La merienda anticipada

santaclassics06

La Navidad es el renacimiento, es el sumergirse en un sueño, o en una pesadilla, siendo conscientes de que la alarma va a sonar, que resurgiremos a la antigua vida, imbuidos de la suficiente carga vital como para afrontar la explosión de la primavera. Es la celebración de un ciclo de muerte y vida, vida y muerte constantemente presente en cada una de nuestras células, en las escamas de la piel y en el bulbo de los cabellos. Este fin de semana no he podido resistir comerme una tableta entera de Navidad anticipada… son astucias de marketing, ingeniería de los sentimientos, apiladas en mesas provisionales de multitudinarios cumpleaños, donde cada comensal, en solitario, pasa por caja y gustosamente paga un billete de empalagoso turrón que certifique su estancia en éste mundo. Retornando hacia los lineales de dulces, en la parte baja de un estante, en un rincón oscuro, mal iluminado, he dejado un blister de hojaldres de miel, ¿los buscarás tú también?… tal vez el siguiente sábado te comeré.

A. Ferri

* Fotografía de  Ed Wheeler, visto en  http://artirekia.com/santa-claus-ed-wheeler/

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Los Reyes Magos

Erase una vez un niño muy triste, era un niño meditabundo,
muy correcto y educado, pero… no creía en los Reyes Magos.
Lo peor de la cuestión no era que fuera ya mayor,
es que nunca había sentido esa ilusión.

Para comprender su situación,
hay que retroceder un montón.
Eran muchos de familia, siete hermanos:
cinco niños, dos niñas;
tres adultos: el padre, la madre y el abuelo.
Mucha gente, muchos gastos y muchas bocas en el plato.

El niño era el mayor de sus hermanos,
por lo menos se libraba de heredar ropa y calzados.
Los pequeños de vez en cuando, exigían una mascota,
un perro o un gato para tratarlo con cariño:
“¡Imposible!”, ese hogar era ejemplo de austeridad,
en las comidas no quedaban ni sobras.

La época de Navidad, era un infierno para el chaval.
En el camino al colegio, lucecitas y guirnaldas
le recordaban que ya se aproximaba:
“¡Ay! ¡Qué horror! Y lo peor,
casi un mes queda para Reyes, ¡el colofón!”

Siempre recibían los mismos presentes,
camisetas, calcetines … y algún que otro cachete.
Estaba claro que pasaban estrecheces, pero… al menos…
un beso, una caricia o cantar un villancico tal vez los hiciera más ricos.
Sin embargo, los mayores confundían el no poder comer pavo,
con ser más bien huraños.

El abuelo, ese año, no soportaba más la pena de su nieto,
así que haciendo un esfuerzo, le regaló unas monedas:
“Toma hijo, cómprate lo que quieras y no pases más pena”
El niño pensó, “tal vez en otro sitio esté mejor”,
compró un billete de autobús y se marchó sin decir ni adiós.

“¡Qué tragedia, qué desgracia,
el niño nos ha dejado desolados!”
“Todo por tu culpa, ¡no tienes disculpa!”
El abuelo cabizbajo, callaba por no soltar sapos.

Esas navidades, todos reflexionaron:
los padres echaban mucho de menos al pequeño;
el abuelo no se arrepentía, sin embargo, de su regalo;
los hermanos ni jugaban, ni reían;
el niño, pasaba mucho miedo y frío:
“aunque mi hogar sea triste y nunca me hayan visitado los Reyes Magos,
por lo menos tengo el consuelo de estar con los míos apretujado”.

El cinco de enero regresó,
esa noche hubo en la casa regocijo y agitación,
cantaron, bailaron y se besaron.
Por la noche la madre depositó una poesía de Melchor
en la mesita de cada uno de los hermanos.
¡Siempre recordaron
el más precioso regalo
que recibieron de los Reyes Magos!

A. Ferri

* Fotografía:

“Escaparate de juguetes-años 50” Martín Santos Yubero-Madrid http://www.rafaelcastillejo.com/navidad.htm