El vacío

vacio

Atravesando un extenso páramo parduzco formado por campos de cultivo abandonados a los matorrales, discurría la carretera nacional que conectaba la capital del país con el ansiado mar mediterráneo; era una buena pista de cómodo trazado, en la que, mediante sucesivas remodelaciones, se habían suavizado los accidentados pasos por las montañas, que elevaban progresivamente la autovía tras los escasos treinta kilómetros que formaba el altiplano de la provincia costera. Salvo en los meses veraniegos y los puentes festivos, durante la temida operación salida, la conducción se ejercitaba con holgura y sin embotellamientos, por lo que con el nacimiento del sol deslumbrándole y, sobre todo, por el sosiego y la calma que, últimamente, lo caracterizaba, Ismael mantenía una velocidad constante rozando, casi, el límite permitido por excesivamente baja. El goteo de vehículos que lo adelantaban apresuradamente, sin embargo, no cesaba, pues era hora punta para los pocos conductores que se dirigían a la ciudad; precisamente por eso, cuando distinguió aquel bulto que realizaba movimientos erráticos esquivando las infernales máquinas de matar que, estruendosamente, lanzaban sus prolongados pitidos a exiguos centímetros de su famélico cuerpo, no dudó en dar un volantazo, frenando simultáneamente, para quedarse cruzado en medio de los dos carriles de circulación, ocasionando un generoso atasco de proporciones descomunales. El perro, entonces, se quedó paralizado, tendido en el asfalto panza arriba en actitud sumisa ante la fiera que se había detenido frente a él para, definitivamente, retarlo a una desigual pelea. Afortunadamente, la afluencia de vehículos era intermitente y las condiciones de visibilidad óptimas, por lo que no se produjo ninguna colisión entre los mismos, salvo algún frenazo chirriante con el consiguiente desgaste de neumáticos. Ismael salió del habitáculo para recoger al indefenso animal y se dirigió lo más apresuradamente que pudo, de nuevo, hacia su coche.

Las caras de fastidio de algunos de los conductores más próximos eran, junto con las de desconcierto, incredulidad y, condescendiente hastío ante la inesperada detención, las más habituales. Aquellos que gozaban de una privilegiada visión de la cabecera del atasco y contemplaron la imprudentemente heroica maniobra y la ansiosa carrera del hombre para salvar al animal, ya que viajaban en camiones o grandes furgonetas, reflejaron en sus rostros paulatinamente, una expresión de serena complacencia y satisfacción, rompiendo a aplaudir y, sacando el torso por las ventillas, lanzaron vítores entusiasmados, junto con efusivas felicitaciones hacia el hombre, que sonreía satisfecho. Una vez en su cubículo, depositó al asustado peludo en el asiento trasero y enderezando su camino, continúo la marcha.

Lentamente se fue deshaciendo el parón, muy lentamente, pues como corresponde en éstos casos, tras una obligada parada en la monótona conducción, se produce el conocido ‘efecto mirón’, sólo que, en ésta ocasión, no había marcas en el suelo, ni cargas desparramadas, ni motocicletas aplastadas o vehículos en acordeón, sino un inmenso vacío que fue engullendo como un agujero de gusano en el espacio, las prisas, la incertidumbre, la desazón y el aburrimiento de todos los que lo traspasaban, transportándolas a un universo paralelo donde no existen las horas de llegada, ni se sabe nada de balances, resultados contables, marketing, o ventas telefónicas, creando así en éste una dimensión desconocida por el gran público, llena de compasión, empatía y resolución, iniciada, tal vez, por el humano gesto de Ismael.

A través de las cámaras de la Dirección General de Tráfico, expertos funcionarios habían seguido el desarrollo del incidente, poniéndolo rápidamente en conocimiento del director general. Éste, no dio mayor importancia a lo ocurrido, salvo cuando comenzaron a llegar intrigantes noticias desde la delegación valenciana… ese día, los agentes de la Guardia Civil de Tráfico que habían inspeccionado el tramo correspondiente al inicio de la sospechosa retención en la autovía de Levante, ¡no habían extendido ni una sola multa!, los policías nacionales que también se habían acercado para revisar el vallado y los arcenes, inexplicablemente, habían dejado marchar a dos de los miembros de la Plataforma de afectados por la hipoteca que llevaban detenidos en el vehículo policial hacia comisaría tras una manifestación acaecida en un pueblo cercano, y los miembros de la comitiva que escoltaba el coche del presidente del gobierno autonómico, en uno de los rutinarios viajes oficiales hacia Madrid, junto con el conseller de bienestar social, abandonaron la misma, para ponerse manos a la obra en varios supermercados realizando coercitivos acopios de alimentos no perecederos y sin caducar, por supuesto, para los bancos de alimentos, a la vez que, mientras vigilaba por el buen cumplimiento de la operación, el alto mandatario de la comunidad, daba la orden por teléfono a su secretario para la próxima presentación de un decreto ley que terminara, de una vez por todas, con las abusivas comisiones comerciales que se generaban en el camino de ida, sobre los productos agrícolas, desde el campo hasta el consumidor final.

En el gobierno central, diligentemente fueron alertados de la surrealista situación, poniéndose en marcha el protocolo de actuación en caso de emergencia nacional, enviando simultáneamente, a los técnicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas para realizar los trabajos de campo a pie del terreno donde estaba sucediendo tan misterioso fenómeno, craso error, pues éstos también fueron abducidos como todos los demás, por tal sensación de paz y serena comprensión que, una vez de vuelta en sus puestos en la oficina, desclasificaron información altamente secreta sobre los manejos entre las grandes compañías eléctricas, las petroleras y las gasísticas para ocultar explosivos descubrimientos sobre energías limpias y peligrosamente baratas, creando un conflicto diplomático sin precedentes del gobierno de España con el gobierno de la Unión Europea y, por supuesto, de los Estados Unidos de América. Desde las más altas instancias de éste último, se dio la orden de acabar, como fuera, con tamaño desastre de imprevisibles y nefastas consecuencias, que podía extenderse como una peligrosa pandemia a nivel planetario, las pérdidas económicas y geoestratégicas para la estabilidad del recientemente creado, aunque antiguo, Nuevo Orden Mundial se preveían irreparables. Una flota de drones fue enviada desde una cercana base militar al punto exacto de la carretera donde había surgido ese vacío transformador de consciencias, para atajar con certeros lanzamientos de bombas inteligentes tamaña amenaza terrorista, siendo los aviones no tripulados absorbidos por el agujero que como una catarata invisible se los tragó enviándolos, junto con el miedo y la pasividad de la población, a la otra dimensión. Ese día comenzó la revolución.

A. Ferri

 

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Han caído los corazones

Feria

Han caído los corazones,
han caído como hojas marchitas,
esperando el frío que no llega
una lengua de fuego los abrasó,
convirtiéndolos en negro carbón
a los pies del árbol artificial
de hojas perennes
como agujas de jeringuilla.

Rebosó el cupo de las emociones,
desbaratadas las ilusiones,
la tierra ha quedado sembrada
de boletos no premiados.

Los jirones de nubes de azúcar
en la boca se convierten en hiel,
mejor no crear ni creer,
refugiar el alma en las solapas
esperando el golpe de gracia
de la bruja del tren.

¿Truco o trato? Pregunta la muerte
parapetada tras un disfraz barato.
Huyendo de ella te internas
en el laberinto de cristal,
cuesta encontrar la salida,
no hay ni atisbo de la utopía rota,
desde el mostrador de trofeos
en la caseta de las escopetas,
contempla boquiabierta
la cuba en que fermentan
las uvas de la ira
mientras brota a borbotones
el néctar que apaga las revoluciones.

Han caído los corazones,
llovieron falsas monedas,
como confetti de alta alcurnia
pagado con impuestos,
ahora ruedan manzanas caramelizadas
que una fiera sibilina
sostiene entre sus fauces.

A. Ferri

* Imagen: Pintura ‘Alegoría de los cuatro elementos’ Mark Ryden

Se admiten cambios y revoluciones

alfombra voladora

Ya llegan los sueños…

Cada suceso tiene su lugar, cada persona su sitio, cada acción su momento, también los sueños. El mundo nos abraza a todos. Los sueños, etéreos, nunca aceptaron la ley de la gravedad, se escapan porque un día los abandonamos, no desean compañeros con los pies en la tierra. De vez en cuando, vuelven a su hogar, se cuelan por las rendijas de casa y se introducen en nuestro embozo. Los sentimos a menudo, al llegar la primavera, ventilando una cama, arreglando un armario, espolsando una alfombra, en la copa de un árbol, en el viento que se agarra a nuestra garganta, ahí están los sueños que nos llaman. Nos avisan en forma de alergias, estornudos o astenia. Acojámoslos, no disfracemos la euforia, la alegría, el cambio; la vida nos reclama para que no la soltemos.

A. Ferri