Revista digital Valencia Escribe, mes de marzo

La revista digital Valencia Escribe, donde colaboro, ya va por el número 11. Cuentos, poemas, relatos, fotografías y dibujos excelentes.

Se puede leer en la plataforma yumpu pulsando en la fotografía.

Para leer:
https://www.yumpu.com/es/document/view/37267896/numero-11-marzo-2015

Para descargar (en formato PDF, 6.66 Mb):
http://www.mediafire.com/view/0lcj22c4c8tgz2n/VE-11_MARZO.pdf

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Parecidos razonables

Las pinturas de Klimt, no eran santo de su devoción, sin embargo reconocía que había algo en ellas, algo que trascendía el tiempo y el espacio, como en todas las grandes obras de los maestros del arte.

La más conocida, admirada y reproducida era El beso, no faltaba en su tienda, en todas sus versiones y formatos. Ojeando los catálogos decidió incorporar más obras del autor en su exposición, aún a sabiendas de que costaría más tiempo venderlas. Dudaba de muchas, parecían retratos y claro, quién quiere decorar su casa con un retrato, parece una tendencia decorativa de otras épocas, como si estuvieras exponiendo a un antepasado tuyo.

Primero se decidió por la sugerente y sensual Serpiente de Agua, esa maravillosa mujer acuática con su larga cabellera rojiza. Amparo, una clienta habitual, lo contemplaba entusiasmada, sujetaba el cuadro muy cerca, su contagiosa sonrisa y sus ojos brillantes lo recorrían de izquierda a derecha y de arriba abajo, había sido un flechazo instantáneo, según sus propias palabras. Cuando se quedó a solas en la tienda, una extraña sensación le asaltó, pensando dubitativa: ¿no era Amparo clavadita a la serpiente acuática del cuadro de Klimt?, ¿su pelo no es rojo, o un rubio anaranjado casi igual al del cuadro?, la estructura de su rostro, ¿no es muy parecida a la de la mujer del cuadro? “Bueno, será una coincidencia, qué asociaciones hago” concluyó, pasando a otro quehacer.

Más adelante, Elena entró en la tienda. Quería una reproducción de El Beso en el tamaño más grande que pudiera ofrecerle. Pasó por delante de Friederike María, precioso retrato de una mujer cuyo colorido traje se funde con los detalles del fondo en el que posa; entusiasmada, reconociendo no saber que esa obra era de Klimt cambió su elección, quedando prendada del cuadro no dudó en llevárselo de inmediato. Elena salió de la tienda con él bajo el brazo, muy apretado. Al quedarse a solas, otra vez la invadió esa extraña sensación, fue a la mesa a por el catálogo, buscó la fotografía del cuadro y empezó a observarlo detenidamente, la postura, la expresión del rostro retratado, el peinado, ¡es que era Elena! la misma frente, los mismos ojos oblicuos, la misma expresión en la comisura de los labios, tan triste con su cabeza medio ladeada…

Animada, decidió incorporar más reproducciones. “El riesgo más arriesgado de todos, Adela Bloch Bauer, ¡madre mía!, con ese sombrero negro tan imponente, ese traje tan de época… Imposible, esta obra no se venderá…seguro que no”, pensaba mientras depositaba el cuadro en el escaparate. Entonces entró Concha, vamos, en sólo el primer segundo ya supo qué cuadro iba a elegir, es que ese porte aristocrático, esa amable altivez y suave fragilidad era un fiel retrato de su persona.

Las sensaciones eran mágicas, los momentos indescriptibles, todas esas mujeres se sentían atraídas por aquellas damas que magistralmente había retratado el genial Klimt hacía más de un siglo, y no por cualquiera de ellas, sino por aquellas, según su parecer, que, verdaderamente, semejaban ser un retrato fiel de, tal vez, su bisabuela o su tatarabuela. Existía un hilo conductor que el pintor había plasmado años atrás y trascendía hasta nuestros días, un hilo invisible, un haz de luz, una chispa dormida que brillaba al encontrarse de nuevo y verse reflejada en el espejo del alma de esas mujeres que se sentían atraídas por sus obras como por un imán, y ella, ella era la espectadora privilegiada que podía contemplar por un segundo infinito aquel prodigio fantástico.

Ya había expuesto casi todas las reproducciones, pero faltaba una, aquella que le gustaba especialmente, Emile Floge, así que dicho y hecho, la colocó en un lugar destacado del establecimiento. Esa mirada le fascinaba, le seguía por toda la tienda; de broma consigo misma, andaba de espaldas al cuadro como un “vaquero” girándose con rapidez, y ahí estaba Emile, mirándola directamente a los ojos. A media mañana, entraron unas compañeras de las tiendas contiguas, el cuadro les llamó la atención, lo observaron, comentaron, una de ellas se volvió, la miró muy seriamente, y exclamó: “¡uy, si se parece a tí!”, “¡ahí va, si es verdad, es igual que tú!”, dijo la otra, “¡mira, mira!”, se decían unas a otras, mirando el cuadro y a ella alternativamente.

A. Ferri