Uni-versos

Taylor Marie McCormick

 

Aunque bramen las trompetas del Apocalipsis

anunciando el fin de la tierra que me alberga

aunque emerjan los tridentes entre olas

empuñados por Neptuno enfurecido

aunque nublen el cielo los demonios

abatiendo con su látigo a los ángeles

y sus lenguas escupiendo fuego

reduzcan mi corazón a cenizas

seguiré creyendo a ciegas

que brota un universo nuevo

en la alquimia de cada poema.

AFB

 

* Fotografía de Taylor Marie McCormick.

Contorno

Ronen Goldman Almohada surrealista

 

Quiero creer que tu familiar silueta
está rellena de espirales de colores
como piruletas de ácidos sabores
que ruedan hacia un universo cósmico
de mágicas posibilidades.
De entre todas, un día elegimos
las que nos mantienen unidos
antes de haber nacido…
después de extinguirnos.
Entre todas las señales,
en los guiños del destino
cosimos tu cuerpo al mío
en el tapiz que tejíamos
aprendiendo a conjugar sueños.
Y cuando el espejo de mis ojos
refleja en tu corazón herido
cicatrices como antojos,
las caídas del niño que volaba
como pájaros franceses,
no basta con los zurcidos,
bordamos con letras livianas
palabras encadenadas para
resellar los pactos que firmamos,
indelebles, inaudibles…

A. Ferri

 

* Fotografía surrealista de Ronen Goldman.

 

¿Tiene paredes el espacio?

pared de Sloan

Los animales estaban sedientos, desde el almacén oía los resoplidos de los caballos y los bramidos de los elefantes. Dejó el martillo en la mesa y con cuidado de no pisar la tornillería que había dejado esparcida por el firme, salió dispuesto a arreglar la bomba del agua.

El jefe y su familia se habían marchado unos días de viaje. Decidió no llamarle, ya se enteraría cuando volviera. Probablemente los despidiera a los dos, no le importaba por él, pero… su compañero había perdido el brazo, el león se había ensañado y no quería soltarlo, tuvo que dispararle. Estaba muy bien adiestrado, no sabía que podía haber ocurrido, tal vez un despiste, un mal gesto, no quería pensarlo, ni el compañero daba crédito, semi inconsciente balbuceó algunas palabras tras el ataque, “…se me ha echado encima… nada más entrar…”

Por fin arregló el motor y comenzó a brotar el agua llegando a los abrevaderos de los animales, llevaban casi dos días sin beber. Pasó delante de la jaula de los tigres y de la del león, que estaba vacía; los caballos relinchaban, los elefantes todavía bebían, los monos le tiraban peladuras de naranjas por entre los barrotes que recogía para devolvérselas, no le molestaba aquel juego, aunque sabía que se mofaban de él.

Se refugió pronto en su caravana, estaba muy cansado, demasiadas emociones y además todo el trabajo atrasado. Al entrar lanzó un gruñido de fastidio: “¡las hormigas!”, olvidó lavar los platos del guisado de ternera del día anterior y una disciplinada hilera de insectos había llegado hasta el fregadero, invadiéndolo.

Prefirió dejarlas en paz y tumbarse en la cama cuanto antes. Esa noche tuvo suerte, saltando de canal en canal dio con El hombre de alcatraz, siempre le gustó esa película, tenía buenos momentos, sobre todo en la última parte: el preso y su carcelero encerrados en la misma isla, el hombre que le quitaba la libertad a su vez se privaba de la suya propia. Cuando terminó se quedó ojeando el folleto de los Testigos de Jehová que le habían ofrecido en la ciudad; el dibujo le resultaba atrayente, un niño rodeado de animales salvajes, sin actitud amenazadora, en armonía… “Precisamente –reflexionaba-, había tenido muestras de que los instintos de los animales siguen ahí aunque los hayamos domado, están programados para la supervivencia, deben matar para comer, en cualquier caso, la situación del dibujo sería un paraíso para los animales, pero… ¿y para el hombre?, ¿cesarían las guerras?, ¿viviría así en paz?, ¿para qué está programado el hombre? Si los animales convivieran pacíficamente con los hombres, me quedaría sin trabajo”, sentenció.

¡Ah¡ se había olvidado de las hormigas, la cama se había llenado de restos del bocadillo y los insectos estaban escalando hacia el botín. Se incorporó para echar un vistazo, tampoco había tantas, y de nuevo prefirió dejarlas: “¿habría jaulas para hormigas?, las hormigas se parecen a los hombres en su forma de organizarse -pensaba-, desde luego, son mucho más disciplinadas que nosotros y no organizan huelgas, ni manifestaciones, una gran ventaja para la hormiga reina… si ocurriera el fin del mundo, tal vez fueran ellas la especie superviviente… “

Incapaz de dormirse, entraba en un duermevela y despertaba con los picotazos de los insectos, los rugidos de los tigres traían consigo la imagen de su amigo atrapado entre las fauces del león, la estrechez de su caravana le atenazaba…; fuera, en la hamaca, se estaría mucho mejor… El fresco de la noche le acariciaba la cara, se durmió mirando el cielo, las estrellas, y pensando en el infinito… “¿tendrá paredes el espacio?”

A. Ferri

* Fotografía que recrea las macroestructuras del universo como la gran pared de Sloan.

Entropía

Salvador Dali - Galatea de las Esferas. 1952

 

Se ejecutan las sentencias,

se desvisten los pronósticos,

¿aciertan las profecías?

¿Es la vida un recorrido

por una única vía?

 

Desde la cuna vacía

emprendes los movimientos

¿grabados en el adn?

siempre con comedimiento

y dosis de rebeldía.

Lo que anticipaste un día

eternamente revives,

tal vez ahora diseñes

entramados del mañana.

 

Creías que andabas despierto

tratando de alejar el caos

casi al borde del colapso,

hasta que una noche invocaste

alzando al cielo tu aliento

a las fuerzas invisibles:

los luceros, las estelas,

los cometas, los triángulos

del firmamento

para que alumbraran tus sueños.

 

Con la sintonía de Bach

se alinearon los planetas

y en la plaza circular

te sumaste a la corriente

junto al corazón del mundo

que latía acompasado.

 

Fue magnética vibración

alimento del sediento,

plegaria, oración

o críptica canción de rock

de ondulante movimiento.

Lo que permanece quieto

también genera entropía.

 

El genuino equilibrio

está en ti, está aquí,

está en todo lo que nos rodea,

está en la geometría

y el diseño del universo,

está en tender una mano

sin esperar recompensa.

 

A. Ferri

 

* Imagen: Galatea de las Esferas – Salvador Dalí

 

 

Con los pies en el suelo

espuma

Liberar los recuerdos, reordenar las estancias, dejar correr el agua… Atar los cabos, recoger los hilos desperdigados en el universo de un tarro de cristal repleto de jaulas. Zurcir, remendar las telas, desplegar las velas, adheridas a los ojos como las legañas. Apagar la nostalgia, reparar el grifo de la esperanza. Enjugar las pérdidas, sopesar la balanza, que no pesen las añoranzas. Reinventar el futuro, atrapar un segundo, coaligarse a los sueños, desbaratar el infierno saltando con todas tus fuerzas en los charcos, residir en el cielo con los pies en el suelo.

A. Ferri

Anteojos

ojos y universo

Con el anteojo de tus ojos, voy a descubrir el universo, las galaxias, los planetas, las estrellas que pueblan el firmamento, están justo ahí, detrás de tus preciosos iris, tus pupilas son dos oscuros soles que dan luz a mis pensamientos, tu mirada es el faro que deslumbra mis andares, tus párpados dos imanes que me atraen constantemente, evitando la caída en el abismo de mis días abrumados; la noche encierra misterios revelados en el blanco de tus córneas, que se desvelan cada mañana cuando al despertar me regalas la primera mirada que me abraza, susurrándome que vives sólo para mí y soy la única que habita la inmensidad de tus sueños.

A. Ferri

La tormenta

mujer y tormenta

El frío se desvanecía, agotado por el vigoroso sol que relucía en lo alto, parecía como si una gruesa cortina hubiera sido descorrida en el firmamento, dejando filtrar de un día a otro, toda su energía. Los campos habían reverdecido, las abejas laboraban impertinentes, las mariposas trazaban piruetas, los pájaros afinaban sus trinos, las ranas croaban intermitentes, pequeñas píldoras de colores salpicaban la tierra seca y las hojas mustias se hundían entre nuevas marañas que brotaban punzantes. Aquel hombre dejó sus guantes, se quitó la gorra empapada, se secó el sudor con sus manos ásperas y miró alrededor. La sangre sentía que le hervía, en su corazón se había instalado un potente acelerador de partículas, caminaba receptivo, atento, los dientes apretados, los puños cerrados, oteando alrededor hacia las sombras de los árboles, donde estaban los compañeros.

Era la hora del almuerzo, estaban todos sentados, algunos en el suelo, otros en los ribazos. En los campos lindantes los jornaleros seguían trabajando, el ruido de las máquinas de faenar invadía las pocas conversaciones, el estruendo de los tractores resonaba en su cráneo, como en una caja acústica; su rostro congestionado, rojo, los ojos entrecerrados, y la vena de su cuello, presagiaban la tormenta, el estallido seco de la violencia. El otro jornalero permanecía impávido mientras aquel se acercaba hacia él desafiante, paró en seco a su lado, recriminándole una afrenta pasada; se veían sus bocas abrirse como en una película muda, cuando… empezaron a empujarse, primero el que permanecía de pie propinó un fuerte empellón en el pecho al otro, luego, el que estaba sentado se levantó, incrédulo, y se irguió en actitud de defensa, esgrimiendo el bocadillo como única arma; intercambiaron más frases entrecortadas, lanzadas al aire entre una fina lluvia atomizada de saliva, les envolvía una capa transparente de energía incombustible, ni buena ni mala, simplemente habían formado un halo de rayos que estallaban, generados por la electricidad acumulada en las nubes de tormenta, que se presiente, se huele, se espera y se desea que explote en torrencial lluvia, con ímpetu ruidoso para dejar paso a la calma, anhelando aspirar el olor a tierra mojada,  pequeños instantes de paz que nos hacen pensar que merece la pena estar aquí, aunque no sepamos muy bien, para qué, ni por qué.

Se enzarzaron, en una desigual pelea, pues no había ánimo de ella en aquel que no soltaba su almuerzo por nada del mundo;  todo fue muy rápido, los compañeros tardaron en reaccionar, sorprendidos, aletargados por el calor, una mujer clamó a gritos, pidiendo que los separaran, y a la vez, el remolino de sus cuerpos y sus brazos,  trazaba círculos concéntricos en el aire, estrellas radiantes y líneas discontinúas, serpientes y lagartos con lenguas viperinas que salían por su boca. Finalmente, los separaron, atónitos, sin saber muy bien qué había pasado, ni qué lo había originado, formándose dos grupos, tan sólo por la precaución de que no volvieran a tocarse, cada hombre dio su explicación de lo ocurrido, alegando sus razones, volvieron poco a poco al trabajo, deshaciéndose los corrillos y al final de la jornada, cada uno en su casa se reía al contar lo acontecido, sobre todo recordando cómo uno de ellos no soltaba el bocadillo. Aquella noche llovió con furia, había llegado la primavera.

A. Ferri

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