Cuando me hablas es para decirme adiós

chaplin

 

Cuando me hablas es para decirme adiós, cuando te acercas es para alejarte más. En silencio te presiento, traspasamos el espacio, inhalando los suspiros, y en el juego de escondernos, es preciso que no hablemos.

¿Puede el murmullo del viento ser señal de despedida? Como blancos lienzos expuestos, tu en tu orilla y yo en la mía, caminando en paralelo… Y el tiempo discurre lento, sólo cuando dejamos de vernos.

Hay un arqueado puente en la desembocadura, cuando agua con agua se funde, no precisamos palabras, ni tampoco ninguna senda, convergemos de nuevo en océanos de acuerdos.

A. Ferri

 

 

* Imagen: Charles Chaplin y Paulette Goddard en Tiempos modernos.  http://www.adivinaquienvienealcine.com/2011/12/musas-del-cine-mudo.html

“Ese plano final de “Tiempos Modernos”, con la actriz cogida del brazo de Chaplin, mientras se van caminando sin un rumbo fijo, dio por cerrada la presencia del vagabundo en la gran pantalla y con ello el final definitivo del periodo del cine mudo.”

 

Ecos

ecos de luz y sonido

Ecos, sonidos, frases, nombres, risas, melodías y silencio. Truenos, agua, lluvia, soles, chapuzones, zambullidas y silencio. Golpes, ruidos, chasquidos, sarpullidos y silencio. Vibraciones, energías, rebeldía, ira, miedo, alegría, compañía y silencio. Silencio renovado, silencio que es llenado, aunque no lo percibas, con nuevas sintonías, sólo tuyas, las de la vida.

A. Ferri

La invasión de los ultrasonidos

La alarma del móvil lo despertó, como todos los días, a las siete y media. Abrió los ojos y tanteó en la mesilla pulsando el botón de silencio, para volverse a recostar un instante, cinco minutos escasos le bastaban para volver a dormirse. El segundo aviso interrumpió de nuevo su sueño, agarró el teléfono y lo estampó contra el suelo: ya está, un ruido menos.

Se levantaron los dos y se dieron un beso de buenos días. En la cocina, ella estaba junto al microondas, esperando, el plato daba vueltas y más vueltas calentando los vasos del desayuno, …cuatro, tres, dos, uno…, justo en el cero lo paró, impidiendo que emitiera el molesto pitido. Mientras él controlaba la cafetera, el brebaje ya comenzaba a salir a borbotones, ahora…, justo a tiempo, apagó el fuego antes de que el cacharro comenzara a silbar.

Se sentaron y tomaron el desayuno. Ella miraba el contador del lavavajillas, que había puesto en funcionamiento mientras esperaba a que se calentara la leche, …dos, uno…, rápidamente abrió la puerta, una bocanada de vapor le alcanzó el rostro, olía bien.

Como todos los días se despidieron en la puerta con un beso, no hacía falta decir hasta la tarde, era obvio. Cada uno se encaminó en un sentido opuesto hacia su parada de autobús, él hacia el centro, ella hacia el extrarradio. Mientras esperaba iba leyendo el letrero luminoso de la marquesina:  línea 12, quedan 10 minutos. El tráfico iba in crescendo, motos, coches, furgonetas… abrió su bolso y sacó una cajita redonda que contenía dos tapones de silicona, se los colocó en los oídos, su expresión se relajó un poco. Un hombre le hablaba, podía ver cómo gesticulaba preguntándole algo, en ese momento pasó un coche policial a toda prisa, con la sirena encendida;  ella aprovechó, señalando el vehículo con el dedo índice se lo llevó luego al oído negando a la vez con la cabeza; el hombre, perplejo, se dirigió a otra persona.

– ¡Qué falta de educación!- comentó el hombre a la otra persona una vez contestó a su pregunta.

Ambos se quedaron mirándola, se sintió incómoda, era una mirada extraña, impía, cruel. Cuando hubo subido al autobús, observó como uno de los hombres que no había dejado de seguirla con la vista, realizaba una llamada con su móvil.

Llegó al hospital, era el relevo de su hermana al pie de la cama de su padre, debía controlar goteros y medicinas. Se dieron un beso y su hermana se marchó a descansar un poco después de toda la noche de guardia. La paciente de la cama contigua estaba ya a punto para recibir el alta, su marido, su hijo y otro familiar andaban recogiendo sus cosas y eufóricos, hablaban en voz muy alta. Aprovechando que el gotero estaba al completo, se marchó de la habitación. Menos mal, no había nadie en la salita de planta y la televisión estaba apagada. Cogió una revista de equipos hospitalarios, la única a mano y se dispuso a ojearla, sólo por fijar la mente. Entonces entró otra acompañante, encendió la tele, el volumen estaba considerablemente alto. Aunque no le interesaba en absoluto, no podía evitar elevar la vista hacia el aparato coincidiendo con los momentos en que las voces de los tertulianos del programa de entretenimiento matutino se atropellaban unas con otras y competían por ver quien se imponía, gritando cada vez más. La acompañante, animada por el supuesto interés que demostraba con las fugaces miradas, comenzó a comentar en voz alta sobre todos los contertulios como si los conociera de toda la vida, intentando introducirla en la conversación.

– No, si éste programa no lo suelo ver…, ¿le importa si bajamos el volumen?- susurró pensando que así cesaría la cháchara.

– Eso dicen todos y luego sí lo ven-, contestó enérgica la señora, sin mover un dedo para pulsar el botón de volumen.

Optó por marcharse, así quedaba claro que no pensaba verlo, ni aguantar el griterío, ni la charla insulsa. La acompañante la miró mientras se iba, una mirada fija y fría, tenía un vacío inquietante en los ojos, nada más giró la puerta, cogió su móvil y marcó un número, hablando con alguien en voz muy baja.

Ya de noche, llegó a casa. Mientras cenaban encendieron la televisión…, sin sonido… Una música a todo volumen llegaba de la casa de al lado, risas y conversaciones en voz alta se colaban por la ventana. Se miraron y sin mediar palabra, se levantaron los dos al tiempo para ir cerrando las ventanas… Aún así el molesto ruido entraba por los resquicios de puertas y ventanas. Su marido salió de casa dispuesto a llamar la atención a los vecinos. Esperó un buen rato hasta que abrieron, no oían el timbre, tuvo que insistir varias veces. Una vez expuesta su queja, sólo recibió una mirada heladora por parte de los moradores de la casa que desde el umbral de la puerta lo miraban impasibles; ante la falta de disculpas o en cualquier caso, una negativa rotunda a bajar el volumen de la música, se marchó desasosegado por aquellas miradas; mientras andaba en dirección a su casa, se giró varias veces incómodo, sentía una presencia extraña tras de sí…, a través de una de las ventanas vio como alguien descolgaba el teléfono y hablaba mirando hacia fuera y señalando su casa.

A la mañana siguiente unos inusitados porrazos en la puerta los despertaron, el timbre estaba desconectado hacía tiempo y no emitía sonido. Abrieron sobresaltados, dos fornidos policías entraron precipitadamente exhibiendo un documento oficial que decían firmado por un juez:

– ¡Policía, quedan detenidos!. Se les acusa de alteración del orden público, desobediencia civil e incitación a la rebeldía-.

Salieron de su casa esposados. Fuera se habían congregado varios vecinos todavía en bata o albornoz y varios periodistas, cámaras en ristre:

– ¿Alguna declaración? ¿Es cierto que habían insonorizado su casa? ¿Es verdad que instalaron doble acristalamiento y paredes de corcho?… -.  No obtuvieron ninguna respuesta, se los llevaron rápidamente en el coche policial.

Uno de los periodistas se acercó a los vecinos:

– ¿Conocían a sus vecinos? ¿Sabían que eran traficantes?- preguntó.

– ¡Oh, no! No sospechábamos nada, eran tan buenas personas- contestó una vecina, -tan agradables, siempre sonrientes, parecían muy educados…-.

– Vaya sorpresa-, contestó otro.

– Sí, nunca te esperas algo así-, afirmó otra vecina.

Empezó un griterío inaguantable hasta para el periodista, que disimuladamente se fue alejando; el grupo de vecinos siguió allí, chillando cada uno más… El tráfico empezó a rugir: la sirena de una ambulancia, una motocicleta con el tubo de escape trucado, el camión de la basura levantando contenedores con sus aspas traseras… Varios móviles sonaron, algunos familiares llamaban a sus allegados alertados por la noticia que ya había saltado a los telediarios matutinos:

– ¿Sí?… Ah sí, es cierto. ¡Qué miedo…! Sí aquí al lado… ¡Vaya no sabíamos nada…! Espera…, espera, no te oigo… hay mucho ruido…Disculpen, ¡DISCULPEN! ¿Podrían callar un momento? Es mi hija no consigo oír nada…-.

El grupo de vecinos calló repentinamente, se miraron unos a otros, muy despacio uno de ellos se alejó, marcó un número en su móvil:

–  ¿Policía?, soy de la calle Enebro, 21. Sí. Han estado aquí hace nada. Vengan por favor, creo que se han dejado uno. Sí, parece otro traficante de silencio, ¡vengan rápido!

A. Ferri

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