Sol de otoño

Alastair Magnaldo

Ese sol de otoño, suspendido en atmósfera brumosa,

lánguido, bruñido de plomizo cielo.

Ese sol de otoño, pálido, sin aplomo,

alicaído, replegado entre jirones de anhelos.

Ese sol de otoño es el mismo de antaño

y el del mañana imaginado,

el de los días lluviosos y las noches oscuras.

El mismo sol relumbrará en el agua de los planes conjurados

y en el instante fugaz que los creas terminados

-seguramente impelidos por los estivales rayos-,

desearás comenzar a urdir otros en el letargo del invierno.

A. Ferri

 

* Fotografía de Alastair Magnaldo

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El eclipse de Pupo y Tiva

El erizo Pupo y la ardilla Tiva eran muy amigos desde pequeños. Pupo y Tiva jugaban todos los días.

Tiva era muy rápida y ágil, correteaba veloz por los caminos, trepaba a las copas de los árboles y saltaba de rama en rama. Pupo era lento y calmoso, excavaba agujeros en el suelo y despacito recorría grandes distancias.

Pupo dormía de día, sólo salía un buen rato después de que el sol se escondiera. Tiva que dormía de noche le esperaba impaciente a la puerta de su madriguera:

– ¡Pupo date prisa, sólo podremos jugar un rato!- exclamaba Tiva.

Pupo se desperezaba, movía el hocico de un lado a otro y comenzaba a andar despacito.

– ¡Vamos Pupo! Vamos a jugar al otro lado del río.- le decía Tiva, dando brincos y saltos.

– ¡Tiva! Para quieta, estoy olisqueando para encontrar el almuerzo.- le dijo Pupo un día.

– ¿El almuerzo? Pupo, vaya horas, ¡si ahora toca la cena!- le dijo Tiva.

La ardilla, nerviosa, pues quedaba poco rato para jugar juntos, escaló rápidamente a un árbol.

– ¡Toma Pupo, el almuerzo!- le dijo Tiva, lanzándole desde arriba bellotas y almendras.

Una lluvia de frutos secos comenzó a golpear a Pupo, se detuvo y se enrolló como una bola para protegerse.

Tiva, bajó veloz del árbol, tropezó con una almendra, cayendo encima de Pupo.

– ¡Ay, ay! ¡Me has clavado tus púas!- chillaba Tiva.

– ¡Ay, ay! ¡Me han lastimado tus frutos!- gritaba Pupo.

Así, tristemente, ese día terminó su amistad. Pupo y Tiva se evitaban. Pupo se despertaba de noche y al salir el sol se acostaba. Tiva se levantaba nada más salir el sol y se iba pronto a la cama, era difícil que se encontraran.

Una mañana, algo extraño ocurrió. El sol brillaba en lo alto, la luna se fue acercando y lo tapó, todo quedó a oscuras, la noche llegó y el bosque se oscureció. Tiva sintió miedo, bajó al suelo y se acurrucó junto a un árbol. Pupo se despertó.

Al salir de su madriguera, vio a Tiva tiritando.

– ¿Tiva, qué haces aquí abajo?- le preguntó Pupo.

– ¿Pupo por qué te levantas tan pronto?- le contestó Tiva.

– Ya es de noche.- contestó Pupo.

– Algo raro ha ocurrido, se ha hecho la noche en el día…- observó Tiva.

– Y hace frío…- dijo Pupo.

Tiva se acercó despacio a Pupo para no molestarlo, Pupo replegó sus espinas para no hacerle daño. Pupo y Tiva se fundieron en un gran abrazo, la luna se fue alejando y se hizo de nuevo el día.

Pupo y Tiva dejaron a un lado sus diferencias, el eclipse fue sólo una coincidencia. La luna y el sol son distintos, ¡recorren un gran camino para estar unidos en el firmamento!.

A. Ferri