Práctica-mente

costa-concordia

 

Prácticamente, soy un hombre afortunado,
para nada creo en la suerte,
trabajo duro y compito noblemente.
¿No es la vida una batalla?
Así es, sólo ganan los más fuertes,
dejémonos de sensiblerías, no hay ‘tu tía’.

Me despierto muy temprano,
subo en mi audi recién estrenado,
-para eso me lo he ganado-,
y me encamino a mi oficina.
Tras una dura jornada
de estafar a incautos y ancianas,
me cambio de traje y corbata,
me enfundo una nueva capa
para echarme una partida
con mis amigos al padel.
Tras soltar adrenalina
me tomo un fino La Ina
que me sirven diligentes
en aquel bar de la esquina.

Prácticamente, sorteo dificultades,
siempre pienso en positivo,
planteándome objetivos;
negocio con operadores
para que suba el euríbor;
hago tratos con los chinos,
si se tercia, filipinos,
en el mundo no hay fronteras,
quedó despejado el camino
para unos pocos elegidos:
atrás quedó el comunismo,
para los juegos de niños,
se extendió el capitalismo
doblegando democracias
podridas de bipartidismo.

Lo primero son mis niños,
después mi linda mujer,
que se pasa todo el día
velando por nuestro hogar.
Prácticamente, pienso
continuamente en
cómo ganar más dinero
por el bien de mis dos hijos.

Me va estupendamente,
soy un hombre inteligente,
visto impecablemente,
soy sagaz y consecuente,
tanto que hablan de crisis,
eso es de gente pringada,
hay que pelear duro
si no no consigues nada.

Tengo un seguro privado,
un buen plan de jubilación,
unos kilos en el banco,
varios pisos arrendados,
¿qué más quiero?
está todo controlado.

En verano haré un crucero,
unas buenas vacaciones
que tengo tan merecidas,
navegando por el Egeo
en un crucero de ensueño.
Cenaré con el capitán,
amigo de la familia,
un buen tipo, como yo,
un hombre hecho a sí mismo,
baluarte indiscutible
del flamante Costa Concordia.

A. Ferri

Dic. 2013

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Mirillas telescópicas

democracia-rifle

¿Qué es la memoria de una generación?

¿Quién baraja los recuerdos?

¿Quién impide que se abran las cunetas y abracemos a los nuestros?

¿Quién publica, discrimina, difunde y crea opinión?

¿Dónde enterramos  los sueños, el coraje y el valor?

 

Estamos a tan sólo un respiro de una lucha fratricida,

del hambre y del dictador.

Nos colaron democracia, movida, drogas y rock and roll,

progreso, desarrollo y neoliberalismo a go gó,

a cambio de anestesiarnos, complacientes y creídos

en el gran sueño español.

 

Las torres despedazaron,

las estatuas derribaron,

bibliotecas incendiaron,

de vallas nos rodearon

para proteger nuestro estatus

de la amenaza exterior,

compramos nosotros mismos

pantallas multicolor

para huir de  la miseria

que avanza a nuestro alrededor.

La carcoma ya corroe

nuestra nariz de Pinocho.

 

Las balas de la economía

silban a nuestro alrededor

y seguimos ateridos,

más muertos que vivos,

mendigando un bocadillo

para volver al caparazón.

 

De nuevo emigran nuestros hijos,

mientras ellos se reparten

lo que queda del cortijo.

Ya está sentenciado el futuro,

ya está borrado el pasado,

el juicio está amañado,

la condena inapelable:

nos disparan con mirillas,

sin mirarnos a la cara,

ahora desde los escaños.

 

La supuesta democracia

hace poco fue entregada

en flagrante coalición

tras un amigable apretón.

¡Tan ciegos estamos

para seguir ésta farsa!

 

A. Ferri

¡Adiós, ingrato!

Había oído hablar muchas veces de “el miedo a la hoja en blanco”. Lo había visto escenificado en diversas películas, la agobiante y muda parálisis de artistas o escritores en el inicio del proceso de creación, a punto de comenzar su obra. Sin embargo, la escena fílmica que más le aterraba era aquella de “El resplandor” en que la joven protagonista descubre que su cada vez más irascible marido ha estado tecleando, repetida y compulsivamente, la misma frase en todas las hojas del montón de folios que se suponía debía contener su próxima novela.

Afortunadamente, nunca había experimentado una situación parecida. Amaba las hojas en blanco, contemplaba los paquetes de folios de su estantería con gran alivio, sabía que estaban ahí, disciplinadamente empaquetados, esperando a que los llenara de palabras, rimas, frases, párrafos, puntos y comas, de historias que dotarían a cada uno de ellos de una personalidad única, todos iguales pero diferentes gracias a él.

El apego era mutuo, no sin cierto temor, pues los folios habían visto con sus propios ojos, cómo si el resultado no era el esperado, la ira de su protector los hacía trizas, acabando con muchos de ellos concienzudamente, rotos en pedacitos y tirados a la papelera; era muy meticuloso, rompía los folios uno por uno, los desgarraba, hasta convertirlos en minúsculos trozos de no más de uno o dos centímetros de diámetro, sin dejar entera una sola palabra.

Una tarde hubo mucho trajín en la casa, desde la estantería del despacho se oían los golpes sordos de pesados paquetes dejados caer, con mucho cuidado, sobre el parquet de la entrada. Los folios se morían por saber qué ocurría, pero el peso de unos con otros los paralizaba. Afortunadamente, uno de ellos había quedado enganchado, tan sólo por una esquina, en el rodillo de la máquina de escribir; todos lo animaron a hacer el esfuerzo de soltarse y ayudado por una ráfaga repentina de viento voló con gran ímpetu hacia el pasillo.

Desde mitad del corredor se veía perfectamente la entrada del piso, grandes cajas de cartón reposaban en el suelo y el escritor las iba abriendo con gran expectación. Al decidido folio no le hizo falta ver el contenido, las imágenes en el embalaje ya presagiaban su terrible destino y, sobre todo, el fatal desenlace que le esperaba a su querida amiga, la vieja máquina de escribir. Ayudado por otra fuerte ventolera volvió rápidamente al despacho alertando a los demás. Un terrible helor recorrió cada una de las diminutas partículas de su celulosa, después temblaron presos del pánico y, finalmente, una incontenible furia se apoderó de todos ellos. La vieja máquina de escribir soltó un quejido desgarrador, el rodillo dio unas vueltas frenéticas sobre sí mismo y la cinta se desenrolló casi por completo saliendo de sus ejes. Sintieron una pena infinita al contemplar el sufrimiento de su vieja amiga, “doña teclas” la llamaban, por ser gruñona y quejicosa, aunque ésta vez con toda la razón del mundo. Decidieron vengar a su anciana amiga, ella no se podía mover de su emplazamiento, era demasiado pesada, así que, haciendo un esfuerzo sobremanera, se fueron deslizando poco a poco, resbalando del paquete que los contenía, hasta caer desparramados por el suelo de la habitación. Una definitiva ráfaga de viento huracanado, presagio de una poderosa tormenta, los ayudó a escapar, salieron todos volando y abandonaron despechados, la casa donde tan servicialmente habían habitado hasta ahora.

Ajeno a la revolución originada, el escritor fue trasladando al despacho las cajas. Lo primero era hacer sitio en la mesa, agarró bruscamente a la vieja máquina de escribir para depositarla en el fondo de un armario. Emplazó en el lugar elegido el ordenador, la pantalla, el teclado, la impresora… Cuando hubo terminado, se distanció un paso de la mesa y con los brazos en jarras, contempló los nuevos artilugios con gran satisfacción disponiéndose a encenderlos, estaba impaciente por comenzar a escribir…

… Un tremendo estruendo, seguido de numerosos rayos y relámpagos, retumbó por toda la casa, las luces se apagaron y todo quedó a oscuras. Corrió a la cocina a por velas, debía enviar su relato a la editorial hoy mismo por medio del correo electrónico, se había entretenido demasiado en el centro comercial y el tiempo se le había echado encima, lo escribiría a máquina, como siempre, y lo enviaría por mensajería urgente, no tenía tiempo para esperar a que volviera la luz. Se acercó a la estantería alumbrándose con el pequeño fulgor de una llama, “¡no podía ser!, ¿dónde estaban sus folios?”, un escalofrío recorrió su columna vertebral de principio a fin, un helado sudor comenzó a gotear por sus sienes. Ruidosamente revolvió toda la habitación, casi a tientas, sin encontrar mas que paquetes vacíos. La desesperación se apoderó de él; giraba sobre sí mismo incrédulo, comenzando un baile diabólico, cuando… oyó un crujido bajo sus pies, se agachó esperanzado y a la luz de la vela pudo leer en una hoja escrito repetidamente, cubriendo hasta el borde mismo del folio, sin márgenes, ni derecho, ni izquierdo, ni superior, ni inferior: “Adiós, ingrato. Adiós, ingrato. Adiós, ingrato. Adiós, ingrato…”

A. Ferri