La gota que colma el vaso

collar de gotas de agua

La gota que colma el vaso, acabó con la paciencia, desbordó la intemperancia, derramó toda la ira con inusitada energía. Cuánta furia, cuánta rabia, cuánto odio que explota en sólo un segundo rebosando por todos los poros, va buscando la salida, para aferrarse con saña a cada uno de los ojos. No hay un corazón que aguante tal torrente en un instante.

La gota que colma el vaso, es a veces inocente, una traviesa mirada, una palabra indolente, un gesto condescendiente, aunque, aparentemente, nada tenga que ver con el recipiente. Es un pulsador oculto que activa el subconsciente.

La gota que colma el vaso, ha de ser objeto de estudio, conservarla en una probeta, para su análisis concienzudo. Hay que encontrar las claves que expliquen el comportamiento, tal vez sea cuestión de química, de conexiones ocultas, de afrentas, de angustias grabadas a fuego lento en el ADN y en los genes de los cuerpos, lo cual no quiere decir que en caso de estar averiadas no puedan ser arregladas: con mano firme y segura aplicar el bisturí, un corte por aquí, una soldadura por allí, no des puntadas sin hilo, cose definitivamente las más antiguas heridas, no hay mejor medicina que el autoconocimiento.

La gota que colma el vaso conviértela en un remanso, que se funda apaciguadora en el misterio del mundo, que rebote armoniosa en el océano del entendimiento, que silenciosa medite la mecánica de tu universo, que nutra la parte inmensa de agua de la que está compuesta tu cuerpo.

A. Ferri

Alejandro, un niño espacial (II)

II

Trijón, el colérico

Alejandro se echó a andar, no tenía ni idea de cuán lejos o cerca estaría el mar, así que pegó un salto de la acera a la calzada y paró a un coche. La muchacha que conducía frenó en seco asustada.

– ¿Estás loco?- gritó la muchacha-. ¡Casi te atropello!

– ¡Oh! Lo siento, sólo quería subir al coche- le dijo Alejandro.

– ¡¿Quéee?, subir a MI coche!

– Sí, quiero ser tu amigo y que vayamos al mar.

– ¡Ja! Debo de estar soñando mocoso, ¿pero tú de donde sales? ¡Coje el autobús como todo el mundo!

– No tengo dinero para comprar un billete.

Katrina no salía de su asombro, ¡no tenía dinero!, no podía ser, era imposible, todos los pobladores tenían dinero; entonces, pensó, podría ser él, es decir uno de ellos, de los superbuenos.

Katrina lo miró a los ojos para cercionarse. Tenía unos preciosos ojos azules llenos de puntitos grises, se quedó hipnotizada, con la boca abierta, era como si sus ojos contuvieran todas las estrellas del firmamento. De repente, despertó, “¡vamos, sube, rápido!” le dijo, “parece como si lo hubieras adivinado, ¡debemos ir al mar!”.

Mientras conducía trepidantemente, Katrina le iba explicando a Alejandro la razón de sus prisas: “Trijón es el dueño del petróleo que necesitan los pobladores para alumbrarse, calentarse y desplazarse en los medios de transporte. Hace poco conocí a Zesla, un superbueno como tú, no necesita dinero, es un sabio, posee el conocimiento del universo e investiga para el bien de los pobladores; Zesla descubrió una energía limpia y gratuita para sustituir al petróleo, cuando Trijón se enteró, enfureció y montó en cólera: si los pobladores no necesitaban su petróleo ya no podría acumular más dinero, era su ruina, una catástrofe, el fin del mundo mundial…”

– En éste momento -continúo Katrina-, Trijón está urdiendo un plan terrible: inundar toda la costa con el negro crudo, ahogar a las aves y los peces, llenar la arena de chapapote; sabe que Zesla ama mucho a los pájaros, a los peces, a las plantas de las dunas. Si cumple sus amenazas Zesla morirá de pena, sus investigaciones quedarán inconclusas y los pobladores deberán seguir pagando cantidades ingentes de dinero por el petróleo.

Alejandro no salía de su asombro, “pero…, cuánta maldad”, dijo, y más egoístamente al recordar que aún no había cumplido sus sueños en éste viaje recién emprendido, exclamó:

– ¡Jolín!, si yo acabo de llegar, ¡sólo quería bañarme en el mar!

– ¡Pues espabila! -le dijo Katrina-. ¡Ponte las pilas!

Llegaron al mar, salieron rápidamente del vehículo. En la playa, a pocos metros de la arena, había encallado un superpetrolero; Trijón estaba en cubierta vociferando, su cara pasaba del rojo al amarillo, del verde al naranja en cuestión de segundos, daba vueltas y vueltas de babor a estribor, de proa a popa, se subía al mástil de un salto, bajaba y pateaba cualquier cosa a su alcance.

Katrina y Alejandro se fueron acercando. Trijón estaba a punto de estallar. La algarabía había provocado que muchos pobladores se congregaran alrededor, Zesla también salió de su cueva.

Katrina previno a Zesla:

– Vete, si te ve entonces romperá los tanques y ya no habrá remedio.

– Es que me da mucha pena -afirmó Zesla-.

Katrina se enfureció con él:

– ¿Cómo puede darte pena un supermalo? ¿Acaso olvidas lo que está planeando?

– Tranquila -le interpeló Alejandro- hay que ser paciente. Zesla vuelve a la cueva, debes continuar con tu trabajo, nosotros esperaremos a que Trijón se calme y subiremos para hablar con él.

Alejandro se sentó en la arena. Los pobladores se le acercaban formando un círculo a su alrededor. Sobre cada uno de ellos gravitaba una estrella que los seguía a todas partes. Se sentaron a su lado y esperaron en silencio.

Trijón se fue serenando, sus gestos eran más sosegados y su rostro recuperó su color natural. Se asomó a la barandilla del barco atraído por aquel niño al que todos acompañaban.

– ¿Quién eres?, le dijo.

– Soy Alejandro.

– ¿Y qué haces aquí?

– Esperar.

– ¿Esperar a qué?

– A comprender.

– ¿Qué quieres comprender?

– A ti.

– ¿A mí por qué?

– Porque quiero ayudarte.

– ¿Ah sí? Pues deshazte de Zesla, quiere arruinarme.

– Él sólo quiere ayudarte.

– ¿También? Vaya, hoy todo el mundo quiere ayudarme, ¡qué buenos! -dijo con sarcasmo-.

– ¿Qué quieres Trijón?

– Más dinero, todo el dinero del mundo.

– ¿Para qué?

– Para comprar barcos, coches, aviones, casas, joyas…, -y cuando pronunció esa palabra se echó a llorar-.

– ¿Qué joyas quieres comprar?

– Ninguna, déjame en paz –le respondió balbuceando-.

– Vamos Trijón, dímelo.

– No, déjame -Y lloraba bajito, se tapaba la cara con las manos mirando de soslayo por entre sus dedos las estrellitas de los pobladores-.

– Trijón, tu estrella no la puedes comprar con dinero, no tiene precio.

– Sí, todo tiene precio y aunque valga muchos millones yo los conseguiré y tendré mi estrella –declaró a la vez que balanceaba el puño de su mano derecha de un lado a otro en señal de: “¡chínchate!”

– Trijón, sabes que la luz del sol no cuesta dinero, las estrellas tampoco.

– La luz del sol no cuesta dinero, pero la luz que funciona con mi petróleo sí- y le hizo un ‘petorrillo’ con los dedos a modo de trompeta.

– Las estrellas no brillan con tu petróleo –le respondió contundentemente Alejandro-.

Trijón se quedó desconcertado, dubitativo. Alejandro aprovechó el momento y subió al barco aproximándosele, éste lo miró con ojos de súplica.

– Ayúdame -le imploró-.

– Mira, tienes que buscar tu estrella. Devuelve todo el petróleo a la tierra, deja éste barco en el puerto y con uno más pequeño hazte a la mar. Las estrellas brillan en el cielo, les gustan mucho las aventuras, tú eres un hombre viajero, cualquier noche de éstas tu estrella caerá y se quedará contigo para siempre.

Trijón estalló de alegría, daba saltos y volteretas, “¡gracias, gracias!” exclamó, se abrazaba a Alejandro y le daba besos.

– Gracias a todos -dijo Trijón dirigiéndose a los pobladores-, parto a buscar mi estrella. Adiós, adiós…

* Cuento completo en la entrada Alejandro, un niño espacial.

** Fotografía:  http://www.canariasinvestiga.org/el-vapor-zuleika-encalla

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