El último vuelo

Alex Alemany

María no comprendía mi firme rechazo a fotografiarnos juntos. Lo atribuía a cierta reticencia en formalizar nuestra relación. Nada más lejos de la realidad. Acabábamos, prácticamente, de conocernos, pero nuestra complicidad y entendimiento,  pronosticaba una unión duradera. Tarde o temprano debería darle una razón de peso que alejara sus dudas e incertidumbres sobre mi compromiso con ella. Por eso decidí explicarle…

En el paseo marítimo que circundaba la playa donde nos conocimos, junto a una de las entradas hacia la arena, la baranda de piedra aparecía cubierta con flores frescas todos los veranos, como las que se depositan en ciertos puntos de la carretera donde se perdió la vida de alguna persona en un fatídico accidente. En ese lugar, durante la temporada estival se instalaba un artista de la localidad, retratista, a exponer sus óleos y acuarelas mientras bocetaba el siguiente encargo que algún veraneante le había solicitado.

Trabamos una entrañable amistad, incluso conocí a su novia y a su hijo mayor. Pintaba realmente bien, sus retratos eran verdaderas pinturas del alma del que posaba. Al atardecer, me pasaba horas interminables conversando con él o con Isabel, su novia. Ambos eran divorciados y la vida les había dado una segunda oportunidad, en poco tiempo su relación había solidificado de una forma estable y madura, pero también juvenilmente ilusionada, que se reflejaba en el brillo de sus cómplices miradas. El era afable, aunque misteriosamente contenido, y ella, más expansiva, siempre tenía una sonrisa al hablarte, si no en sus labios, brotaba irremediablemente de sus ojos.

Una tarde, al final de la temporada, conforme iba acercándome al enclave, se vislumbraba un lienzo de grandes dimensiones apoyado en el muro de piedra. Supuse que sería la obra de la que tanto me hablaba últimamente, en la que estaba trabajando. Me sentía como un niño pequeño los segundos previos a la apertura de los regalos de navidad, un emocionante hormigueo iba creciendo en mi estómago y la respiración cada vez era más entrecortada. Iván me sonreía en la distancia, no con la sonrisa habitual, sino con la sonrisa cómplice de la que había captado, a su vez, en mi rostro. El lienzo estaba cubierto con una sábana para protegerlo del relente y de la arena. La expectación era máxima, tras marchar unos paseantes con los que intercambiaba unas breves frases, descubrió la tela pronunciando un teatrero ‘tachán’ acompañado de la horizontalidad de sus brazos mostrándome la pintura.

No pude evitar dejar traslucir el abatimiento que me inundó, la expresión de mi cara cambió drásticamente, mi cuerpo pesaba toneladas y fui incapaz de modular palabra alguna. La pintura era un posado conjunto con su novia, casi en tamaño natural, perfectamente ejecutada, el parecido era asombroso como todos los que emprendía; el ambiente recreado envolvía las figuras reflejando plenitud y alegría en virtud de los luminosos colores aplicados. A Iván se le ensombreció el rostro, inquiriendo sin demora la razón de mi desaprobatoria actitud, pues estaba seguro de su maestría y no dudaba de mi sinceridad las ocasiones en que alababa su trabajo. Como pude, rápidamente inventé una excusa, atribuyendo, lo más convincentemente que pude, mi repentino desánimo a la idea preconcebida formada en mi imaginación, en la que había forjado, éstos días, la ilusión de un cambio de registro en su trayectoria, que habría pintado un paisaje o una instantánea veraniega, tal vez marítima,  siendo tal el convencimiento de ello que había dado lugar a esa desafortunada reacción.

Fue tan brusco mi comportamiento que Iván no pudo evitar mostrarse receloso y fuimos incapaces de restablecer esa tarde el tono lúdico de las conversaciones habituales, así que urdí torpemente una nueva excusa y me marché.

Coincidió aquel encontronazo con un compromiso ineludible que me alejó de la localidad  por un breve tiempo. A mi regreso, acudí ávidamente al paseo marítimo con la esperanza de que el tiempo hubiera diluido mi torpeza, aunque cuando mi mente reproducía la sensación que tuve al contemplar el posado, la inquietud se apoderaba de nuevo de mi ánimo.

La primera tarde en que encontré su sitio vacío, no le di mayor importancia, e incluso, una ligera sensación de alivio me reconfortó al poder posponer afrontar el primer cara a cara, en que probablemente, como unos amigos adolescentes tras una pueril pelea de juventud, hubiera titubeado o hasta tartamudeado al dirigirme a él. Pero la segunda tarde en que no lo encontré en su sitio habitual, me invadió inmediatamente un presentimiento similar al que sentí cuando contemplé el retrato de la pareja.

El impreciso augurio se enmascaró con un creciente nerviosismo, y dando una vuelta sobre mí mismo, oteando los alrededores, intentaba encontrar el alivio a mi angustioso estado, atisbando la familiar figura del pintor o su novia aproximándose entre el gentío.

Finalmente, pensando de forma racional, me acerqué al bar donde solíamos sentarnos a mitad de tarde, para interrogar al dueño en busca de una respuesta sobre su paradero. Nada más verme entrar su rostro cambió, recibiéndome con una mirada adusta y fría. Tras saludarme me acercó el periódico local del pasado fin de semana que tenía guardado bajo la barra, diciéndome que le disculpara pero le era imposible entretenerse, el establecimiento estaba a esas horas a rebosar, en las páginas centrales encontraría toda la información a los interrogantes que adivinaba quería despejar.

Desconocía que ambos fueran aficionados al vuelo a motor, el ultraligero que pilotaban juntos había caído a plomo en las montañas que coronaban en la lejanía la playa. El murió en el acto, ella sobrevivió unas horas tras el desesperado rescate de los demás compañeros, pero nada pudieron hacer mientras llegaba el servicio de emergencia.

Completamente abatido, decidí acercarme a ver a su hijo mayor, estaba seguro que lo encontraría en casa de la madre de Iván, muy conocida en el pueblo. Allí estaba el chico, cansado de que le preguntaran por detalles escabrosos, conociendo de mi aprecio por el saber hacer de su padre, me acompañó al salón donde su abuela había ya colocado el retrato de su hijo y su novia.

El día anterior a la excursión, no pudo evitar oírlos hablar entre ellos. Isabel había convencido a su padre para realizar aquel vuelo, me contó brevemente, él hubiera preferido pasar el día terminando tranquilamente el retrato. Solamente faltaban unos retoques en el rostro de ella para finalizar el cuadro y, fastidiado, los tuvo que dejar para su regreso. Su padre había sido un gran apasionado del vuelo, iniciándola a ella más tarde, aunque últimamente prefería la comodidad de su estudio, ‘será el último…’ dice que le suplicó.

En confidente susurro me confesó que tras el funeral, su abuela y él se dispusieron a emplazarlo en el lugar elegido, observando ambos cómo en el retrato había quedado fijado el color y perfiladas las facciones de Isabel, el mentón y los pliegues de la comisura de los labios formando su radiante sonrisa, a pesar de que él mismo, había visto a su padre dejar esos pequeños detalles a medias la noche anterior, ‘fíjate bien, me dijo, está completamente terminado’. Tal vez se levantó de madrugada para acabarlo, le respondí, pero en la mirada del chico intuí el convencimiento de que su creencia era que la ejecución final del retrato trascendía las leyes de la lógica, se había convertido en una obsesión para su padre finalizarlo, dedicándole más horas de lo habitual, restándolas a otros trabajos. 

Y esa es la razón de mi rechazo a dejarme retratar. Dicen que las fotografías capturan el alma de las personas… y puedo corroborar que los auténticos artistas atrapan la esencia invisible que nos envuelve, de tal forma que escapa a cualquier posible raciocinio…

A. Ferri

*Imagen: Pintura de Alex Alemany

Presagio

Iluminándolo todo Jacek Yerka

Sueño con tu presencia

redonda y callada,

nacarado silencio eterno

que no derrama lágrimas.

.

La ausencia fue revelada

de forma anticipada,

siguió hendido el destino

pleno de tardíos

mensajes descifrados.

.

La llave que abre libros

y presagia los secretos

se iluminaba significada,

asumo que fui yo

la que marcó las páginas

principios y finales

antes de haber nacido.

.

A. Ferri

* Pintura: Iluminándolo todo, Jacek Yerka

Autoengaño

polaroid

Ya no hay faro ni guía que ilumine los caminos,

es el día enmarañado un circunloquio continuo,

y la noche no da pistas, ni escupe respuesta alguna.

Ahora tanteas senderos, sopesando los centímetros

de tu paso un pie tras otro, vigilando de reojo

las escondidas trampas de ingeniosos artefactos

que cuelgan en las maquinarias de los astros.

.

Tercamente obedeces la rutina,

¡no te resistas! sólo hay una diferencia:

en el circuito ovalado al que andas amarrado

distinguiste que la liebre era autoengaño,

un galgo afortunado que igualmente corre tras ella

con el empeño absurdo de desenmascararla.

.

Durante la carrera, aún sin atisbar la meta,

plegaste velas, soltaste amarras,

desprendiéndote del peso que te hacía sentir ligero

desechando los impulsos, genios locos, ideas idas,

que en el último minuto lanzaste a la papelera

con alarde de puntería antes del final del juego.

.

Los instantes son paréntesis, espacios en blanco

del bloc de notas repleto de tareas ilusorias,

después de… estaré bien,

cuando termine… volverá el sosiego,

el día tal… encontraré la paz…

Calma, paz, tranquilidad…

viene y va, junto con irritación,

renuncia  sin rendición,

buscando siempre algo mejor,

fotografías ciegas disparadas con Polaroid.

.

A. Ferri

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