Medios extraíbles

hombre y robot

 

– ¿Y me asegura que podré recuperarlos cuando quiera?

– Desde luego, no tiene más que introducir el dispositivo en la unidad que le hemos injertado.

Una vez en casa, guardó todos sus recuerdos en el usb y comenzó una nueva vida.

 

A. Ferri

 

* Imagen: el hombre robot, vista en http://tecnologialinstante.com/chris-dancy-el-hombre-mas-conectado-del-mundo/

 

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Test de Rorschach

pelikan

Ya no hay papeles secantes
con reversos del test de Rorschach,
hongos con techos a topos
y enanos con hebillas gigantes.
Ya no hay lápices de colores
con olor a bosque y pino.
Ya no hay pegamento entero
ni medio de conseguirlo.
Ya no hay acero en la punta
de la lengua,
ni muñecas recortables
ni sofás de poliespán
ni fragatas indomables
ni margaritas de acuarela
ni tulipanes de cartón piedra.

Ahora hay escafandras
repletas de problemas,
botas con suela de plomo,
bufandas de nudos de corbata,
broches que pellizcan las arterias,
cremas que simulan las sonrisas
y otras de colágeno que rellenan.

Y entre un tiempo y otro hubo
sueños muchos sueños,
esperanzas y anhelos,
pero que traicionera es la memoria,
de tantos buenos momentos de ahí en medio
no me acuerdo.

A. Ferri

Obsolescencia programada

hogueras

Se amontonan los recuerdos, se amontonan. Nos asaltan las vivencias en fotogramas, disparan a las pantallas desde las caravanas, se lanzan al galope desde la grupa de un caballo desbocado, que carga en sus alforjas con todo el equipaje. Incapaces de poner orden, dejar que fluyan, se escapan los días como el agua que rompe los viejos cauces.

Cada primavera hacemos propósito de enmienda, rompiendo papeles, arrojamos quimeras a la papelera, tiramos ropas viejas, desgastadas,  u otras nunca usadas, mudamos la piel como las serpientes. Rebuscando el sentido de la existencia, nos aferramos con fuerza a las fotografías, las retinas absorben los momentos de alegría y  la melancolía se agarra como una pátina de oro viejo a los objetos, modosos colegiales que vibran con energía contenida, aguardando en filas en el trastero de los recorridos.

¡Qué gran hoguera formaremos, el próximo verano! Imprescindible rito, anhelamos el momento de prender la pira, no valen excusas; tantos significados atrapados, inservibles, que deben ser renovados, llegó su descanso tras el efímero uso, cumplieron la obsolescencia programada. No quedará nada, sólo palabras, el tiempo, el espacio.

A. Ferri

La nave espacial

-¡Sí, vamos, vamos!-, dijo Adrián.

– Pero…, ahora no tío, vaya rollo, ¿para qué vamos a entrar ahí?-, replicó Joan.

– ¡Jo, chaval, enróllate! ¿Hace cuánto que no ves tu antiguo colegio?-, contestó Omar.

– Más de cinco años, desde que nos trasladamos-, respondió Joan.

– Pues vamos, están de obras y se puede entrar por un hueco de la valla.

Adrián y Omar echaron a correr, dejándolo sólo, no le quedó más alternativa que seguirlos desganado. Estaba muy cansado, acababa de llegar del trabajo, su primer empleo: “peón albañil”.

El colegio estaba en obras, la valla de cemento y hierro tenía un gran boquete, mal tapado con otra valla metálica provisional. Era sábado y estaba anocheciendo, aunque todavía quedaba luz suficiente para deambular por el patio sin tropezar con los montones de arena y grava.

El edificio principal estaba tal y como lo recordaba Joan, las paredes pintadas de gris y el techo de teja color granate, con grandes ventanales. La puerta principal quedaba cubierta por un enorme balcón al que daba el despacho del director.

Se fueron asomando por las ventanas…, el enorme salón de actos, ¡era diminuto!; el laboratorio, un cuartito con una mesa central atiborrada de pipetas, probetas y tubos; la biblioteca, una sala con cuatro estanterías y algunas mesas y sillas… Se subieron unos a otros a caballito, para poder mirar por las altas ventanas que daban a los vestuarios, ahora sí que llegaban, no como cuando eran pequeños… lo intentaban haciendo triple torre pero siempre acababan en el suelo.

Adrián y Omar seguían andando dándose collejas y saltitos, Joan andaba más retrasado. Una extraña nostalgia le iba invadiendo poco a poco. Hacía algunos años que se había mudado y aunque le resultaba todo familiar…una rara sensación se apoderaba de él, no podía describirla, los recuerdos se sucedían rápidamente sin darle tiempo a encontrar una respuesta.

Entonces, sus amigos, le llamaron a gritos:

– ¡Joan, Joan!, ¿qué haces?, vamos. ¿No quieres ver tu antigua aula?

Joan echó a correr, creyendo que así dejaría atrás su desazón. Al girar la esquina, se paró en seco, sintiéndose paralizado. ¡Barracones!, la parte trasera del patio estaba llena de barracones, como los de las obras donde trabajaba, como los contenedores de los barcos.

– Mira, mira, ésta era nuestra clase.- Le decía Omar señalando una de las herméticas estructuras.

A Joan se le cayó el mundo a los pies, de un plumazo se hizo adulto. Estudiaban en cajas, como cajas de zapatos, diminutas y feas, amontonadas. Ahora se daba cuenta…, no eran naves espaciales a punto de despegar, el colegio no era una base de aterrizaje de la NASA… ¡Cómo se habrían reído de él los demás niños! Y sobre todo, lo que más le dolía, lo que más le costaría perdonar, era que sus padres hubieran alentado que creyera esa historia.

A. Ferri

 

vlc colegio 103 1

Barracones instalados en el colegio Tomás de Montañana de Valencia, y, al fondo, una parte de la Ciudad de las Artes y las Ciencias…