Los zapatos de salón

zapatos

FlorEspinosa y MilHojas se conocieron durante la celebración de un baile en el almacén de frutas. La exuberancia tropical contenida en la diversidad exótica allí apilada, desprendió, junto con el almibarado aroma, el influjo anhelado por la joven pandilla de muchachos organizadores del guateque. Éste, pugnaba por activar el poderoso imán que une las medias naranjas, destellando en una inocente, pero pícara mirada, o en un descuidado roce durante el recatado baile agarrado. Entre bolero y bolero, cadenciosamente despuntaba, ayudado por la imborrable imagen, grabada en la mente de todos ellos, de aquella escena de la pasada sesión de cine semanal: la sensual danza de Silvana Mangano rodeada de oscuros efebos y rítmicas maracas, que había escapado a la implacable censura cinematográfica para instalarse en el corazón de FlorEspinosa y de los demás. Aquel ritmo, que repiqueteaba en su interior, y no el que emanaba del tocadiscos, la condujo decididamente, hasta la balanza donde MilHojas sopesaba su figura, refugiando, con la excusa de la torpeza en el baile, tímida pero exhibicionistamente, su porte perfectamente trajeado con la calidad y hechura de las expertas manos del sastre, que los pobres de entonces podían comprar y que ahora, ni soñamos con acariciar.

Cuando Flor, graciosamente, posó su delgada mano en el hombro de Milhojas, el peso no detectó ni un gramo de más, solamente ingresados en un vanguardista hospital se podría haber monitorizado el unísono salto al vacío de sus corazones y la vibrante corriente eléctrica que zigzagueaba por cada uno de los átomos de su cuerpo. Desde aquel día, fueron novios y al cabo de unos meses, prometidos. Milhojas, que había podido estudiar hasta los doce años antes de ponerse a trabajar en el taller mecánico, se consideraba joven leído, y quizá por ello, influenciado por los cuentos, le regaló a Flor, el día de su primer aniversario, un par de preciosos zapatos de salón, de tacón alto y color rojo, más FlorEspinosa, no se convirtió en princesa, sino en furiosa doncella, y poco le faltó para tirárselos a la cabeza, era una joven corajuda. MilHojas no entendía de baile, pensó Flor, ni de mujeres.  Ella deseaba bailar contoneándose, como Anna la protagonista del film, y así, trasportarse a una selva donde ser una reina salvaje y no una remilgada princesa con vaporoso vestido y los pies constreñidos por unos absurdos zapatos.

A. Ferri

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Los Reyes Magos

Erase una vez un niño muy triste, era un niño meditabundo,
muy correcto y educado, pero… no creía en los Reyes Magos.
Lo peor de la cuestión no era que fuera ya mayor,
es que nunca había sentido esa ilusión.

Para comprender su situación,
hay que retroceder un montón.
Eran muchos de familia, siete hermanos:
cinco niños, dos niñas;
tres adultos: el padre, la madre y el abuelo.
Mucha gente, muchos gastos y muchas bocas en el plato.

El niño era el mayor de sus hermanos,
por lo menos se libraba de heredar ropa y calzados.
Los pequeños de vez en cuando, exigían una mascota,
un perro o un gato para tratarlo con cariño:
“¡Imposible!”, ese hogar era ejemplo de austeridad,
en las comidas no quedaban ni sobras.

La época de Navidad, era un infierno para el chaval.
En el camino al colegio, lucecitas y guirnaldas
le recordaban que ya se aproximaba:
“¡Ay! ¡Qué horror! Y lo peor,
casi un mes queda para Reyes, ¡el colofón!”

Siempre recibían los mismos presentes,
camisetas, calcetines … y algún que otro cachete.
Estaba claro que pasaban estrecheces, pero… al menos…
un beso, una caricia o cantar un villancico tal vez los hiciera más ricos.
Sin embargo, los mayores confundían el no poder comer pavo,
con ser más bien huraños.

El abuelo, ese año, no soportaba más la pena de su nieto,
así que haciendo un esfuerzo, le regaló unas monedas:
“Toma hijo, cómprate lo que quieras y no pases más pena”
El niño pensó, “tal vez en otro sitio esté mejor”,
compró un billete de autobús y se marchó sin decir ni adiós.

“¡Qué tragedia, qué desgracia,
el niño nos ha dejado desolados!”
“Todo por tu culpa, ¡no tienes disculpa!”
El abuelo cabizbajo, callaba por no soltar sapos.

Esas navidades, todos reflexionaron:
los padres echaban mucho de menos al pequeño;
el abuelo no se arrepentía, sin embargo, de su regalo;
los hermanos ni jugaban, ni reían;
el niño, pasaba mucho miedo y frío:
“aunque mi hogar sea triste y nunca me hayan visitado los Reyes Magos,
por lo menos tengo el consuelo de estar con los míos apretujado”.

El cinco de enero regresó,
esa noche hubo en la casa regocijo y agitación,
cantaron, bailaron y se besaron.
Por la noche la madre depositó una poesía de Melchor
en la mesita de cada uno de los hermanos.
¡Siempre recordaron
el más precioso regalo
que recibieron de los Reyes Magos!

A. Ferri

* Fotografía:

“Escaparate de juguetes-años 50” Martín Santos Yubero-Madrid http://www.rafaelcastillejo.com/navidad.htm