo a los objetos, modosos colegiales que vibran con energía contenida, aguardando en filas en el trastero de los recorridos.

¡Qué gran hoguera formaremos, el próximo verano! Imprescindible rito, anhelamos el momento de prender la pira, no valen excusas; tantos significados atrapados, inservibles, que deben ser renovados, llegó su descanso tras el efímero uso, cumplieron la obsolescencia programada. No quedará nada, sólo palabras, el tiempo, el espacio.

A. Ferri

Mirillas telescópicas

democracia-rifle

¿Qué es la memoria de una generación?

¿Quién baraja los recuerdos?

¿Quién impide que se abran las cunetas y abracemos a los nuestros?

¿Quién publica, discrimina, difunde y crea opinión?

¿Dónde enterramos  los sueños, el coraje y el valor?

 

Estamos a tan sólo un respiro de una lucha fratricida,

del hambre y del dictador.

Nos colaron democracia, movida, drogas y rock and roll,

progreso, desarrollo y neoliberalismo a go gó,

a cambio de anestesiarnos, complacientes y creídos

en el gran sueño español.

 

Las torres despedazaron,

las estatuas derribaron,

bibliotecas incendiaron,

de vallas nos rodearon

para proteger nuestro estatus

de la amenaza exterior,

compramos nosotros mismos

pantallas multicolor

para huir de  la miseria

que avanza a nuestro alrededor.

La carcoma ya corroe

nuestra nariz de Pinocho.

 

Las balas de la economía

silban a nuestro alrededor

y seguimos ateridos,

más muertos que vivos,

mendigando un bocadillo

para volver al caparazón.

 

De nuevo emigran nuestros hijos,

mientras ellos se reparten

lo que queda del cortijo.

Ya está sentenciado el futuro,

ya está borrado el pasado,

el juicio está amañado,

la condena inapelable:

nos disparan con mirillas,

sin mirarnos a la cara,

ahora desde los escaños.

 

La supuesta democracia

hace poco fue entregada

en flagrante coalición

tras un amigable apretón.

¡Tan ciegos estamos

para seguir ésta farsa!

 

A. Ferri

Soy Fidel

hombre invisible sombra

Despertó de golpe, angustiado, perseguido por entes incorpóreos de color gris plomizo. Poco a poco fue tomando conciencia sobre dónde estaba, miraba su habitación como si no la reconociera. Permaneció un buen rato incorporado, apoyando firmemente las manos sobre el colchón y la espalda recta en el cabecero, sujetándose, un ligero vaivén y el intermitente repiqueteo de un nervio de su sien le hacían sentir que un leve seísmo estaba agitando la ciudad.

Recuperado, se levantó y al contacto con la fría bata, su mente se sumergió forzada en la coordinación de los actos cotidianos: el paso por la ducha, el obligado afeitado, la preparación del desayuno, ‘¡ah, la camisa! me olvidé de plancharla anoche’; y así, cualquier rastro de sus alquitranados sueños desapareció.

El cuarto de baño iba inundándose de etéreo vapor de agua, el calefactor que había encendido para caldear el pequeño cuarto contribuía en exceso a la concentración del vaho. Cuando retiró la cortina y puso pie en la alfombrilla, no pudo evitar sonreír, le encantaba el agua bien caliente y demorarse bajo el mando de la ducha. Se secó apresurado y preparó el gel, la maquinilla de afeitar en el lavabo; el espejo estaba cubierto de una cristalina neblina que reflejaba su imagen desenfocada, con la palma de la mano a modo de limpiaparabrisas, mientras abría el grifo con la cabeza gacha, limpió una parte del mismo, al elevar la mirada, se sobresaltó agarrándose fuertemente a la pila de cerámica para evitar caer, un mareo repentino le obligó a hacerlo: nada reflejaba el espejo, más que la blanca pared de enfrente, su rostro no había aparecido. Cerró los ojos y trató de calmarse, las nauseas llamaban a la boca de su estómago, el aire le faltaba y su epíglotis se cerró repentinamente, ‘estoy soñando, estoy soñando’ se repetía, ‘tomaré aire. Uno, dos, tres, cuatro…’ y así contando hasta diez, se giró y abrió la puerta para que escapara la niebla. El vapor comenzó a evadirse por la puerta recién abierta y él también salió, huyendo de aquella nueva pesadilla. Prefirió dejar el afeitado para más tarde, se vistió e incluyó la maquinilla eléctrica en el maletín. Sin desayunar se encaminó a la calle a por el coche.

Salió del portal apresurado, el portero fregaba el rellano, ‘vaya, me he retrasado ya está Paco abrillantando’, pensó. Andó de puntillas, pues sabía que en el fondo le molestaba que los vecinos pisaran el suelo recién abrillantado. El portero seguía a su faena, no lo saludó; extrañado se giró pensando que no lo había visto, ‘hasta la noche Paco’ le dijo, sin recibir respuesta alguna, se quedó parado mirándolo y mirando al suelo alternativamente, el suelo brillaba impoluto sin huella alguna, ni tan siquiera de medias pisadas.

Una vez en la avenida, le costó encontrar su coche, siempre aparcaba cerca del portal, daba algunas vueltas o esperaba en doble fila pacientemente hasta que quedaba un hueco, intentó recordar por si el día anterior hubiera traicionado su costumbre, pero no tenía ya tiempo y prefirió echar a andar apresuradamente. Tras recorrer varias calles, encontró el vehículo en medio de un solar. Introdujo la llave en la cerradura, pero la puerta no se abría, lo intentó de nuevo, nada; atisbó en el interior para cercionarse de si era el suyo: papeles en el asiento delantero, un paraguas que asomaba en la tapicería del suelo, una caja de pañuelos en el salpicadero, le confirmaban que así era, pero… la llave no abría. Miró el reloj, se le hacía tarde y se alejó. Intrigado y desconcertado se giró, sin dejar de caminar,  y contempló como un hombre andaba hacia el coche, lo abría, arrancaba y partía dejando un rastro polvoriento que lo envolvió al circular junto a él.

Llegó a la oficina acalorado, sofocado, había andado muy rápido, en algunos tramos corriendo, sin poder evitar mirar de soslayo su reflejo inexistente en los escaparates, donde, en cambio, sí se reflejaba el gentío impertérrito, a pesar de que había tropezado varias veces con alguna persona, llegando incluso a casi lanzar al suelo a una mujer, que sin amonestarlo, miraba incrédula la acera buscando con qué había tropezado. Siempre solía ser puntual, y tan sólo se había retrasado veinte minutos, pero, últimamente, el ambiente en el despacho estaba un poco enrarecido y no convenía destacar, precisamente, por impuntualidades. El ajetreo del día a día laboral estaba ya en su máximo apogeo, intentó cruzar el pasillo pasando desapercibido, ‘no me será difícil’ ironizó, tratando de tomarse el día con un muy necesario buen humor, pero inevitablemente al llegar a la zona más ancha donde estaba la máquina del café, se cruzó con el gracioso compañero, trepa por definición: ‘¡hombre, Infiel!, ¡ya era hora!’ le dijo dándole una palmadita en la espalda. Con los nervios crispados, como los tenía, fue inevitable propinarle el certero puñetazo que casi lo tumba, mientras declaraba: ‘te he dicho mil veces que me llamo Fidel, mi nombre es Fidel, no Infiel, ni Filisteo, ni ninguna gilipollez más que se te ocurra, ésta es la última que te lo repito” Ese día el jefe lo llamó al despacho, y de momento, le recomendó una semana anticipada de vacaciones.

La visita con el psicólogo, estaba programada hacía algunas semanas y coincidió, para alivio suyo, con ese mismo día. Por la tarde Fidel acudió a la consulta, se sentó y comenzó a relatar el fatídico desenlace de la jornada matutina. El médico fue muy claro con él, debía reanudar las visitas a su madre. Era un profesional honesto, con muchos años de experiencia y de carrera consolidada, además se conocían desde hacía tiempo, había tratado a su madre al comienzo de su enfermedad, y también en aquella ocasión aún a riesgo de perder un paciente, les había dejado muy claro que el problema de la mujer no era mental, aunque también.

Al día siguiente, se encaminó hacia la residencia. La recepcionista se alegró de verlo, salió de su cubículo y lo abrazó. La enfermera también le dedicó una franca sonrisa, hacía mucho de su última visita. Juntos llegaron hasta la habitación donde se encontraba la madre de Fidel. La mujer estaba sentada en la cama con la mirada perdida hacia el jardín, la enfermera la llamó, acariciándola y le anunció la visita: ‘ha venido a verla Fidel, su hijo, ¿qué alegría ¡eh!? Vamos, vamos que saldrán a tomar el sol’. Fidel permanecía callado, con una leve sonrisa agradecida hacia el trato cariñoso que recibían él y su madre. Tomó por el brazo a su casi anciana madre y la acompañó suavemente por el pasillo, ésta lo miraba como si no lo conociera y efectivamente, así era… ‘¿quién eres, majo?’ le dijo, ‘Soy Fidel, mamá, tu hijo’.

A. Ferri