Mascazampas

Espiral de agujeros negros comecorazones

Todo lo engulle internet, las noticias, las caricias, las sonrisas, los abrazos, los mensajes, los poemas, los relatos, las proclamas, las historias, los recuerdos, las recetas, los periódicos, las entradas a las salas, bibliotecas enteras y hasta las revoluciones. Es un agujero negro, disfrazado de color. Todo se traga ese monstruo, menos la soledad, insaciable, convertido en indispensable que con sus hilos de araña se adueña de nuestras vidas, en sus bodegas aguarda la música, las películas y los documentales, la rabiosa actualidad incluso a tiempo real. Desaparecen del mundo los diarios escritos, los cines y hasta los libros, se llenan las redes sociales de citas ingeniosas, las ácidas críticas al poder establecido se pasean cual bandera de la impotencia, todo lo traga devolviendo nimiedad. Regurgita las emociones, viajan los sentimientos, se busca la sabiduría e incluso la iluminación, con sólo darle al botón.

Los ebooks, próximamente, incorporarán olor.

A. Ferri

* Imagen: Dibujo de Kike Alonso Guardia, ‘Espiral de agujeros negros comecorazones’

Adicto al sistema

adicto a internet

Piiiiiifffff, tantín… La pantalla del smartphone se tornó negra. Atónito, se quedó mirándola sin poder apartar los ojos de la abrupta oscuridad, la nada… Comenzó a salivar, los diminutos conductos del interior de su paladar segregaban un espeso mar acuoso que inundaban su cavidad bucal, dificultando incluso el paso obligado a través de su epíglotis, que reaccionó cerrándose repentinamente, sólo una tos repentina le salvó por un segundo de atragantarse, evitando que la falta de oxígeno desconectara su cerebro. Justo ahora que estaba a punto de firmar una petición en Change.org sobre la liberación de las patentes de Tesla, qué incongruencia, el inventor de la energía libre silenciado y él en medio de una selva de contaminación, lumínica, acústica y ambiental generada por la quema de combustibles fósiles y radioactivas centrales nucleares, sin poder cargar su móvil que había sucumbido por el agotamiento de la batería.

Tenía el día libre por asuntos propios, así que aprovecharía para acudir a la consulta del médico, esos ataques de pánico empezaban a preocuparle, todo el día ocupado con su trabajo, las piruetas para llegar a final de mes, las carreras para llevar a tiempo al colegio a los niños, no le dejaban espacio para continuar conectado y era necesario, todo ladrillo hace pared. Pero… ¿no estaría llevando demasiado lejos su combatividad de salón?, ¿hasta qué punto eran eficaces esas campañas de firmas electrónicas?, ¿no eran, acaso, sino una forma inmediata y egoísta de descargar su conciencia con un simple clic? Entró en la sala de espera, estaba abarrotada, gente mayor principalmente, que charlaban entre ellos, un hombre casi octogenario, muy vital y con una potente voz, insistía con sus miradas en introducirlo en la conversación:

– Vaya horas, llevo aquí media mañana…, tenía cita a las diez y son casi las doce y media.

– Es que se ha ido la luz y el ordenador no funciona-. Dijo una señora de mediana edad.

– ¡Estamos apañados! Se estropea el cacharro y ya no hacemos nada-. Voceó el anciano.

– Galán, ahora está todo en el ‘retrato’, ya no hay que contarle tu vida, le dices al médico lo que te pasa y… a tocar el piano-. Contestó otra mujer, que apoyaba en su bastón una mano y el mentón, mientras movía rítmicamente los dedos de la otra.

– … Y como es nueva la doctora, vamos ‘daos’…

– ¿Que no está el Dr. Garrido?

– No, lo han trasladado-. Dijo una joven que se mordía nerviosamente las uñas.

– Deberíais protestar vosotros, los jóvenes, los viejos ya lo tenemos todo perdido…- arengaba el vital anciano mirándolo fijamente.

– Uy, pues yo me marcho-. Murmuró él, por lo bajo, creyendo que no lo oirían.

– Vaya pues, no estará tan malo, esta juventud… siempre con prisas, sólo piensan en lo inmediato-. Comentó el anciano mirando a la concurrencia una vez se alejaba.

La leve serenidad que lo había cobijado al entrar en el recinto ambulatorio, esa que nos invade en los momentos de inevitable espera, empezaba a disiparse, la sentencia ‘no funciona el ordenador’ se grabó en su mente y atrajo hacia él, de nuevo, la quemazón en la boca del estómago y el pulso acelerado que hicieron, irracionalmente y sin habérselo ordenado, que sus piernas lo pusieran en pie y lo condujeran precipitadamente hacia la salida.

Ya en la calle tomó aire, miró a su alrededor, sin saber muy bien hacia dónde dirigirse, ordenó sus tareas pendientes mentalmente, había acumulado incontables ocupaciones para el día libre, la cita con el médico, una gestión en el ayuntamiento, también tenía planeado pasarse por el banco, así que al vislumbrar a lo lejos, el cartel de una sucursal de su entidad bancaria, se encaminó hacia la oficina. Miró al interior a través de la cristalera de entrada, había poca gente pero todas sentadas, nadie en la ventanilla, así que pensando le llevaría poco tiempo se internó en el cubículo detector de metales. El cajero lo miró con indiferencia, bajó los ojos y mientras seguía con sus ocupaciones, le dijo con voz monótona: ‘no funcionan los ordenadores, se ha caído la red. Si quiere ingresar puede hacerlo, pero poco más’ Ni siquiera le contestó, dio la vuelta sobre sí mismo y con una urgencia imperiosa salió de allí.

Se aflojó el nudo de corbata, se quitó la chaqueta, comenzaba a sudar, sentía que el rostro le ardía. La piel debajo de su camisa, comenzaba a picarle, como si en vez de algodón el tejido de la ropa estuviera hecho de ortigas. No podía evitar rascarse; a la vez que el sudor le resbalaba por el cuello y la garganta se le cerraba nuevamente, bebía agua de un pequeño botellín que había sacado de su mochila. Algunos transeúntes lo miraban e instintivamente se apartaban de su lado, otros murmuraban sin dejar de mirarlo. Verdaderamente, comenzaba a sentirse mal, realmente mal, su rostro estaba lívido y desencajado, su apariencia descompuesta, su mente abigarrada sólo albergaba una idea, debía firmar la petición de Change.org

Desesperado, se internó por callejuelas, creyendo que atajaría en el camino hacia la oficina, tal vez allí habría conexión. Perdido y desubicado, cada vez se iba adentrando más en un ambiente hostil, cerrado, donde los balcones de las casas casi se tocaban, e incluso los tendederos compartidos iban de un lado a otro de la calle. En los portales abiertos, hombres fornidos, tatuados, parapetados tras gafas de sol, fumaban observándolo. Un corro de jóvenes sentados en la pared derruida de una de las casas convertidas en solares, escuchaba música a todo volumen, lo miraron acercarse y lo increparon:

– Eh, tú¡¡ pipiolo… ¿qué quieres…? Más te vale salir de aquí, cuanto antes…

– Sólo quiero conectarme…

– Son cincuenta pavos, tío, una hora.

– De acuerdo, de acuerdo…

– Vamos, el local está por allí.

Uno de los muchachos le acompañó, entraron a un sucio portal, pasando por debajo de la escalera, una puerta desvencijada de madera dio paso al abrirse a una pequeña habitación con seis o siete ordenadores, todos en fila, ocupados por los más variopintos personajes: chavales impasibles con veloces manos de frenéticos movimientos en el teclado, turistas extranjeros en videoconferencia, fotógrafos blogueros, yonkis de la contrainformación pura y dura, adictos a las redes sociales, tuiteros y activistas de salón, como él, que necesitaban su dosis diaria para aliviar su conciencia. Se conectó a internet, empezó a relajarse, ya por fin entró en el Sistema… todo está bajo control.

A. Ferri

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